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Por tercera vez consecutiva- y gracias a la reforma constitucional de noviembre de 2008, que suprimió la limitación de dos mandatos presidenciales- Abdelaziz Buteflika ha sido reelegido presidente con la mayoría abrumadora del 90,24% de los sufragios. Según el Ministerio del Interior la participación fue del 74%, una cifra sospechosamente alta si se tiene en cuenta el clima de desinterés y de apatía política generalizada que ha presidido la celebración de estas elecciones. Tras conocer el resultado, los partidos de la oposición han denunciado fraudes masivos y sistemáticos. De acuerdo con un comunicado del Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) la participación electoral no habría superado el 18%.

La única incógnita y preocupación de Buteflika respecto a estos comicios era el nivel de participación electoral- que en las pasadas elecciones legislativas no había llegado más que al 35%1 y al 58% de las presidenciales anteriores. Es por ello que la presidencia no ha escatimado medios para garantizar una alta participación, lo que ha incluido una presión directa a los funcionarios y policías para que acudieran a las urnas. El Ministerio de Asuntos Religiosos, por su parte, también pidió a los imanes que denunciaran la abstención como una práctica contraria a los valores del islam. En definitiva, Buteflika era consciente de que una participación baja habría restado aun más credibilidad a un proceso electoral de por sí vulnerado por el boicot de los principales líderes políticos argelinos.

En efecto, los principales partidos de la oposición decidieron no participar en esta nueva farsa electoral, al considerar que el resultado estaba dado de antemano. No ha sido ésta la primera vez en Argelia que las principales figuras políticas nacionales deciden retirarse del juego electoral, ante lo que consideran un ejercicio vacío de contenido y destinado ante todo a mantener una fachada democrática. Ya en 1999, cuando Buteflika ganó la presidencia por primera vez, seis de los siete candidatos en liza decidieron retirarse en la víspera de las elecciones, como señal de denuncia al carácter fraudulento de los comicios.

De este modo, los candidatos que quedaron en los carteles eran perfectos desconocidos, a excepción de Louisa Hanoun- del Partido de los Trabajadores, que sólo obtuvo el 4,22% de los votos- y Moussa Touati- del Frente Nacional Argelino, un partido creado para las elecciones legislativas de 2007, que obtuvo el 2,31% de los votos. De igual modo, los candidatos que representaban a los islamistas moderados oficialistas tan sólo sumaron un 2,29%. Por último, Djahid Younsi- del partido El Islah- recibió el 1,37% y Mohamed Said- líder islamista del nuevo Partido de la Justicia y Libertad- se quedó en el 0,92%.

La repetición de una comedia tan burda como la del pasado 9 de abril, en medio de una apatía cada vez mayor acompañada de la dimisión de la elite política, es un rasgo dominante de la vida política argelina desde que el país salió traumado de la guerra civil sangrienta de los años noventa. ¿Veinte años después de la adopción de la constitución liberal de 1989, que abrió el camino al pluralismo político y a la libertad de expresión y de asociación, quién se acuerda ya de “la primavera argelina”? Lo que constituyó entonces una apertura política intensa y única en el mundo árabe, fue brutalmente congelada tras el golpe de los generales en enero de 1992 en su intento exitoso de impedir la llegada de los islamistas al poder. Después de una década de cruenta guerra civil, Buteflika- que parecía entonces una marioneta del poderoso aparato de seguridad militar argelino- empezó a construir su propia base de popularidad y legitimidad como el promotor de la paz y de la reconciliación.  En esta lucha interna Buteflika ha demostrado ser un político avispado, que ha sabido aprovechar un contexto internacional favorable, tanto desde el punto de vista económico (con la tendencia alcista del precio del gas y el petróleo) como político (al recibir el apoyo de la Unión Europea y Estados Unidos en el marco de las nuevas prioridades estratégicas marcadas por la lucha contra el terrorismo a partir de 2001).

La situación política de Argelia se parece cada vez más a la de su vecino tunecino, definida por un presidencialismo de corte autoritario que ha logrado afianzar su poder con el visto bueno de la cúpula militar, cuyo papel queda en la sombra del poder. En este escenario, los partidos políticos han sido marginados, como lo demuestra la ausencia de debate que ha presidido la adopción exprés de las reformas de la Constitución (en tan solo 13 días). Los partidos que manifestaron su oposición a la citada reforma- el RCD o el FFS- o la iniciativa civil para el respeto de la Constitución han sido voces marginales, vetadas en los principales medios de comunicación.

Cabe resaltar que la modificación constitucional no solo ha permitido a Buteflika ser elegido por tercera vez consecutiva, sino que también ha afianzado y reforzado sus prerrogativas frente a la Asamblea Popular Nacional (ANP), despojada de los mecanismos de control del ejecutivo que le confería la Constitución de 1996 (capacidad de presentar una moción de censura; responsabilidad del primer ministro ante la APN, elegido entre el partido mayoritario en la Asamblea). A partir de ahora, el primer ministro ya tan sólo responde ante el presidente que puede nombrarle y cesarlo a su antojo.

Gracias a una bonanza económica sin precedentes en los últimos años, engrosando las arcas públicas, Buteflika no ha escatimado gastos en conseguir los apoyos necesarios y romper las resistencias a su empresa política: alimentación de las redes clientelistas, cooptación e instrumentalización de la sociedad civil, monopolización de los medios de comunicación, compra de votos, de diputados y altos funcionarios...En esa misma línea cabe interpretar que una de las medidas que precedió precisamente el voto en el seno de la APN de la reforma constitucional fuera un sustantivo incremento del salario de los diputados y altos funcionarios.

¿Es sostenible este modelo político para Argelia?

Las bases de poder del régimen de Buteflika son, sin embargo, frágiles. El presidente utiliza desde hace 10 años el lema de la reconciliación nacional como soporte de su legitimidad interna. Sin embargo esta política no ha logrado revertir la peligrosa desestructuración social que caracteriza a la sociedad argelina actual. Las heridas siguen abiertas y no hay más que leer la prensa para darse cuenta de que la situación social es explosiva: revueltas esporádicas desvinculadas de las corrientes ideológicas siguen siendo frecuentes y afectan tanto al norte como al sur (como lo señalan las recientes revueltas populares en la tradicionalmente tranquila región de Ouargla, capital del gran sur y los incidentes que, durante la misma jornada electoral se registraron en la Cabilia, con varios colegios electorales incendiados en la localidad de Bouira).

A pesar de las abundantes reservas de divisas, acumuladas gracias al mercado floreciente de los hidrocarburos, tampoco ha habido mejoras económicas sensibles para la mayoría de los argelinos que, de hecho, se enfrentan a los mismos problemas que ya tenían a finales de los años ochenta: falta de empleo y de alojamiento digno, precios prohibitivos, salarios bajos…Se mantiene así un escenario plagado de ingredientes explosivos que pueden amenazar la estabilidad de Argelia en el futuro. De momento, Buteflika dispone de 5 años más para seguir afianzando el carácter autoritario de su régimen presidencialista… si su salud se lo permite.

Notas:

1.- Ésa fue la tasa oficial de participación en unas elecciones legislativas más baja registrada desde la independencia de Argelia. Los cálculos de la oposición la estimaban realmente n un 15%.