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Ya está disponible el vídeo completo del Seminario Web "Localización y liderazgo de organizaciones de mujeres en la respuesta humanitaria a la COVID-19", celebrado el 1 de julio de 2020.

Para reproducir el vídeo completo, por favor haz click en el siguiente enlace:

 

 

"Localización y liderazgo de organizaciones de mujeres en la respuesta humanitaria a la COVID-19"

 

 

[INFORMACIÓN SOBRE LA SESIÓN]

Hace ahora 4 años que las agencias de Naciones Unidas, ONG y gobiernos donantes se reunieron en la Cumbre Humanitaria Mundial celebrada en Estambul. En ella se establecieron múltiples compromisos en relación con la igualdad de género, el cumplimiento de los derechos de las mujeres, su incorporación a las esferas políticas, humanitaria y de desarrollo y su empoderamiento. Fruto también de esta cumbre fue el Grand Bargain, acuerdo por el cual los donantes se comprometían a que al menos el 25% de los fondos destinados a acción humanitaria se gestionara por actores locales y nacionales de la manera más directa posible, lo que se ha venido conociendo como localización.

 

La pandemia de la COVID-19 ha puesto de relieve el valor de algunos de los temas abordados en esta cumbre, destacando de entre ellos, la importancia de la respuesta local. Durante los últimos meses las organizaciones humanitarias, tanto internacionales como nacionales y locales han movilizado todos sus recursos disponibles para hacer frente a los efectos inmediatos de esta pandemia, aunque como en la mayoría de las crisis, estos no son suficientes.

 

El objetivo de este seminario es proporcionar un espacio análisis sobre la importancia de la incorporación del enfoque de género y feminista en la respuesta a la COVID-19 desde una perspectiva local.

 

Intervienen:

 

  • Francisco Rey Marcos, codirector IECAH.
  • Elena Bravo, jefa de la Unidad de Prevención y Evaluación de la Oficina Humanitaria AECID.
  • Cristina Muñoz, directora de programas Alianza por la Solidaridad.
  • Gloria Isabel García Parra, coordinadora humanitaria de Oxfam para Latino América y el Caribe.
  • Clemencia Carabalí, directora de ASOM Colombia.
  • Yolette Etienne, directora de ActionAid Haití.
  • Lakshmi Subramani, directora de ActionAid Liberia.

 

Modera: Ana Urgoiti, patrona de Alianza por la Solidaridad, especialista en acción humanitaria y género.

 

 

netanyahu

 

Para ElDiario.es

 

La anexión de buena parte de Cisjordania, sea de un solo trago o por fases, no es el primer paso ni tampoco será el último. Son muchos los que Israel ha dado en esta dirección en los últimos 72 años.

A fuerza de insistir en el empeño, no solo parece haber perdido la sensibilidad para darse cuenta de ello, sino que también ha acostumbrado a los demás a aceptar como normal lo que no lo es. Porque violar directamente el derecho internacional y resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU –sea en relación con la capitalidad de Jerusalén, los Altos del Golán sirios, el castigo colectivo a la población ocupada o los asentamientos– no es lo normal.

Cabría pensar que a Israel le ocurre lo mismo que a Gregorio Samsa en la Metamorfosis de Kafka. Tras lo que inicialmente su familia recibe como una monstruosidad –su súbita conversión en algo parecido a un insecto– pronto da paso a una nueva normalidad que, a la postre, resulta mortal para él mismo. En este sentido, la comunidad internacional ha terminado anestesiada ante una secuencia imparable de violaciones israelíes que por mera acumulación se han convertido en "normales".

Israel ha denominado 'plan de paz' a lo que para los palestinos tan solo es el certificado de defunción de su sueño político y como resultado de una persistente (y consentida) estrategia de hechos consumados, ha logrado inclinar (¿irreversiblemente?) la balanza a su favor. Todo esto, con el salvoconducto concedido por Donald Trump para que Benjamin Netanyahu pueda proseguir su huida hacia adelante.

