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El pasado miércoles 14 de abril presentamos el informe “La incorporación del enfoque basado en derechos humanos y la protección en los proyectos de acción humanitaria apoyados por el Ayuntamiento de Madrid: estado actual y propuestas de futuro”, la cual ha sido posible realizar gracias al apoyo del Ayuntamiento de Madrid. 

En la presentación del acto formaron parte don Santiago Saura, concejal del Área de Internacionalización y Cooperación y con Francisco Rey, Juncal Gilsanz y Alicia Daza, investigadores/as a cargo de la misma

 

 

 

 

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Para Blog Elcano.

 

Formalmente no habría nada que objetar al hecho de que Rusia realice maniobras militares o movimientos de tropas en su propio territorio; aunque sea cerca de la frontera con un vecino como Ucrania, con el que mantiene unas relaciones claramente hostiles. El problema, sin embargo, es que se trata del mismo país que, en 2014, se anexionó la península de Crimea y que, desde entonces, apoya militarmente a los separatistas del Donbás. Actualmente se estima que Moscú mantiene unos 40.000 efectivos militares en Crimea y otros tantos en la vecindad inmediata de los óblast de Donetsk y Lugansk.

Tras una primera etapa de enfrentamientos de cierta entidad, hasta la firma de los Acuerdos de Minsk II, en febrero de 2015, los choques militares han amainado significativamente. En todo caso, eso no significa que estemos ante un conflicto hibernado o congelado, sino más bien ante una Ucrania que sueña con recuperar la unidad territorial haciendo frente a una guerra hibrida que, de la mano de Rusia, combina acciones puntuales de sus unidades de operaciones especiales, suministro de material y asesoramiento a las unidades rebeldes de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, ciberataques, propaganda y campañas de desinformación. Y eso incluye también, desde junio de 2019, la concesión de pasaportes rusos a los habitantes del Donbás. Se estima que ya ha emitido no menos de 640.000 (sobre una población total de 3,5 millones de personas). De ese modo Moscú se dota de un argumento adicional, que cobra mayor peso cuando se recuerdan sus actuaciones militares en Osetia del Sur, Absajia o Transnistria, y que bien puede desembocar en nuevas operaciones militares para “defender los derechos de los ciudadanos rusos en cualquier lugar del planeta”.

A estas alturas, cuando ya se contabilizan más de 14.000 víctimas mortales desde abril de 2014, es evidente que ni los Acuerdos de Minsk II han dado fruto ni se ha logrado tan siquiera cumplir con los más de 20 compromisos para el cese de las hostilidades –el último establecido el pasado 27 de julio. Por el contrario, la situación se ha deteriorado seriamente a partir de inicios de este año, cuando el presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, decidió sancionar a un oligarca local, Viktor Medvedchuk, amigo personal de Vladimir Putin, y prohibir las emisiones de tres canales prorrusos de televisión. De hecho, a lo largo de los 427 km de la llamada línea de contacto se han registrado ya 27 bajas entre las fuerzas gubernamentales de Kiev en el primer trimestre (cuando en todo el año pasado apenas rondaron la cincuentena) y otras tantas se cuentan entre las denominadas Fuerzas Armadas Unidas de Novorossiya (Nueva Rusia). Entretanto, sigue sin producirse ningún avance en el terreno diplomático, por más que se suceden las protestas contra Moscú por parte de la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN, en relación con lo que todos consideran como una “agresiva concentración militar” rusa.

A partir de ahí cabe todo tipo de hipótesis para intentar explicar lo que está sucediendo sobre el terreno y para adivinar qué puede ocurrir a continuación. Desde luego, lo más improbable (lo cual no significa que sea descartable) es que se produzca una invasión rusa de Ucrania. Aunque el país no es miembro de la OTAN –Zelensky reclama cada vez con más fuerza que la Alianza acelere el proceso para sumarse como el 31º miembro– Putin es sobradamente consciente de que el precio a pagar seria muy alto. No se trata solamente de enfrentarse a sanciones mucho más duras de las que sufre actualmente, sino también al simple hecho de que nada le garantiza el éxito de una campaña (menos aún con la escasa entidad de las fuerzas actualmente desplegadas en la zona) que, en realidad, no necesita de momento para lograr sus objetivos. Cuenta con que mientras el conflicto se mantenga activo en el nivel actual la posibilidad de que Ucrania forme parte de la OTAN es nula. Y eso le basta para mantener el control efectivo sobre Crimea y para garantizar que su palabra es escuchada obligatoriamente en Kiev.

