Para ABC Internacional.

 

Están en bandos opuestos en el conflicto sirio, pero tienen intereses comunes en otros ámbitos. Por eso, sabiendo que las fricciones pueden arruinar unos vínculos que ambos quieren preservar, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan volvieron a reunirse el pasado día 5 para limar asperezas y actualizar su acuerdo. Un pacto que, desde el establecido en Sochi (septiembre de 2018), se había erosionado significativamente a favor de Moscú y Damasco (sin que el Gobierno sirio haya tenido que participar ni siquiera en estos encuentros). Turquía ha visto cómo su territorio se ha seguido llenando de personas que huyen de la violencia (hasta llegar ya a los cuatro millones), cómo las milicias kurdas sirias siguen activas en la zona fronteriza y cómo sus puestos militares de observación en la provincia de Idlib han quedado neutralizados por las tropas sirias. Rusia, en cambio, se ha convertido sin discusión en el factótum diplomático y militar, colocando al régimen sirio bajo su manto protector, sustituyendo el proceso de Ginebra (auspiciado por la ONU) por el de Astana (en el que también figura Irán, junto a Turquía) y respaldando, sobre todo con fuego artillero y apoyo aéreo, a las fuerzas leales a Damasco en su intento por recuperar el control sobre todo el territorio.

Erdogan ha calculado mal sus fuerzas. Si primero optó infructuosamente por el derribo del régimen de Bashar al Assad, abriendo sus puertas al tránsito de yihadistas de todo pelaje y apoyando a milicias contrarias a Damasco, a partir de 2016 pasó a centrarse en el triple objetivo de evitar que su territorio fuera contaminado por la violencia de su vecino, cerrar el paso a nuevos refugiados (con cuya vida juegan vergonzosamente unos y otros) e impedir que los kurdos sirios puedan consolidar una entidad propia en sus inmediaciones. A la vista está que los resultados no son muy satisfactorios y el lanzamiento de la actual operación Escudo de Primavera tampoco augura algo muy distinto. Es cierto que Erdogan está destruyendo algunos activos militares sirios–sobre todo con fuego artillero y drones armados– pero, como acaba de demostrar el endeble acuerdo logrado en Moscú, no puede derrotar a Al Assad mientras este siga contando con la cobertura aérea rusa.

El juego de Moscú

Al haber extendido demasiado sus líneas (llegando hasta Libia) y al haber acumulado gestos inamistosos con sus principales socios y aliados –sea con la Unión Europea, perturbando los planes de explotación del gas localizado en el Mediterráneo oriental y ahora con su decisión de dejar salir a los desesperados que se agolpan ante la frontera griega, o con Estados Unidos, con la compra de sistemas antiaéreos rusos S-400 y la amenaza de no prestar sus bases a las fuerzas estadounidenses–, Erdogan se ha quedado solo (ahí está la falta de respuesta aliada a su petición de despliegue de baterías de Patriot) y sometido a un Putin interesado por igual en la fragmentación de la OTAN y en cortejar a Ankara con la oferta de negocios de explotación conjunta del gas (sirva el gasoducto Turkstream como ejemplo). Y todo eso mientras su posición interna se va erosionando, con una población cada vez más crítica con su deriva autoritaria, más reacia a soportar la carga que suponen los refugiados y el aventurerismo militar, más descontenta con su gestión económica y, por tanto, más dispuesta a escuchar lo que planteen, incluso en las propias filas del islamismo político, sus opositores.

Eso le ha permitido a Putin convertirse en interlocutor imprescindible en cualquier intento de buscar una solución al conflicto sirio (mientras EE.UU. pierde peso a ojos vista y la Unión Europea nunca ha logrado ser tenida en cuenta). Por un lado, se permite apoyar a Al Assad –aumentando el peso de su presencia militar en la base naval de Tartús y en la aérea de Hmeimim– y, por otro, cuenta con una baza más con la que poder negociar un posible alivio a las sanciones que pesan sobre Moscú por su implicación en Ucrania. Además, logra imponer su criterio ante Teherán y Ankara, sin perder de vista el acercamiento a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, en un intento por sumar posibles financiadores de la futura reconstrucción siria.

Y aunque Erdogan trate de vender el acuerdo como un éxito y haya logrado evitar la ruptura de relaciones con una Rusia con la que necesita seguir entendiéndose, la realidad es que su influencia en Siria disminuye. Y así se explica que la nueva línea que demarca el frente tras el acuerdo ruso-turco suponga admitir que Ankara pierde terreno o, lo que es lo mismo, que Damasco sigue avanzando sus peones y ya controla la importante autovía M-4 (que une el puerto de Latakia con Alepo). Esa cesión de territorio en Idlib, a manos de las fuerzas sirias, hace que sus posiciones militares (y las de sus aliados locales) se hagan insostenibles en cuanto las fuerzas de Damasco reemprendan la ofensiva.

 

FOTOGRAFÍA: Erdogan y Putin, el pasado jueves tras mantener una reunión en Moscú - EP