Una huida que ha acabado con la justicia pisándole los talones. Su estrategia deja una larga ristra de perdedores. Pierden, en primer lugar, los palestinos que sueñan con un Estado propio, tras haber renunciado en 1947 a aceptar el 44% de la Palestina histórica que les concedía el Plan de Partición (a pesar de ser el 70% de la población). En 1993 no les quedó más remedio que acepar quedarse reducidos al 26% del territorio y, ahora, el plan de Netanyahu es restar otro 30% de la menguada Cisjordania a partir del 1 de julio. El primer ministro israelí asegura que no se trata de una anexión, aunque implica aplicar la soberanía de Israel a partes de Cisjordania que contienen asentamientos y al Valle del Jordán.

A eso hay que añadir que no se ha escuchado la voz de los palestinos durante el proceso que ha llevado hasta aquí, que la anexión remata la discontinuidad física y que el control marítimo, aéreo y fronterizo del 'bantustán' palestino remanente estará en manos israelíes. Solo los que sueñan despiertos encuentran algún resquicio de esperanza política en el futuro. Y, por el camino, la decisión de Netanyahu se lleva definitivamente por delante a la depauperada Autoridad Palestina, con un Mahmud Abbas agotado y sin crédito alguno para pedir moderación a una población que hace tiempo le ha vuelto la espalda.

Pierden también los israelíes porque lo que se avecina no puede tampoco ser la ansiada paz, con el reconocimiento dentro de fronteras seguras por parte de sus vecinos (solo Egipto y Jordania lo han hecho) y con la normalización de relaciones. Nadie duda de la superioridad de fuerza de Tel Aviv, pero tras seis guerras y dos intifadas, nadie puede dudar tampoco de que no hay solución militar al conflicto.

Tratar de imponerse de este modo –sabiendo que Benny Gantz no se atreverá a romper la coalición porque es consciente de que, electoralmente, está en rumbo de caída sin freno– alimenta las opciones violentas tanto de los desesperados que ven arruinados sus proyectos de vida como de los grupos que, en ambos lados, siguen apostando por el "cuanto peor, mejor".

Igualmente, salen muy mal parados los Estados árabes, no solo sumisos ante los fuertes, sino también fragmentados entre sí y visiblemente acomodados a los dictados de Washington y Tel Aviv, lo que difícilmente va a encontrar eco positivo entre sus propias poblaciones. Y lo mismo cabe decir de la Unión Europea, que no ha logrado adoptar una línea de acción común por las diferencias internas entre sus miembros. El bloque comunitario sigue buscando en el diccionario palabras que expresen descontento y rechazo, pero se cuida de que no transmitan ninguna voluntad de pasar a los hechos y de que no hieran la sensibilidad de los gobernantes israelíes.

Estados Unidos, por su parte, dilapida así los últimos vestigios de credibilidad y de liderazgo que le quedan en la calle árabe, con un Donald Trump convertido en el valedor principal de Netanyahu. Trump sigue sin querer entender que, de ese modo, daña los intereses de su propio país, al tiempo que Washington pierde lustre inevitablemente como líder mundial, al bendecir una violación del derecho internacional. Y, en definitiva, pierde toda la comunidad internacional porque nunca es buena noticia que la ONU muestre su impotencia y que no se cumpla el derecho internacional.

A corto plazo, el único ganador es Netanyahu, pero son muchos los responsables de consentir su comportamiento.

 

FOTOGRAFÍA: El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. EFE

 

El año 2019 se ha caracterizado por continuar con la senda de años anteriores y mantener un nivel elevado de actividad. Tras un largo periodo de estudio y reflexión, la Estrategia de Acción Humanitaria de la Cooperación Española 2019-2026, cuya elaboración fue coordinada por nuestro Instituto, fue publicada durante el primer trimestre. De la misma manera, nuestro decimoséptimo informe “La acción humanitaria en 2018-2019: sin cambios en tiempos de incertidumbre’’, junto a Médicos Sin Fronteras-España, vio la luz en noviembre.

