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Las grandes pandemias y crisis epidemiológicas no son un fenómeno novedoso, y en las últimas décadas han evidenciado la necesidad de implementar una acción coordinada de organizaciones internacionales, gobiernos y actores humanitarios para afrontar los diferentes retos que plantean. En este sentido, son numerosos los planes y protocolos de actuación en materia de prevención y respuesta ante desastres que se han ido formulando y actualizando, incorporando diferentes cuestiones sanitarias, particularmente desde los años noventa; pero el brote de COVID-19 desde diciembre del pasado año ha supuesto un desafío para todas las normativas y prácticas vigentes.

 

En un brevísimo período de tiempo el virus se ha convertido en una cuestión de seguridad sanitaria global y en una amenaza para el normal desarrollo de la vida humana. Pero más allá de las consecuencias socioeconómicas que las medidas de confinamiento que han protagonizado los últimos meses han provocado (y provocarán) a nivel mundial, el impacto de las mismas en las cadenas de suministros ha afectado enormemente al correcto funcionamiento de un proceso logístico cuya efectividad es ahora más necesaria que nunca. Además de la importancia de disponer de suficientes equipos de protección específicos y material sanitario, cuya producción normalmente no es local, contar con expertos médicos, como ha ocurrido en Italia con la llegada de personal chino o cubano, es fundamental ante crisis sin precedentes como a la que nos enfrentamos en la actualidad.

 

Sin embargo, el transporte y distribución de personal y productos sanitarios críticos para afrontar esta pandemia no es la única problemática que se plantea. Los contextos de crisis crónicas y emergencias complejas continúan desarrollándose, y el riesgo no hace sino crecer ante la amenaza que supone la llegada de una enfermedad para la que todavía no existe vacuna a aquellas áreas de difícil acceso y que disponen de menos recursos. La logística humanitaria debe hacer frente ahora al doble reto que supone la provisión de alimentos, agua o actividades médicas y humanitarias rutinarias en una situación en la que la priorización de la COVID-19 ha paralizado, no solo las operaciones y trabajos anteriores, sino también, y como ya señalábamos, la propia cadena de suministros.

 

El impacto de la pandemia está siendo multisectorial. A finales de marzo, más de 107 países habían promulgado ya restricciones de viaje y cierres de fronteras, según la OCHA, limitando o suspendiendo el tráfico terrestre, aéreo y marítimo, imponiendo períodos de cuarentena a las importaciones y reduciendo la capacidad de carga; causando, en definitiva, graves repercusiones a corto y medio plazo en materia de canales logísticos humanitarios y comerciales. En consecuencia, la disponibilidad de stock se ha convertido en una de las principales preocupaciones: los precios de los productos sanitarios más básicos se han disparado, y los distintos estándares técnicos y de calidad están poniendo en tensión el proceso de adquisición y suministro. Los plazos de entrega también se están viendo amenazados debido a la continua demanda y escasez de producción, y en lo que respecta a la distribución, los puntos de entrega en lugares aislados se ven particularmente afectados. El acceso a la asistencia y ayuda humanitaria se ha convertido en una actividad arriesgada y compleja, para las personas afectadas y para el personal humanitario, cuya respuesta, ralentizada en muchos casos, ha llegado a verse suspendida o imposibilitada por la falta de opciones de transporte.

 

La práctica cotidiana de la logística humanitaria y el transporte es ahora más difícil que nunca, y requiere una respuesta mundial universal y coordinada a esos retos sin precedentes, adaptativa y consecuente con las especificidades de cada contexto. Afortunadamente, actores humanitarios y organizaciones internacionales han publicado diferentes documentos informativos, planes de respuesta interagencial como el Global Humanitarian Response Plan; y han puesto en marcha iniciativas como la Covid-19 Partners Platform, cuyo pilar número 8 se centra específicamente en el apoyo operacional y logístico, proponiendo tres niveles de acción en los que los planes y normas preexistentes pueden adaptarse para ofrecer una respuesta más rápida y eficiente. Además, se ha insistido más que nunca en la necesidad de establecer y asegurar corredores humanitarios, fomentar las capacidades de producción y estructuras de reparto, y de reforzar las organizaciones humanitarias locales en un contexto en el que el aislamiento y las restricciones impiden el desplazamiento del personal internacional.

 

No obstante, estas medidas no pueden quedar limitadas al período de crisis, sino que deben implementarse y normalizarse en las prácticas humanitarias futuras. Los desafíos planteados requieren respuestas específicas en las que la calidad y rendición de cuentas quede garantizada, y la elaboración de los Universal Logistic Standards por el Consorcio INSPIRE, del que forma parte el IECAH, y que está contando con el apoyo de la DG-ECHO de la Comisión Europea, se presenta como una oportunidad para recoger el conocimiento y aprendizajes generados durante la crisis y el posible contexto post-Covid. La anticipación y preparación, así como la revisión y evaluación de la cooperación y prácticas internacionales existentes será indispensable para definir próximos protocolos de actuación en los que las funciones críticas queden identificadas, con el objetivo de preparar una respuesta rápida y eficaz de cara a posibles futuras crisis sanitarias globales.

 

 

Autora: Raquel Chamizo Hermosilla

 

FOTOGRAFÍA: AP Photo / Hani Mohammed