imgarticulo_turquia

(Para Radio Nederland)

Tras la festiva conmoción popular causada por la sucesión de eventos tan llamativos como la visita al país de Barack H. Obama y la celebración del II Foro de la Alianza de Civilizaciones, Turquía regresa abruptamente a una realidad menos esplendorosa.

Por un lado, el impacto de la crisis económica sigue haciendo mella en la popularidad del Adalet ve Kalk?nma Partisi (AKP, Partido de la Justicia y el Desarrollo)- como lo demuestra su agridulce victoria en las elecciones locales del pasado 29 de marzo-, lo que anuncia una inminente reestructuración gubernamental para evitar que se incremente la pérdida de apoyo electoral al primer ministro Recep Tayyip Erdogan y sus correligionarios.

Por otro, el país inicia esta semana bajo la sacudida de dos operaciones policiales de diferente signo. La más reciente ha supuesto la detención de más de cuarenta personas en 12 provincias distintas del país. Lo más significativo de esta operación- de carácter antiterrorista, y diseñada como un nuevo golpe a la amenaza terrorista que representa el Partiya Karkerên Kurdistan (PKK, Partido de los Trabajadores Kurdos)- es la detención de tres de los vicepresidentes del prokurdo Demokratik Toplum Partisi (DTP, Partido de la Sociedad Democrática), un partido que cuenta con 21 diputados en el parlamento nacional. Se acentúa de este modo la tensión política interna, en un proceso que puede conducir a la ilegalización de dicho partido; lo que supondría dejar sin voz política a una parte considerable de la población turca que se identifica prioritariamente por sus señas kurdas (en torno a un 18% de los setenta millones de habitantes de Turquía).

La segunda operación policial ha ido dirigida contra el entramado golpista conocido como Ergenekon, que hace referencia a un plan diseñado y dirigido por militares y civiles contrarios al perfil islamista del actual gobierno y que en 2003-04 pusieron en marcha su idea para subvertir el orden en una combinación de fuerza militar y movilización social teledirigida. Ahora, en lo que ya es la duodécima operación de estas características, se ha producido la detención de al menos 18 personas, entre las que destacan el rector de la Universidad de Baskent y tres ex rectores de las universidades de Inönü, Ondokuz Mayis y Uluduag. No cabe pensar que éstas sean figuras menores en el entramado golpista, como tampoco lo son las supuestas organizaciones de la sociedad civil que han sido visitadas por la policía, si se piensa que los impulsores del golpe de Estado habían diseñado un complejo plan en el que la sensibilización y movilización de la población contra el AKP era esencial para conseguir sus objetivos (y para frenar supuestas críticas exteriores a lo que, desgraciadamente, es una inveterada costumbre en la historia contemporánea de la Turquía moderna).

En esa misma línea hay que interpretar el hecho de que la operación haya afectado también al canal televisivo Kanal B y a diversas oficinas de organizaciones no gubernamentales. En esencia, los golpistas pretendían que su intervención de fuerza apareciera como el resultado natural de una presión popular, previamente sensibilizada y movilizada a través de algunos medios de comunicación, el mundo académico y algunas instancias civiles. De ese modo, contaban con recibir el apoyo no solo del conjunto de la población turca sino también de la comunidad internacional, interesada en última instancia en evitar la deriva islamista que algunos quieren revestir, por definición, de desestabilizadora cuando no de netamente terrorista.

Para algunos, Ergenekon representaría únicamente una manipulación extrema del AKP para eliminar a sus críticos- teóricamente democráticos y respetuosos con las leyes vigentes, al tiempo que autoimbuidos de una visión mesiánica que les hace creer que son los guardianes de las esencias secularistas y modernizadoras de Mustafa Kemal, padre fundador de la Turquía moderna. Según esta visión, Erdogan estaría aprovechando su poder para deshacerse de sus principales rivales políticos y para poder, por fin, desarrollar su "agenda oculta", que llevaría al país a sumirse en una etapa oscura bajo el dominio del Islam.

Para otros, sin descartar que se comentan algunos errores a lo largo del largo proceso que está dirigiendo la judicatura turca (no el ejecutivo de Erdogan), lo relevante es confirmar que en Turquía los poderes del Estado están funcionando con normalidad (y mucho mejor que antes de la etapa iniciada por el AKP) y que solo cabe confiar en esos poderes para corregir el rumbo cuando se produzcan derivas preocupantes (sean del propio gobierno o de quienes quieren volver a tomar un atajo para preservar un modelo social, político, económico y de seguridad que no ha sabido responder a las necesidades de los turcos). Dicho de otro modo: Erdogan es, con todas sus limitaciones, parte de la solución; los golpistas, por el contrario, solo son parte del problema.