Asimismo, hemos desarrollado acciones de formación de la DG-ECHO a nivel internacional y europeo, como miembros del Consorcio liderado por PuntoSud. En ese mismo ámbito hemos participado en el Consorcio Inspire, especialmente en temas de protección y violencia de género en emergencias.

Con nuestro vigésimo aniversario a la vuelta de la esquina, nos enorgullece robustecernos como una institución privada e independiente que busca la sensibilización y la información veraz, sin dejar atrás el valor de la incidencia política en la toma de decisiones que repercuten directa o indirectamente en nuestra agenda y, por ende, en los pilares de nuestra hoja de ruta.

Con ánimo suficiente para mantener el rumbo que nos ha llevado a ser reconocidos como una entidad de referencia, solo nos queda agradecer su colaboración a las organizaciones que nos han apoyado durante el año y, tanto o más importante, a todas las personas que han participado en nuestras actividades y que nos siguen y estimulan a diario.

MEMORIA COMPLETA EN PDF

 

 

Para Blog Elcano.

 

Abrumados por el incesante rosario de informes que tratan de fotografiar el estado de quienes habitamos el planeta, corremos el riesgo de tomar el reciente informe anual del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) como un simple cúmulo de cifras que inmediatamente se confunden con las de tantos otros informes similares. Incluso, jugando con las diversas maneras en las que se puede presentar cualquier dato, cabe la tentación de intentar rebajar su importancia, argumentando que, a fin de cuentas, las personas afectadas –refugiadas, desplazadas y solicitantes de asilo– apenas suponían el 1,1% de la población del planeta al finalizar el pasado año.

Pero también podemos, sin salirnos de la frialdad de los números, concretar aún más, recordando que son 79,5 millones de personas (frente a 70,8 en 2018), la cifra más alta desde que se toman datos al respecto. De ellas, 29,6 millones eran refugiadas (incluyendo a 3,6 millones de venezolanos que formalmente figuran como desplazados externos), frente a 25,9 en 2018); 45,7 desplazadas internas (41,3 en 2018) y 4,2 solicitantes de asilo (3,5 en 2018). O, lo que es lo mismo, suponen un 12,28% más que tan solo un año antes y un 93,9% más que las que se encontraban en una situación similar a finales de 2010 (cuando eran 41 millones). Se intensifica así una tendencia aparentemente imparable en la que a colectivos de larga data (y demostrada resiliencia), como los 5,6 millones de palestinos que atiende la UNRWA en una situación cada vez más precaria, se le añaden otros mucho más recientes, como el de los 4,5 millones de venezolanos. Ese inquietante panorama se completa con otros guarismos que confirman que sigue disminuyendo el número de personas que han podido regresar a sus países de origen o a sus hogares (4 millones en la presente década, cuando en la anterior fueron 10 millones) y, asimismo, el de las que han logrado construir una nueva vida sostenible y satisfactoria en otro país (menos del 0,5% de las personas refugiadas del mundo han podido reasentarse a lo largo de ese año).

Más allá del profundo malestar que transmite ese simple apunte estadístico, y precisamente en un momento en el que la COVID-19 nos coloca también a los privilegiados ciudadanos europeos entre los damnificados directos, una mirada más humana nos podría (debería) llevar de inmediato a entender la tragedia de cada una de esas personas. Personas iguales que nosotros, con vidas, necesidades y sueños muy similares, pero para las que conceptos como vida digna, hogar, derechos, estabilidad, bienestar, seguridad… solo son hoy palabras vacías. Personas que se han visto obligadas a abandonar sus lugares de residencia para poner a salvo sus vidas en otro país como resultado de un conflicto violento o un alto nivel de inestabilidad, como les ha ocurrido a 13,2 millones de sirios (la mitad de la población en estos últimos nueve años de guerra) a 3,6 millones de venezolanos, a 2,7 millones de afganos, a 2,2 millones de sursudaneses o a 1,1 millones de birmanos. Todo ello sin olvidar que, en contra de lo que los movimientos xenófobos y populistas que proliferan en buena parte de Europa con un discurso que combina el miedo a la invasión con el del odio al “otro”, el 85% de todos ellos se ubica en países en desarrollo, con Turquía (3,6 millones), Colombia (1,8), Pakistán (1,4) y Uganda (1,4). Alemania es el único país desarrollado que figura entre los cinco primeros por volumen de personas refugiadas en su territorio, con un total de 1,1 millones.

