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Para el Equal Times.  [FRANÇAIS] [ENGLISH]

 

En paralelo a la competición espacial de las grandes potencias hace ya un tiempo que se hace sentir el empuje de otros actores sin tradición en este campo, como Emiratos Árabes Unidos (EAU), pero no por ello menos decididos a ocupar posiciones relevantes. De hecho, ahí esta el reciente hito histórico logrado por EAU, al colocar el pasado 9 de febrero el vehículo Al Amal (Esperanza) en la órbita del planeta Marte, coincidiendo con el quincuagésimo aniversario de la independencia del país. Un éxito en toda regla que, a buen seguro, servirá de acicate a un régimen autocrático liderado de facto por Mohamed bin Zayed (MbZ).

Es cierto que esa proeza técnica coloca a EAU como el primer país árabe en llegar hasta el planeta rojo, el segundo (tras India) en lograrlo al primer intento y el quinto del mundo, por delante de China y solo antecedido por la URSS, EEUU, la Unión Europea e India. También lo es que los ingenieros emiratíes han ido mejorando extraordinariamente su capacidad desde la creación de la agencia espacial en 2014, gracias inicialmente a sus acuerdos de colaboración con París y Londres, construyendo algunos pequeños satélites (como el KhalifaSat, lanzado en octubre de 2019) y enviando ya a su primer astronauta a la Estación Espacial Internacional, en 2019.

Pero, igualmente, sigue estando claro que le faltan todavía muchas etapas por superar hasta llegar a contar con la suficiente autonomía para poder hablar en términos de igualdad con los anteriormente mencionados. No en vano la sonda emiratí ha sido construida y ensamblada en Estados Unidos —con la colaboración principal de la Universidad Colorado Boulder y otras de la misma nacionalidad estadounidense— y lanzada el pasado 19 de julio desde el centro espacial japonés de Tanegashima, a bordo de un cohete de esa misma nacionalidad. Eso no quita para que, con el centro espacial Mohamed bin Rashid (activo desde 2006) como referencia principal, EAU figure ya como una seria opción en el futuro de la aventura espacial, con el sueño ya anunciado de enviar una nave a la Luna, en 2024, y de establecer una colonia humana en Marte en los próximos cien años.

 

Prestigio internacional, alternativas al crudo y contrarrevolución

A diferencia de lo que buscan preferentemente las grandes potencias —inmersas en una competencia geoestratégica por el liderazgo mundial en todos los ámbitos— el esfuerzo emiratí en este terreno tiene al menos una doble pretensión: aumentar su prestigio internacional y explorar vías alternativas a la economía del petróleo. Por una parte, EAU, consciente de las limitaciones que impone su tamaño —apenas 9,9 millones de habitantes (de los que apenas el 12% son nacionales) concentrados en 83.000km2— busca desde hace tiempo adquirir una voz propia, sin dejarse fagocitar por Arabia Saudí, líder tan indiscutible como indigesto del Consejo de Cooperación del Golfo. Y en lugar de hacerlo como campeón de la democracia o de los derechos humanos —terrenos en los que fracasa estrepitosamente—, ha optado por hacerse conocer a través de iniciativas tan llamativas como la torre Burj Khalifa —la más alta construcción humana en la Tierra—, la organización de la Expo 2020 (pospuesta a octubre de este año) o, ahora, el viaje a Marte.

 

MbZ es, junto con el príncipe saudí Mohamed bin Salman, el principal impulsor de una contrarrevolución que pretende cerrar el paso a cualquiera de las reformas que diferentes sociedades árabes han defendido desde el arranque de la llamada “primavera árabe”, hace ahora diez años.

 

En ese afán por eliminar a disidentes y críticos de cualquier signo —con el islamismo político como objetivo preferente— no ha tenido reparo en coliderar (con Riad) una desventura militar tan trágica como la que se registra en Yemen, tomar partido en Libia a favor de los rebeldes comandados por Khalifa Haftar, apoyar al régimen genocida sirio o normalizar relaciones con Israel. Entiende que de ese modo no solo contribuye a neutralizar posibles amenazas internas a un statu quo claramente deficitario en términos democráticos, sino que ese protagonismo aumenta su peso como interlocutor válido en los asuntos regionales y hasta mundiales.

