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La pasada semana, Estados Unidos y Corea del Sur iniciaron unas maniobras militares conjuntas en el norte del país, cuyo objetivo es comprobar la respuesta defensiva de las fuerzas armadas de ambos aliados. Llama la atención que esta vez, a diferencia de años anteriores, esos ejercicios duren más tiempo (hasta el día 20 de marzo) y sean más intensos. ¿Qué hay en juego?

Corea del Norte, para no ser menos, se ha sumado a esta exhibición de poder militar comenzando sus preparativos para el lanzamiento de misiles Taepodong-2. Ya en febrero de este año, Pyongyang anunció la realización de un ensayo de lanzamiento de misiles de largo alcance (6.000 kilómetros) como parte de su “programa espacial”, también conocido como “investigación científica pacífica”. Para el régimen norcoreano, las maniobras militares que se están llevando a cabo en el territorio de su vecino del Sur suponen todo un acto de provocación por las posibles intenciones ocultas que puedan tener Seúl, Washington, y, por qué no, Tokio.

La tensión vuelve a crecer entre las dos Coreas. Prueba de ello es que el ejército de Pyongyang se declara completamente preparado para intervenir militarmente si fuera necesario (entendiendo por “necesario”, por ejemplo, que uno de sus vectores de lanzamiento sea derribado cuando se ponga en órbita). Asimismo, Corea del Norte ha cortado la línea telefónica directa con las Fuerzas Armadas surcoreanas, establecida a principios del año 2000, cuya finalidad es impedir un posible enfrentamiento en la frontera entre ambas y compartir información sobre los movimientos de personas y mercancías. A todo esto debemos sumar el anuncio de Corea del Norte de que no va a poder garantizar la seguridad de cualquier vuelo civil procedente de Corea del Sur que sobrevuele su espacio aéreo, así como de cualquier barco que navegue cerca de sus costas.

Estas muestras de poder están teniendo lugar en un momento político importante en Corea del Norte. El pasado 8 de marzo se celebraron elecciones a la Asamblea Suprema del Pueblo, que reorganizaría el poder político norcoreano con vistas a la sucesión de su líder supremo Kim Jong Il. Mucho se ha especulado sobre el estado de salud del presidente y sobre los movimientos para asegurar la sucesión de su hijo menor, tratando de garantizar la continuidad de la dinastía Kim con el que sería su tercer líder supremo. Sin embargo, tras conocerse los resultados, y la posterior publicación de la nueva composición de la Asamblea, su hijo se mantiene en un segundo plano, mientras el propio Kim Jong Il sigue figurando como máximo dirigente. En definitiva, el dilema sucesorio, lejos de haberse resuelto, no ha hecho más que demorarse.

Todo apunta a que, para hacer frente al delicado momento en el que finalmente ese relevo se produzca, el actual líder norcoreano tiene prevista una militarización, aún mayor, del país para reforzarlo y protegerlo de amenazas externas. Para la pervivencia del régimen resulta de vital importancia que Kim Jong Il deje bien atado el proceso sucesorio, ya que cualquier paso en falso podría provocar una lucha interna en la cúpula militar por hacerse con el poder, lo que debilitaría al país y lo dejaría expuesto a los intereses de algunas potencias extranjeras.

A la espera de que ese proceso llegue a materializarse, se van dibujando diferentes escenarios alternativos. A simple modo de inventario, cabría destacar entre ellos, en primer lugar, el que plantea con una hipotética unión de las dos Coreas- bastante improbable, en todo caso, si se considera la histórica enemistad que las separa y la enorme brecha económica que existe actualmente entre ellas. Un segundo escenario contempla la posibilidad de que Corea del Sur, con el respaldo de su aliado estadounidense y con el apoyo japonés, trate de dominar de facto a Corea del Norte, lo que al mismo tiempo sería un mensaje poco amistoso para Pekín. Tampoco se puede descartar, por último, que sea la propia China la que intente jugar con su aliado norcoreano para presionar a EE UU, en su esfuerzo por establecer nuevas reglas de juego con la Administración Obama, recordando de paso a la comunidad internacional sus naturales aspiraciones para convertirse en la próxima potencia mundial.

Frente a esas elucubraciones geopolíticas, interesa no perder de vista que hoy Estados Unidos y Japón, con un amplio apoyo de la comunidad internacional, ya ejercen un fuerte control externo sobre Corea del Norte, que incluye un serio bloqueo económico y las correspondientes sanciones: Corea del Norte formaba parte (hasta el año 2008) de los “estados que apoyan el terrorismo” y sufre, junto con Cuba, las consecuencias de la ley estadounidense contra los “estados hostiles”. Se trata de un bloqueo económico con claras connotaciones políticas, que ha buscado que Kim Jong Il ponga definitivamente fin a su programa de armamento atómico a cambio de ayudas económicas y otros incentivos por parte de Washington y otras capitales.

En estas notas de coyuntura no puede quedar sin mencionar la difícil situación humanitaria que vive desde la década pasada la población norcoreana- cuando el país entró en una profunda crisis económica derivada de la caída del bloque comunista, del bloqueo económico impuesto, de las consecuencias devastadoras de varios desastres naturales (inundaciones de 2007, por ejemplo) y del alto nivel de ineficiencia del modelo económico impuesto por la elite política dominada por la dinastía Kim. Hoy la población continúa sufriendo una falta generalizada de alimentos debido al atraso económico, a la escasa tierra cultivable y a la falta de maquinaria agrícola. A esto debemos sumar que el país sufre las consecuencias de la crisis económica global, lo que deriva, entre otras cosas, en un alto nivel de inseguridad alimentaria.

Según informa el Programa Mundial de Alimentos (PMA), este año, 8,7 millones de personas (que equivalen al 40% de la población) necesitarán ayuda humanitaria. En respuesta al llamamiento realizado por el gobierno norcoreano, el PMA lanzó una operación de emergencia en septiembre de 2008, en la que se destinaron 504 millones de dólares para 6,2 millones de personas afectadas de los grupos poblacionales más vulnerables. Durante marzo de 2009 aún se siguen realizando distribuciones alimentarias en las regiones del noreste más afectadas por la crisis alimentaria y productiva que cubren las necesidades de 2 millones de personas (de los 6,2 del año pasado).

Las incertidumbres sobre el futuro del país son crecientes, en un entorno de escasa información fiable sobre su realidad social, política, económica y de seguridad. En todo caso, a la hora de orientar el foco de atención sobre los desafíos que pueden apuntar a una mejora o empeoramiento acelerado de la situación, cabría destacar los siguientes puntos: mejora del actual modelo agrario -que conllevaría una reforma de la economía nacional para tratar de reducir, en paralelo, la actual dependencia del petróleo-; fomento de un cierto aperturismo -para lograr una mayor participación en el comercio internacional- y, por supuesto, superación del bloqueo económico internacional.