Aunque cueste desviar la mirada de la pandemia y los estragos que está causando, no podemos perder de vista a los millones de personas que son víctimas de otros conflictos y catástrofes. Estos “olvidados” no ocupan los titulares en los medios o redes sociales pero se encuentran en una situación cada vez más desesperante. El COVID-19 ha desplazado otras crisis humanitarias a un segundo plano, pero estas no se han detenido ni debilitado. 

 

Todo lo contrario. Solo en las últimas semanas hemos visto escalar el conflicto en la provincia de Tigray en Etiopía que ha sumado cientos de muertos y provocado el éxodo de decenas de miles a Sudán. La tensión ha aumentado en la disputa entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno Kavanagh. Dos huracanes feroces han arrasado con varias comunidades en América Central y varios ciclones han azotado regiones de Filipinas y otros países de Asia. Estas nuevas crisis “desatendidas” se suman a otros conflictos extendidos en el tiempo de gran intensidad como Yemen, Somalia o Afganistán. 

 

Para el año próximo, se estima que 235 millones de personas en 56 países necesitarán ayuda humanitaria. Esto significa un aumento del 40% respecto de este año y una cifra sin precedentes en el ámbito humanitario. Es indudable que este incremento es producto directa o indirectamente de la pandemia. Por un lado, porque este “trastorno de atención” de la comunidad internacional que impide ver más allá del COVID-19, se convierte en el caldo de cultivo ideal para el recrudecimiento de conflictos en varias partes del mundo y que algunos desastres no reciban la asistencia adecuada. 

 

 

Pero por otra parte, porque la pandemia no ha hecho más que exacerbar la situación de los más vulnerables, dificultando el financiamiento y la logística de las operaciones humanitarias; limitando el acceso agua, comida y otros servicios básicos y aumentando las necesidades de protección de millones de personas. Para el mediano plazo, ya observamos los indicios de una crisis económica de proporciones inéditas. La pobreza extrema ha aumentado por primera vez en 22 años y, de acuerdo a la ONU, múltiples hambrunas se avecinan en el horizonte.

 

Estamos ingresando en un espiral negativo en el que se registran más necesidades humanitarias a causa de la crisis económica, pero al mismo tiempo, se disponen de menos recursos para hacerles frente. El costo estimado de la ayuda necesitada para el 2021 es de 35.000 millones de dólares, una cifra que parece inalcanzable en este contexto socioeconómico. En el 2020, los donantes internacionales han contribuido 17.000 millones, y esto ya implicaba un récord histórico de financiamiento. Con los efectos de una crisis económica que se sentirán principalmente durante el 2021 y 2022, parece muy poco probable que esos fondos puedan reunirse. 

 

El Secretario General de las Naciones Unidas hace un llamamiento al mundo para que "esté al lado de las personas en su hora más oscura de necesidad". Es clave que nos movilicemos para apoyar a aquellos países más necesitados o las consecuencias serán terribles. La pandemia ha llevado a los pueblos de los países más ricos a sufrir privaciones que son cotidianas en los países afectados por crisis humanitarias como faltas de stock, restricciones de movimiento, sistema sanitarios rebasados, reducción de servicios públicos. Esto tal vez sea una oportunidad y pueda ser el punto de partida para construir una nueva empatía o solidaridad internacional que permita a los países entender la ayuda humanitaria y a la cooperación internacional como una prioridad e inversión a largo plazo, y no como un gasto. 

 

Este nuevo contexto también requerirá que el sistema humanitario internacional se reinvente y se vuelva más eficiente a un costo mucho menor. Esta ha sido una asignatura pendiente para el sistema humanitario durante décadas. La mala utilización de los recursos y la escasa innovación ha sido una constante en varios ámbitos de las operaciones. La adopción de nuevas tecnologías que reduzcan costos y mejoren procesos; la localización de la ayuda, poniendo en el centro los recursos y conocimientos locales; y nuevos modos de ayuda, como los cupones y efectivo, son algunas de las claves de esta transformación. A su vez, es preciso desviar el foco desde la respuesta hacia la prevención, preparación y acción temprana. 

 

Mucho queda por hacer. Pero comencemos por no olvidar. Un mundo con este nivel de tecnología en información no puede permitir que tantos millones de personas vulnerables sean olvidadas. Trabajadores humanitarios, periodistas, políticos, académicos, todos los ciudadanos debemos contribuir a que esta visibilización se haga efectiva. Necesitamos esa conciencia para poder construir una solidaridad internacional más fuerte. La pandemia nos ha enseñado que la única manera de protegernos es también proteger al otro. También ha mostrado egocentrismo, indiferencia y aislamiento. Queda en nosotros hacer nuestro aporte para inclinar la balanza en favor de los más vulnerables. 

 

 

Adrian Ciancio es Doctor en Derecho Internacional de la Universidad Complutense de Madrid y Gerente de Proyectos de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU.