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(Para Radio Nederland)

Desde la primera ocasión en que se concedió en el año 1901, el Premio Nobel de la Paz ha sido objeto de polémicas y ha reflejado visiones totalmente contradictorias de lo que es la contribución a la paz y de las acciones que deben ser valoradas positivamente para ser galardonadas con el premio.

Conviene recordar que en la primera edición compartieron el premio el pacifista francés Fréderic Passy y el fundador de la Cruz Roja, el suizo Henry Dunant, que reflejaban dos visiones muy diferentes, para algunos contradictorias incluso, de lo que contribuye a la paz: la del pacifista radical que aboga por la abolición de la guerra y la del pragmático humanitario que intenta limitar los efectos negativos de ésta. Dos enfoques que en aquellos años generaron airados debates, y en los que Passy llegó a acusar a Dunant de legitimar las guerras por su afán en introducir elementos de humanidad en medio del conflicto violento. Sea como fuere, desde los primeros años del pasado siglo, los responsables del Comité para la concesión del Nobel de la Paz parecen no tener muy claro sobre qué concepto de paz trabajan y, por tanto, qué personas o instituciones deben ser valoradas. Y eso hace que la trayectoria de los premios sea bastante confusa.

Falta de consistencia

Un somero análisis de la evolución del Nobel de la Paz refleja esta falta de consistencia, y evidencia como el premio se ha concedido, junto a personas e instituciones de indudable compromiso con la paz y con el uso de medios pacíficos para conseguirla, a otras personas de dudoso pasado o claramente involucradas en actos de violencia injustificable o con visiones de las relaciones internacionales basadas en el uso de la fuerza y en la intromisión en los asuntos internos.

El caso de Henry Kissinger en 1973 o del ex presidente estadounidense Jimmy Carter en el año 2002, son sólo dos ejemplos que podríamos continuar con el de Al Gore en 2007 o Koffi Annan en 2001. Casos que como el de Martthi Ahtisaari en 2008 reflejan esta manía de conceder premios a políticos que en su actuar han tenido muchas más sombras que luces y a los que la concesión del premio trata de lavar su imagen para la historia.

En otros casos, premios absolutamente merecidos no han obtenido el galardón adecuado: ¿por qué no conceder a Muhammad Yunus y su Banco Grameen el Nobel de Economía si su contribución tiene que ver con ese ámbito?. Yunus fue premiado con el Nobel de la Paz en el año 2006. Lo mismo podría decirse del premio a la organización Médicos sin Fronteras en el año 1999, cuando esta organización ha tratado de dejar siempre clara su exclusiva vinculación con las cuestiones médico humanitarias y su no posicionamiento en cuestiones relativas a la paz.
En muchos casos, sin duda, la concesión del Nobel ha servido para poner sobre el tapete situaciones olvidadas y contribuciones locales hacia la paz muy meritorias. Los casos de Pérez Esquivel, Rigoberta Menchú, Shirin Evadí, Kim Dae Jung y otros muchos han servido, al menos, para poner por unos días en los medios de comunicación las dificultades de la lucha por los derechos humanos y la paz en Argentina, Guatemala, Irán, Birmania, etc.

Galardón a Obama

Y en este contexto de falta de criterios claros y de elementos de valoración más o menos objetivables para la concesión del premio, ¿cómo interpretar el galardón concedido al presidente Obama?. En primer lugar como apresurado y oportunista. La trayectoria del nuevo presidente estadounidense podrá algún día hacerse merecedora de un galardón como éste, pero parece cuando menos apresurado concederlo ahora. Los cambios tras la elección del joven presidente han sido muy grandes, pero no es menos cierto que sus resultados en los grandes escenarios de conflicto, como en Afganistán, Iraq, Oriente Medio o Irán, son por el momento nulos. Y la actuación de su gobierno en otros casos como Colombia, Honduras o Somalia es más que discutible. Por no citar su alusión a la guerra de Afganistán como “guerra necesaria”.
Algunos analistas han valorado la concesión como algo que puede limitar las posibles tendencias intervencionistas de Obama y que puede servir para controlar las presiones de otros sectores de la administración estadounidense. No discutimos que el premio pueda tener este efecto, pero ello no justifica la concesión cuando hay otras trayectorias y otras iniciativas ya rodadas desde hace años o décadas que hubieran podido obtener el premio. Y cuando nos referimos a oportunismo, hacemos referencia a esa suerte de papanatismo que parece recorrer la opinión pública internacional y ciertos sectores generadores de opinión, que nos presentan a una especie de San Obama sin ningún matiz, capaz de conseguir cualquier cosa.

Piedad Córdoba

Escribo estas líneas desde Colombia donde los días previos a la concesión del Nobel circularon toda suerte de rumores sobre la candidatura de la senadora Piedad Córdoba como una de las mejor situadas para la obtención del premio. Muchos sintieron un jarro de agua fría tras la concesión a Obama pues pensaban que, como en otros casos, un premio a la senadora podría apoyar los esfuerzos de paz. Y aún sin entrar a discutir méritos, al menos es indudable que los esfuerzos de la senadora Córdoba y del colectivo de colombianos y colombianas por la paz han abierto algunos espacios y contribuido a la liberación de personas injustamente detenidas por las FARC. Y eso, aunque sea poca cosa, es muy importante en escenarios de violencia y de ausencia de diálogo y negociación. Y es una contribución a la paz en medio de conflicto.

En cualquier caso, puestos a prestar atención a premios discutibles y posibles injusticias, casi prefiero los Oscar que, al menos, tienen más emoción con aquello de ... and the winner is...

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