De ahí que quepa interpretar el actual aumento de fuerzas rusas en presencia como un modo de chequear a la nueva Administración estadounidense de Joe Biden. Washington ha anunciado que enviará de inmediato dos buques de guerra al mar Negro; pero nada parece indicar que esté dispuesto a ir más allá de la ya conocida rotación de unidades en la región, incluyendo desde los países bálticos hasta una Turquía que también cobra protagonismo tras la visita de Zelensky a Erdoğan el pasado 10 de abril, en demanda de apoyo. Un apoyo que muestra las dificultades que definen las relaciones de Ankara con Moscú y que hace más visible el apoyo turco a Kiev en el terreno militar (por ejemplo, con la venta de buques de guerra y drones armados Bayraktar).

Para Zelensky –crecientemente criticado internamente por su debilidad frente a la corrupción y al impacto de la pandemia, mientras la economía no mejora– la percepción de que Rusia puede estar reforzando sus posiciones para completar el aislamiento ucraniano tanto en su frontera común como en el mar Negro, plantea un panorama muy negativo. De ahí que tampoco haya que descartar que el propio presidente ucraniano esté interesado en sobredimensionar la amenaza rusa, buscando que los apoyos verbales que ha recibido hasta hoy se conviertan en acciones efectivas que refuercen su posición.

 

IMAGEN: Bandera de Ucrania en Kosyj Kaponir. Foto: Andriy Baranskyy (CC BY-NC-ND 2.0).

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Para el Equal Times.  [FRANÇAIS] [ENGLISH]

 

En paralelo a la competición espacial de las grandes potencias hace ya un tiempo que se hace sentir el empuje de otros actores sin tradición en este campo, como Emiratos Árabes Unidos (EAU), pero no por ello menos decididos a ocupar posiciones relevantes. De hecho, ahí esta el reciente hito histórico logrado por EAU, al colocar el pasado 9 de febrero el vehículo Al Amal (Esperanza) en la órbita del planeta Marte, coincidiendo con el quincuagésimo aniversario de la independencia del país. Un éxito en toda regla que, a buen seguro, servirá de acicate a un régimen autocrático liderado de facto por Mohamed bin Zayed (MbZ).

Es cierto que esa proeza técnica coloca a EAU como el primer país árabe en llegar hasta el planeta rojo, el segundo (tras India) en lograrlo al primer intento y el quinto del mundo, por delante de China y solo antecedido por la URSS, EEUU, la Unión Europea e India. También lo es que los ingenieros emiratíes han ido mejorando extraordinariamente su capacidad desde la creación de la agencia espacial en 2014, gracias inicialmente a sus acuerdos de colaboración con París y Londres, construyendo algunos pequeños satélites (como el KhalifaSat, lanzado en octubre de 2019) y enviando ya a su primer astronauta a la Estación Espacial Internacional, en 2019.

Pero, igualmente, sigue estando claro que le faltan todavía muchas etapas por superar hasta llegar a contar con la suficiente autonomía para poder hablar en términos de igualdad con los anteriormente mencionados. No en vano la sonda emiratí ha sido construida y ensamblada en Estados Unidos —con la colaboración principal de la Universidad Colorado Boulder y otras de la misma nacionalidad estadounidense— y lanzada el pasado 19 de julio desde el centro espacial japonés de Tanegashima, a bordo de un cohete de esa misma nacionalidad. Eso no quita para que, con el centro espacial Mohamed bin Rashid (activo desde 2006) como referencia principal, EAU figure ya como una seria opción en el futuro de la aventura espacial, con el sueño ya anunciado de enviar una nave a la Luna, en 2024, y de establecer una colonia humana en Marte en los próximos cien años.