Precisamente ahora, cuando en algunos lugares se aplaude a los turistas que vuelven a nuestro suelo, vuelve a tener pleno sentido preguntarnos cómo debemos recibir a quienes buscan refugio entre nosotros y qué podemos hacer para que no tengan que arriesgar sus vidas en un tránsito tan arriesgado. Y quizás entonces podríamos entender que, en primer lugar, somos corresponsables de muchas de esas situaciones insostenibles que fuerzan un éxodo de esa magnitud y que, por lo tanto, nos corresponde asumir parte de la carga de deriva de tantos errores y apuestas desestabilizadoras. También podríamos entender la necesidad de reforzar las capacidades de la ONU y de todas las instancias oficiales y no gubernamentales para mejorar sus capacidades en diplomacia preventiva, construcción de la paz y prevención de conflictos violentos.

Desgraciadamente, y a falta de que la pandemia produzca un improbable giro radical en las tendencias actuales del escenario internacional, basta recordar que la ONU ahonda su marginación por falta de voluntad de algunos de sus Estados miembros para permitir una reforma que se retrasa sine die; que ACNUR se enfrenta a crecientes apuros para poder cubrir sus programas con un presupuesto que depende de aportaciones voluntarias de los Estados; que UNRWA está en trance de desaparición como efecto combinado del esfuerzo que lideran EEUU e Israel, y que la Unión Europea parece apostar más por medidas restrictivas para controlar sus fronteras que por contribuir a un mundo mejor, para entender que las cifras de 2020 pueden ser aún peores.

 

IMAGEN: Vista aérea de Zaatari, campo de personas refugiadas en el norte de Jordania, en 2012. Foto: United Nations Photo (CC BY-NC-ND 2.0)

 

 

Para Esglobal.

 

La peligrosa tentación de Gobiernos y Estados de apoyarse en señores de la guerra, criminales, milicias y todo tipo de grupúsculos violentos para lograr propósitos geopolíticos y geoeconómicos

 

Pueden ser gobiernos como el de Bashar al Asad en Siria, grupos paraestatales tales como Hamás, Hezbolá o los hutíes en Oriente Medio o señores de la guerra, bandidos, maras, criminales y hasta terroristas y mercenarios en una amplia gama que va desde los cárteles latinoamericanos y las guerrillas y milicias de muy distinto signo hasta los talibanes afganos, Al Qaeda, Daesh, el Ejército Nacional Libio comandado por Jalifa Haftar e innumerables grupúsculos violentos apenas disfrazados con algún mínimo discurso ideológico. Para quienes tienen alma de demiurgo y se sienten tentados de tomar atajos para lograr sus fines, todos ellos aparecen a sus ojos en algún momento como potenciales instrumentos útiles. Instrumentos de los que normalmente reniegan en público sus patronos, pero muy presentes en sus agendas como parte de un juego de alto riesgo que suele provocar los eufemísticamente denominados «efectos colaterales» que se ceban con la población civil y que, en no pocas ocasiones, acaban por quemar a quienes los promueven.