Por otra parte, el paso del tiempo va confirmando que ya estamos inmersos en una transición ecológica que busca superar la etapa de dependencia energética del petróleo y el gas. Para los países productores de hidrocarburos ese proceso, en el marco definido por el Acuerdo de París, supone la necesidad imperiosa de poner en marcha planes estratégicos alternativos para modificar las bases de unas economías rentistas y de monocultivo que, en muchos casos, no han logrado diversificar suficientemente sus estructuras productivas. Economías que, por tanto, dependen excesivamente de los vaivenes que sufren los precios de esas materias primas en los mercados internacionales. De ahí que, cuando se produce una crisis como la que estalló en 2008 —con el añadido de la caída de los precios de los hidrocarburos y el inicio de la pandemia de la covid-19— les resulte mucho más difícil mantener la paz social, lograda habitualmente a través de subvenciones y ayudas que buscan “comprar” la lealtad de unos súbditos que no gozan, por otro lado, de derechos y libertades.

 

 

En esas circunstancias se hace más visible la ineficiencia, la corrupción y el instinto represivo de unos regímenes interesados, sobre todo, en mantenerse en el poder a toda costa.

 

 

En el caso de EAU, hablamos de la segunda economía del mundo árabe, tras Arabia Saudí, con un PIB estimado en algo más de 420.000 millones de dólares (unos 344.000 millones de euros). Según el Fondo Monetario Internacional, el pasado año registró un déficit público del 9,9% y una caída del PIB del 6,6%, con una previsión de crecimiento para este año de tan solo un 1,3%. Con un pleno empleo prácticamente garantizado, ha procurado aumentar la diversificación de su economía hasta llegar al punto en el que el sector de los hidrocarburos no supone más allá de un tercio de la economía nacional. En todo caso, consciente de que el futuro inmediato puede resultar aún más desafiante, sigue insistiendo en la misma línea no solo dotándose de nuevas fuentes energéticas —como la central nuclear de Barakah, operativa desde agosto de 2020, o la planta fotovoltaica de Al-Dhafra, la más grande del planeta— sino también consolidando su posición como un centro financiero y turístico internacional.

 

Más allá de EAU, los vecinos mueven ficha

Es en esa línea en la que encaja el desarrollo de la industria espacial, aunque es verdad que este sector no figuraba entre los que la Visión 2020 identificaba como prioritarios en su lanzamiento hace ahora una década. Una visión que plantea una clara apuesta por la economía y la sociedad del conocimiento, así como por convertir a EAU en el punto de contacto entre Europa, África y Asia en el terreno económico. En definitiva, con su apuesta espacial EAU refuerza el orgullo nacional —aunque formalmente ha querido presentar la misión a Marte como una tarea conjunta de los árabes—, potencia su capital humano —más de doscientos ingenieros (el 34% mujeres) han estado implicados en el proyecto Al Amal—, alimenta su sueño de hegemonía regional —en abierta competencia con Riad—, mejora sus opciones de competir en un exigente nicho de mercado —animando a sus nacionales a que se dediquen a las ciencias y apuntando hacia el turismo espacial— y hasta blanquea su imagen como régimen autoritario.

Mientras tanto, detrás ya vienen otros países de la región con intenciones muy similares. Egipto, designada como sede de la agencia espacial de la Unión Africana, cuenta desde 2018 con su propia agencia espacial, ha lanzado un satélite de telecomunicaciones (Tiba-1, en noviembre de 2019) y planea enviar su primer astronauta al espacio en 2026.

Por su parte, Turquía ya ha anunciado su intención de llevar a cabo un alunizaje en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación del Estado; al mismo tiempo, como parte de su misión espacial, ha puesto en marcha un proyecto para construir una base de lanzamientos en Somalia. Arabia Saudí manifiesta también su intención, en el marco de su ambiciosa Visión 2030, de desarrollar ese sector con el liderazgo de la Comisión Espacial Saudí, creada en 2018 y encabezada por el príncipe Sultan bin Salman que, en 1985, se convirtió en el primer astronauta árabe. Pero es Irán quien va por delante en este campo, contando con su propia agencia espacial desde 2004 y con una demostrada capacidad para poder lanzar sus propios satélites (incluso de carácter militar, como el Noor, lanzado el pasado año).

 

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