 

Prestigio internacional, alternativas al crudo y contrarrevolución

A diferencia de lo que buscan preferentemente las grandes potencias —inmersas en una competencia geoestratégica por el liderazgo mundial en todos los ámbitos— el esfuerzo emiratí en este terreno tiene al menos una doble pretensión: aumentar su prestigio internacional y explorar vías alternativas a la economía del petróleo. Por una parte, EAU, consciente de las limitaciones que impone su tamaño —apenas 9,9 millones de habitantes (de los que apenas el 12% son nacionales) concentrados en 83.000km2— busca desde hace tiempo adquirir una voz propia, sin dejarse fagocitar por Arabia Saudí, líder tan indiscutible como indigesto del Consejo de Cooperación del Golfo. Y en lugar de hacerlo como campeón de la democracia o de los derechos humanos —terrenos en los que fracasa estrepitosamente—, ha optado por hacerse conocer a través de iniciativas tan llamativas como la torre Burj Khalifa —la más alta construcción humana en la Tierra—, la organización de la Expo 2020 (pospuesta a octubre de este año) o, ahora, el viaje a Marte.

 

MbZ es, junto con el príncipe saudí Mohamed bin Salman, el principal impulsor de una contrarrevolución que pretende cerrar el paso a cualquiera de las reformas que diferentes sociedades árabes han defendido desde el arranque de la llamada “primavera árabe”, hace ahora diez años.

 

En ese afán por eliminar a disidentes y críticos de cualquier signo —con el islamismo político como objetivo preferente— no ha tenido reparo en coliderar (con Riad) una desventura militar tan trágica como la que se registra en Yemen, tomar partido en Libia a favor de los rebeldes comandados por Khalifa Haftar, apoyar al régimen genocida sirio o normalizar relaciones con Israel. Entiende que de ese modo no solo contribuye a neutralizar posibles amenazas internas a un statu quo claramente deficitario en términos democráticos, sino que ese protagonismo aumenta su peso como interlocutor válido en los asuntos regionales y hasta mundiales.

Por otra parte, el paso del tiempo va confirmando que ya estamos inmersos en una transición ecológica que busca superar la etapa de dependencia energética del petróleo y el gas. Para los países productores de hidrocarburos ese proceso, en el marco definido por el Acuerdo de París, supone la necesidad imperiosa de poner en marcha planes estratégicos alternativos para modificar las bases de unas economías rentistas y de monocultivo que, en muchos casos, no han logrado diversificar suficientemente sus estructuras productivas. Economías que, por tanto, dependen excesivamente de los vaivenes que sufren los precios de esas materias primas en los mercados internacionales. De ahí que, cuando se produce una crisis como la que estalló en 2008 —con el añadido de la caída de los precios de los hidrocarburos y el inicio de la pandemia de la covid-19— les resulte mucho más difícil mantener la paz social, lograda habitualmente a través de subvenciones y ayudas que buscan “comprar” la lealtad de unos súbditos que no gozan, por otro lado, de derechos y libertades.

 

 

En esas circunstancias se hace más visible la ineficiencia, la corrupción y el instinto represivo de unos regímenes interesados, sobre todo, en mantenerse en el poder a toda costa.

 

 

En el caso de EAU, hablamos de la segunda economía del mundo árabe, tras Arabia Saudí, con un PIB estimado en algo más de 420.000 millones de dólares (unos 344.000 millones de euros). Según el Fondo Monetario Internacional, el pasado año registró un déficit público del 9,9% y una caída del PIB del 6,6%, con una previsión de crecimiento para este año de tan solo un 1,3%. Con un pleno empleo prácticamente garantizado, ha procurado aumentar la diversificación de su economía hasta llegar al punto en el que el sector de los hidrocarburos no supone más allá de un tercio de la economía nacional. En todo caso, consciente de que el futuro inmediato puede resultar aún más desafiante, sigue insistiendo en la misma línea no solo dotándose de nuevas fuentes energéticas —como la central nuclear de Barakah, operativa desde agosto de 2020, o la planta fotovoltaica de Al-Dhafra, la más grande del planeta— sino también consolidando su posición como un centro financiero y turístico internacional.

 

Más allá de EAU, los vecinos mueven ficha

Es en esa línea en la que encaja el desarrollo de la industria espacial, aunque es verdad que este sector no figuraba entre los que la Visión 2020 identificaba como prioritarios en su lanzamiento hace ahora una década. Una visión que plantea una clara apuesta por la economía y la sociedad del conocimiento, así como por convertir a EAU en el punto de contacto entre Europa, África y Asia en el terreno económico. En definitiva, con su apuesta espacial EAU refuerza el orgullo nacional —aunque formalmente ha querido presentar la misión a Marte como una tarea conjunta de los árabes—, potencia su capital humano —más de doscientos ingenieros (el 34% mujeres) han estado implicados en el proyecto Al Amal—, alimenta su sueño de hegemonía regional —en abierta competencia con Riad—, mejora sus opciones de competir en un exigente nicho de mercado —animando a sus nacionales a que se dediquen a las ciencias y apuntando hacia el turismo espacial— y hasta blanquea su imagen como régimen autoritario.