Ninguno de ellos, por supuesto, tendría espacio y acogida en un mundo ideal, donde la ONU no solo tendría la voluntad sino también la capacidad real para gestionar la agenda de paz y seguridad a escala planetaria, vigilando que todos cumplen las reglas de juego y castigando al que se las salte. Del mismo modo, tampoco los Estados miembros de la comunidad internacional les darían cancha, ajustándose en la defensa de sus legítimos intereses a no usar ni amenazar a otros con la fuerza, a no entrometerse en sus asuntos internos, a respetar el Derecho internacional y a confiar en la ONU como un policía global efectivo.

Pero, por desgracia, en el mundo real nada de eso sucede. Hoy la ONU está totalmente marginada e incapacitada para cumplir su tarea (nada menos que evitar la guerra a las generaciones futuras, como recoge su Carta fundacional). También hay Estados, tanto si son democráticos como si son señalados como dictaduras, que olvidan con demasiada frecuencia los valores y principios que dicen defender y promover en el concierto internacional, cayendo en la tentación de optar por impresentables, creándolos o potenciándolos, al servicio de sus intereses geopolíticos y geoeconómicos.

Quienes, desde una plataforma estatal, practican el todo vale suelen responder, en principio, a dos motivaciones. La primera se hace más obvia cuando para el que decide entrar en ese tipo de relaciones con indeseables no están en juego sus intereses vitales. En ese caso, se prefiere reservar las propias fuerzas para mejor ocasión y emplear a actores locales que hagan el trabajo sucio. Ejemplos tan notorios como la Contra nicaragüense, los muyahidines afganos o, más recientemente, los hombrecitos de verde en Ucrania sirven para mostrar cómo tanto Washington como Moscú y muchos otros han acabado creyendo que podían manipular a su antojo a pequeños monstruos dispuestos a cumplir a rajatabla sus dictados. La segunda, muy ligada a la anterior, responde al intento de escapar al escrutinio parlamentario y mediático que suele suponer el empleo de tropas propias en aventuras militares fuera del territorio nacional. Quienes prefieren esta opción cuentan con que la muerte de extraños en operaciones más o menos encubiertas no tiene la misma repercusión entre su propia opinión pública en términos electorales, lo que creen que les otorga un mayor margen de maniobra, aunque eso suponga hacer dejación de sus responsabilidades y adentrarse en aguas muy turbias.

Por su parte, en el otro extremo del espectro, son muchos los gobiernos y grupos no estatales deseosos de contar con el apoyo de padrinos generosos, dispuestos a jugar con fuego. Saben que con sus propias fuerzas les resulta imposible lograr sus propósitos y confían en que un poder superior les permita alcanzarlos. Y eso vale tanto para un Sadám Husein que Estados Unidos vio en su día como un ariete manejable y capacitado para echar abajo la revolución iraní encabezada por el ayatolá Jomeiní, como para los dirigentes kurdos que en repetidas ocasiones se han puesto en manos estadounidenses con el fin de avanzar en su sueño político de constituir un Estado propio o los rebeldes (expresión que esconde a menudo a especímenes poco recomendables) deseosos de derribar a Muamar al Gadafi o a Bashar al Asad. Aunque sean conscientes que hay un riesgo claro de quedar abandonados en mitad del camino -cuando sus servicios ya no sean considerados útiles para los propósitos de quienes los respaldaban-, saben también que no pueden despreciar esa ayuda si desean acercarse a sus objetivos.

