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(Para Radio Nederland)

Al mismo ritmo que se hace cada vez más improbable que el presidente Barack Obama sea capaz de sacar un inesperado conejo de la chistera, que asombre a propios y extraños con un plan de paz que definitivamente resuelva el conflicto entre israelíes y palestinos (con todas sus derivaciones regionales), se incrementa el deterioro de la situación en el terreno y cae la credibilidad de los actores directamente implicados en su gestión.

En esta pieza teatral en la que domina la tragedia- pero que no está exenta de esperpento, farsa y hasta de teatro del absurdo- encontramos un escenario que apunta directamente al derrumbe y unos actores- desacreditados hasta el extremo- que en nada ayudan a imaginar un final feliz. Sobre la base de un nefasto balance de violencia y sucesivos planes de paz arruinados, se asiste ahora a un nuevo episodio de tensión derivado de los enfrentamientos en torno a la explanada de las mezquitas entre colonos y palestinos de la ciudad vieja de Jerusalén, a los que el gobierno de Benjamín Netanyahu ha respondido con un abrumador despliegue de varios miles de policías y soldados. Mientras tanto, en el bando palestino, continúa ensanchándose la brecha entre la opinión pública y sus gobernantes, en tanto que el acuerdo entre Hamas y al Fatah sigue retrasándose indefinidamente. Por otra parte, nueve meses después de la brutal campaña militar impulsada por Tel Aviv contra la Franja de Gaza, se mantiene el asedio a los 1,5 millones de palestinos que allí habitan, sin que sus necesidades básicas puedan ser satisfechas, más allá del efecto paliativo que supone la utilización de los innumerables túneles que conectan con Egipto (en una actividad que sirve, asimismo, para alimentar financiera y militarmente a los grupos armados que allí dominan la situación).

En cuanto a los actores en juego, resulta difícil establecer una clasificación que los ordene de mejor a peor. El primer ministro israelí puede estar disfrutando en estos días de un episódico momento de gloria- entendido a su manera-, en la medida en que ha sido capaz de soportar la presión estadounidense y negarse a admitir la paralización de los asentamientos- identificada como la clave de bóveda para reconstruir un proceso de paz totalmente bloqueado a día de hoy.

Netanyahu se siente así momentáneamente reforzado ante sus críticos internos, lo que le concede un mayor margen de maniobra para seguir despreciando la legalidad internacional y para soportar las embestidas que puedan proceder de la oposición que ejerce, por un lado, el partido Kadima y, por el otro, los ultraortodoxos y los nacionalistas más recalcitrantes. En todo caso, ni su posición real es de fortaleza- sigue estando a expensas de los apoyos que le presten partidos chantajistas como los que comparten el gabinete ministerial con él-, ni ha sido capaz de plantear una estrategia que le permita resolver el problema existencial de Israel. Cuanto más resista, más creerá, equivocadamente, que el futuro de Israel pasa por el ejercicio de la fuerza, sin entender que su superioridad militar no le garantiza la paz y la seguridad que demandan sus más de siete millones de habitantes.

Peor lo tiene, en cualquier caso, el presidente de la Autoridad Palestina. No solo sufre el desprecio desde el exterior y las críticas de sus oponentes palestinos, sino que el mismo parece empeñado en suicidarse. Así cabe interpretar su aceptación (a instancias de Obama) para mantener una reunión con Netanyahu, sin haber logrado previamente- como se había comprometido en varias ocasiones- que Israel detuviera la construcción de asentamientos. Por si eso no fuera suficiente, Mahmud Abbas acaba de provocar un generalizado rechazo a su decisión de paralizar la votación en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU del informe elaborado por Richard Goldstone sobre el desarrollo de la campaña militar lanzada por las Fuerzas de Defensa Israelíes contra Gaza. Se trata de un informe que no tiene reparos en calificar de crímenes de guerra los indiscriminados lanzamientos de cohetes contra población civil israelí realizados por Hamas. Pero lo que destaca mucho más es su valentía al condenar a Israel por su desproporcionado uso de la fuerza, por su desprecio al derecho internacional humanitario y por los crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que suponen muchas de las acciones militares emprendidas durante los 22 días de combates. Ha sido el propio Abbas- que no engaña a nadie al ordenar ahora la creación de una comisión que investigue las razones de tal decisión (como si no la hubiera tomado él mismo)- el que ha buscado su ruina política. No deja de ser sorprendente que no haya regresado a los Territorios Palestinos desde que tomó esa decisión, y que algunos de sus teóricos aliados- como un reforzado Mohamed Dahlan a la cabeza- insistan en pedir explicaciones y responsabilidades a un líder que se ha convertido ya hace tiempo en un cadáver político.

Tampoco sale mucho mejor parado el enviado estadounidense, George Mitchell. En su nuevo periplo por Palestina le va a resultar muy difícil esconder su imagen de perdedor, sobre todo ante Netanyahu, cuando ha comprobado la inutilidad de su presión para que el gobierno israelí aceptara la congelación de los asentamientos. ¿Qué puede ofrecer y demandar ahora? Su visita parece dirigida simplemente a calmar los ánimos de sus interlocutores, sin que nada apunte a su capacidad para reinventar nada nuevo ni para reinventarse él mismo como representante del único actor (EE UU) con capacidad para forzar un cambio de rumbo. Lo peor de su debilitada posición no es solo que su futuro como mediador esté ya en entredicho, sino que su patrón (el propio Obama) ha quedado ya afectado negativamente en su primer intento por reconducir una situación en la que ya han fracasado no pocos presidentes estadounidenses. Obama tiene todavía un notable crédito político (no olvidemos que ni siquiera ha cumplido su primer año de mandato) pero, sea por sus crecientes problemas en otros terrenos (desde el de la reforma sanitaria a los desafíos de Afganistán/Paquistán) o por sus iniciales resbalones en Palestina, su margen de maniobra se estrecha apresuradamente. Si no logra romper una dinámica estructural que desde hace décadas ha llevado a Washington a apoyar a Tel Aviv, con razón o sin ella, podemos volver a escenarios ya sobradamente conocidos, en los que el fuerte siga marcando el ritmo al que deben ir las cosas. No puede haber final feliz para una obra teatral desarrollada en esas condiciones.

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