Mientras tanto, detrás ya vienen otros países de la región con intenciones muy similares. Egipto, designada como sede de la agencia espacial de la Unión Africana, cuenta desde 2018 con su propia agencia espacial, ha lanzado un satélite de telecomunicaciones (Tiba-1, en noviembre de 2019) y planea enviar su primer astronauta al espacio en 2026.

Por su parte, Turquía ya ha anunciado su intención de llevar a cabo un alunizaje en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación del Estado; al mismo tiempo, como parte de su misión espacial, ha puesto en marcha un proyecto para construir una base de lanzamientos en Somalia. Arabia Saudí manifiesta también su intención, en el marco de su ambiciosa Visión 2030, de desarrollar ese sector con el liderazgo de la Comisión Espacial Saudí, creada en 2018 y encabezada por el príncipe Sultan bin Salman que, en 1985, se convirtió en el primer astronauta árabe. Pero es Irán quien va por delante en este campo, contando con su propia agencia espacial desde 2004 y con una demostrada capacidad para poder lanzar sus propios satélites (incluso de carácter militar, como el Noor, lanzado el pasado año).

 

FOTOGRAFÍA:

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El miércoles a 14 a las 12h presentaremos el informe “La incorporación del enfoque basado en derechos humanos y la protección en los proyectos de acción humanitaria apoyados por el Ayuntamiento de Madrid: estado actual y propuestas de futuro”, investigación que ha sido posible realizar gracias al apoyo del Ayuntamiento de Madrid. 

En la presentación del acto contaremos con don Santiago Saura, concejal del Área de Internacionalización y Cooperación y con Francisco Rey, Juncal Gilsanz y Alicia Daza, investigadores/as a cargo de la misma. Compartiremos las principales conclusiones y recomendaciones fruto de este proceso.  

 

Desde el IECAH, queremos agradecer a todas las personas que han participado en la misma su predisposición y aportes. Este mismo día, haremos público el documento completo de investigación, así como una infografía resumen de los principales hallazgos. Para participar en la sesión, puedes inscribirte en este enlace

 

 

 

 

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El jueves 22 a las 17.30H (CET) - 10.30H (GMT-5), el IECAH en colaboración con Observatorio de Paz de Colombia, presenta el Cuaderno IECAH nº 18 Atención psicosocial a víctimas del conflicto armado en Colombia: aportaciones para la acción humanitaria y la construcción de la paz desde el enfoque de acción sin daño'' de Carolin Schroeder.

Resumen del Cuaderno

El Cuaderno investiga el papel de la atención psicosocial como parte de la acción humanitaria (AH), desde el enfoque de acción sin daño (ASD) y sus posibles aportaciones en el escenario del conflicto colombiano, para generar procesos de reconciliación y transición hacia la paz. Se parte de la caracterización de este entorno, tras décadas de conflicto armado, y de un acuerdo de paz histórico, pero con obstáculos y nuevos retos a nivel sociopolítico y humanitario. Además, se contrasta el papel de la AH en su interacción con las iniciativas de desarrollo, pero sobre todo de la construcción de la paz en Colombia. La atención psicosocial se identifica como elemento fundamental en el trabajo con las víctimas desde el enfoque de la ASD. No obstante, se observa a la par una falta de sistematización y de coordinación entre actores. Por esta razón, mediante la revisión de estudios de caso (sobre trabajo psicosocial con víctimas en Colombia) se comparan enfoques y metodologías aplicadas por diversos actores, para explorar en qué medida estos procesos pueden contribuir a una consolidación de la paz y reconciliación de las víctimas, así como los posibles daños a evitarse, en el caso de que existiesen. Por último, se discuten algunas limitaciones y líneas de acción para futuras intervenciones.

Coloquio de presentación del Cuaderno

  • Presentación del acto. Francisco Rey, codirector del IECAH.
  • Presentación del Cuaderno. Carolin Schroeder, autora del trabajo.
  • Coloquio con: Vera Grabe directora del Observatorio de Paz de Colombia y Daniel Macías psicólogo, referente de salud mental de la misión de Médicos sin Fronteras en Colombia. 

    INSCRIPCIONES