Y en ese cruce de intereses y cálculos recíprocos se terminan por encontrar unos y otros. Los primeros, traspasando los límites que impone el Derecho internacional, creen poder así acortar los tiempos para imponer su agenda, manipulando los sueños (o las pesadillas) de actores menores para convertirlos en carne de cañón al servicio de sus intereses. Los segundos, que saben que van a ser negados y hasta criticados públicamente por sus patrocinadores, entienden que esa cobertura es la vía principal, sino la única, para poder superar sus propias limitaciones y aspirar a alcanzar sus objetivos finales, sean estos políticos o, cada vez más frecuentemente, meramente crematísticos. A fin de cuentas, unos y otros calculan que, si la aventura conjunta resulta exitosa, tiempo habrá de reescribir la Historia para travestir de héroes y luchadores por la libertad a sus participantes, integrándolos incluso en la vida nacional en la nueva etapa que se abra tras la victoria. En caso contrario, lo habitual es olvidarse de aquellos cuya compañía ya no resulta rentable y buscar un chivo expiatorio que cargue con la responsabilidad de haber hecho lo incorrecto. Y, si las críticas suben de tono, aún cabe elevar el discurso exculpatorio, echando mano de eufemismos tan manidos y desgastados como el de la necesidad de bajar a las cloacas y ensuciarse para defender la democracia o, como última ratio regis, haciendo referencia a los tan sacralizados intereses superiores del Estado que a tantos les sirven de patente de corso para llevar a cabo acciones ilegales.

La más pura realpolitik puede intentar justificar este tipo de comportamiento, aduciendo que en ocasiones no hay más remedio que mancharse si se quiere desbloquear una situación conflictiva. Pero, además de las consideraciones éticas y de las que emanan del compromiso adquirido de respetar las leyes y los derechos humanos -que ya deberían ser suficientes para resistir la tentación-, basta con repasar tantos ejemplos de fracaso cosechado por esa vía para concluir que en ningún caso cabe verlo como una buena práctica. Hasta que se llegue a entender que la defensa de valores y principios no es incompatible con la defensa de intereses geopolíticos y geoeconómicos -por el contrario, es la mejor vía para garantizarlos-, bastaría con tener presente los efectos negativos de confiar en maleantes de todo signo.

Sin embargo, a pesar de las lecciones aprendidas se constata que sigue recurriéndose cotidianamente a esos actores como socios o aliados. Y las razones para ello son desgraciadamente múltiples. En primer lugar, por el convencimiento de que, aunque hacerlo suponga una violación del Derecho internacional y una abierta incoherencia entre las palabras y los hechos de quien se decide a recurrir a ellos, se cuenta con que será muy difícil demostrar la relación entre el promotor y el ejecutor hasta el punto de que de ahí pueda derivarse una condena efectiva. Además de esa sensación generalizada de impunidad, corroborada por tantos ejemplos conocidos (incluyendo los actuales de la implicación militar rusa y turca en el conflicto libio), el dominante enfoque cortoplacista que define las relaciones internacionales explica, asimismo, que ante la falta de voluntad para realizar un esfuerzo sostenido en el tiempo que atienda a las causas estructurales que explican la violencia, se opte por recurrir a fórmulas de supuesto efecto inmediato, aunque con ello acaben creándose más problemas.

Si a eso se suma que también con frecuencia esos circunstanciales aliados tienen sus propias agendas es fácil suponer que, sobre todo cuando el conflicto en el que están inmersos se prolonga en el tiempo, no van a limitarse a cumplir subordinadamente lo que les indica su patrón exterior, sino que tenderán a desarrollar sus propios planes. Estos pueden no coincidir con los de su patrocinador e incluso pueden derivar en que terminen por morder la mano de quien les ha dado de comer hasta entonces.

No son, en definitiva, ni un mal menor ni una opción inesquivable. Y la toma de conciencia sobre las hipotecas que generan con respecto a sus patrocinadores, tanto en imagen como en afectación a sus verdaderos intereses y en las enormes dificultades para lograr liberarse de las criaturas que ellos mismos han creado o potenciado -lo que muchas veces lleva a un mayor empantanamiento en estrategias fracasadas (como ocurrió, por ejemplo, con el apoyo estadounidense a los señores de la guerra y a los talibanes en Afganistán)- debería ser suficientemente disuasoria para rechazar implicarse en un juego tan peligroso y condenable.

 

IMAGEN: El general libio Khalifa Haftar con el Presidente italiano, Giuseppe Conte, en la Conferencia para Libia celebrada en Palerno, 2018. Tullio Puglia/Getty Images