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Para eldiario.es

 

La fuerza de los hechos, cuando se cumplen exactamente diez años de la inmolación de Mohamed Bouazizi ante una comisaría de la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, no parece invitar a la celebración festiva de lo que en su día se denominó, quizá con demasiada premura, "primavera árabe".

Fue, desde luego, un sugerente recurso mediático para atraer la atención sobre una sucesión de movilizaciones ciudadanas en diferentes países como muestra del hartazgo con unos regímenes políticos escasamente sensibles a las demandas de dignidad, libertad y trabajo que reclamaban unas sociedades jóvenes y sin futuro a la vista. Muy pronto se hizo evidente que esa expresión no reflejaba lo que realmente ocurrió, hasta el punto de que hay quien habla, por contraposición, de un "invierno árabe".

Es un hecho que solo en cuatro (Túnez, Egipto, Libia y Yemen) de los 22 países árabes se produjo la caída del dictador de turno. Una buena noticia que, en cualquier caso, indica que en los otros 18 ni siquiera se ha llegado a ese punto, a pesar de que en muchos de ellos se registre un similar deterioro socioeconómico, político y de seguridad. Aunque Sudán y Argelia se han añadido más recientemente a ese reducido grupo, mientras el genocida régimen sirio de Bashar el Asad parece hoy respirar más aliviado, siguen siendo mayoría los países árabes sin cambios estructurales en unos sistemas de gobierno crecientemente deslegitimados.

Por otra parte, un mínimo repaso a la evolución seguida por los ya citados refuerza la percepción de que el balance de la década es netamente negativo. Así, nos encontramos con Yemen y Libia convertidos en dos Estados fallidos, en los que cualquier atisbo de bienestar y seguridad es una ensoñación irreal.

Por su parte, en Egipto, tras un mínimo periodo de esperanza, se ha consolidado un régimen golpista que no duda en reprimir violentamente cualquier disidencia; todo ello con las bendiciones occidentales, en un ejemplo más de defensa a ultranza del statu quo, aunque eso suponga abandonar a una sociedad civil que se alineaba con los valores y principios que occidente dice defender y, de paso, alimentar aún más un sentimiento antioccidental que nace del apoyo a personajes como Abdelfatah al Sisi (Legión de Honor francesa, incluida) y tantos otros.

Mientras tanto, Sudán genera aún muchas incertidumbres con un proceso de transición en el que los militares retienen demasiado poder, y lo mismo ocurre en Argelia, con una férrea resistencia de los uniformados y sus colaboradores a ceder en sus privilegios. En definitiva, Túnez es el único caso en el que no solo se ha producido un mero cambio de cara, sino que está viviendo un cambio de modelo político con mejoras democráticas.

Frente a esa insatisfactoria imagen muchos aceptarán la peregrina idea de que hay pueblos que no están preparados para la democracia y que gustan de estar sometidos por gobernantes autoritarios. Pero también cabe valorar el camino recorrido desde otro enfoque, empezando por recordar que ni las más sólidas democracias del planeta hoy en día lograron ese objetivo de una sola tacada.

Las movilizaciones fueron espontáneas (no prefabricadas en ningún laboratorio político, sino nacidas del malestar ciudadano), pacíficas (la violencia ha surgido siempre de los regímenes interesados en reprimir cualquier crítica), jóvenes (como no puede ser menos en unas sociedades en las que la edad media está en torno a los 26 años) y muy alejadas de las proclamas yihadistas (de hecho son, en sí mismas, el reconocimiento del fracaso de Al Qaeda y Dáesh, que no han logrado derribar a ningún dirigente).

Por eso, con perspectiva histórica, se debe entender como un paso más de una senda que necesariamente apunta a un cambio que permita una vida digna al conjunto de los más de 400 millones árabes. Sirva el ejemplo diario, sin tanta atención mediática, de libaneses e iraquíes como una señal clara de que el proceso no se ha detenido.

En todo caso, no puede darse por hecho que basta con esa movilización para lograr el objetivo perseguido. En realidad, hoy los que se mueven a favor del cambio son la parte más débil de una ecuación en la que pesan a la contra dos importantes factores.

El primero se concreta en un poderoso movimiento contrarrevolucionario liderado por Arabia Saudí y EAU, pero al que también se apuntan los gobernantes de Egipto, Siria y muchos otros países. Este movimiento suma fuerzas para frenar cualquier deriva que pueda desestabilizar su posición dominante. Gobernantes que no tienen reparos en reprimir violentamente a sus críticos y disidentes, violar sistemáticamente sus derechos básicos y censurar los medios de comunicación y las redes sociales.

El segundo señala a los gobiernos occidentales que, como mínimo, asisten pasivamente a ese cúmulo de despropósitos o incluso apoyan activamente a quienes han sido sus aliados tradicionales, percibiéndolos en todo caso como un mal menor, creyendo equivocadamente que siguen siendo útiles para bloquear cambios que aborrecen, como el que pueda permitir la llegada al poder del interesadamente demonizado islamismo político.

Atrapadas en un esquema que ya no da más de sí, las potencias occidentales siguen apostando hoy por algunos socios y aliados escasamente presentables que van en contra de sus propias poblaciones. ¿Hasta cuándo?