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Taller de especialización: ''¿Agenda feminista en la acción humanitaria?''

ISR

 

Para elperiódico.com

 

Por mucho que en cada nuevo estallido de violencia, como el que ahora se registra en Palestina, parezca que cabe identificar algún matiz novedoso, son muchos más los elementos estructurales que se repiten incansablemente en un conflicto que ya arrastra décadas. Así, se vuelve a constatar que:

  • Israel sigue adelante en su estrategia de hechos consumados. Eso implica tanto el ejercicio diario de la violencia contra la población palestina como la incesante ocupación de Cisjordania. La noticia no es, por tanto, que haya vuelto a usar desproporcionadamente la fuerza contra civiles palestinos, presentando como “choques” lo que no deja de ser un nuevo abuso, derivado de una superioridad de fuerzas cada vez más desequilibrada en su beneficio. La verdadera noticia sería que hubiera un solo día en que eso no ocurra.
  • Los principales actores de la comunidad internacional siguen instalados en el “profundamente preocupados”. Una expresión que denota su falta de voluntad para frenar a quien, con una impunidad inimaginable en cualquier otro Estado, desatiende sus obligaciones como potencia ocupante (incluyendo la marginación en la campaña de vacunación) y viola conscientemente la ley internacional y los derechos humanos. Especial consideración merecen los países árabes, sobre todo los que acaban de reconocer a Israel, demostrando vergonzosamente su disposición para dejar abandonados a los palestinos.
  • La desesperación y frustración palestina, tanto por falta de bienestar y seguridad como por ver alejarse, cada vez más, la posibilidad de tener algún día un Estado propio, se alimenta igualmente a diario como efecto de una política sistemática que incluye la limpieza étnica y que busca hacer insoportable la vida para quienes no comulguen con lo que Tel-Aviv determine. Solo falta añadirle una gota más -como la prohibición de acceso a la Ciudad Vieja durante el Ramadán, el desalojo de familias de Sheikh Jarrah o el desfile supremacista del Día de Jerusalén- para que la protesta vuelva a las calles.
  • Binyamin Netanyahu sigue poniendo sus intereses personales por encima de los de su pueblo. Fracasado en su intento de liderar un nuevo Gobierno y consciente de que sus rivales -Yair Lapid (líder del partido centrista Yesh Atid) y Naftali Bennett (líder del ultraderechista Yamina)- pueden tener mejor fortuna, sabe que eso no solo puede suponer el fin de su carrera política sino un enorme problema personal, con tres causas judiciales en marcha, que pueden acarrearle condenas firmes si no cuenta con el blindaje que le proporciona su posición de primer ministro. De ahí que, como en ocasiones anteriores, no haya tenido reparos en aumentar la tensión hasta el extremo, confiando en que la situación de violencia y de excepcionalidad bloquee el intento de sus rivales y le permita mantenerse en el poder a salvo de los jueces.
  • Por su parte, Hamás, rompiendo una posición de apaciguamiento que ya duraba años, intenta ahora aumentar su atractivo electoral. Presentándose como defensor de Al Aqsa, busca aprovechar el notorio desprestigio de la Autoridad Palestina. Sabe que sus cohetes van a ser interceptados por Israel y que la represalia israelí va a costar más muertes de civiles en la asediada Gaza, pero el gesto le sirve para aparentar una fuerza que en realidad no tiene y para tratar de capitalizar la protesta en su favor. Un cálculo que pronto puede volverse en su contra, aunque solo sea porque no parece que Mahmud Abás esté dispuesto a someterse a las urnas.

Y así, sin ningún proceso de paz ni de negociación en marcha, sin que la Administración de Joe Biden haya mostrado señales de querer modificar el nefasto rumbo de su predecesor (Jerusalén como capital israelí, instalación de su embajada en esa ciudad, reconocimiento de los Altos del Golán sirios como territorio israelí), conviene no olvidar que fue precisamente en la explanada de Haram al Sharif donde, en septiembre de 2000, arrancó la segunda Intifada, tras la provocadora visita del entonces jefe de la oposición, Ariel Sharon. A él le resultó rentable ese paseo, convirtiéndose en primer ministro. Pero nadie más puede decir que le haya resultado beneficioso volver a jugar con fuego tan irresponsablemente.

 

IMAGEN: Cohetes lanzados a Israel desde el sur de la franja de Gaza.

Imagen CVRRD 2017

 

 

Informe final de la investigación “La incorporación del enfoque basado en derechos humanos y la protección en los proyectos de acción humanitaria apoyados por el Ayuntamiento de Madrid: estado actual y propuestas de futuro”

QUDS

 

Para Blog Elcano.

 

En el marco de violencia diaria que se vive en Palestina desde hace décadas no es siempre posible determinar, cuando ocasionalmente los medios vuelven sus ojos hacia la zona, quién se ha adelantado en volver a añadir fuego al fuego. Pero en relación con lo ocurrido en la mezquita de Al-Aqsa el pasado viernes, con un desproporcionado asalto de la policía israelí que se saldó con unos 200 palestinos heridos (y 17 policías israelíes) según la Media Luna Roja, es inmediato concluir que la responsabilidad recae en las espaldas de las autoridades israelíes, especialmente por sus decisiones en torno a Jerusalén.

Decisiones, en primer lugar, que han buscado arbitrariamente poner aún más trabas a los palestinos en su intento de acceder a la Ciudad Vieja desde que comenzó el Ramadán. Eso ha ido derivando en frecuentes protestas palestinas y en acciones de fuerza por parte israelí, con un saldo de más de 170 heridos. En realidad, y por desgracia, nada muy distinto a lo que tantas otras veces se ha vivido en Jerusalén, una ciudad donde la minoría palestina se ve no solo marginada en disponibilidad de servicios sociales, infraestructuras, educación, sanidad y presupuesto municipal, sino que también sufre el peligro real de perder sus permisos de residencia o incluso sus hogares.

Eso mismo es, como segundo factor explicativo, lo que temen ahora mismo alrededor de setenta familias palestinas, contando con que hoy mismo se decide en los tribunales israelíes si los colonos que desde hace años vienen allanando hogares palestinos en el barrio de Seikh Jarrah imponen finalmente sus reclamaciones, haciendo valer supuestos documentos de propiedad de casas que los palestinos reclaman como propias, presentando documentos registrados ante la autoridades jordanas (administradoras de Cisjordania hasta 1967). No se trata, como aduce irresponsablemente el ministerio de Exteriores israelí en un inefable comunicado auto-exculpatorio, de una disputa inmobiliaria entre particulares, sino del resultado de una sistemática estrategia de limpieza étnica impulsada por movimientos de ultraderecha supremacista como Elad, generosamente financiado por particulares y empresas radicadas en paraísos fiscales, y avalado y protegido por el mismo gobierno israelí liderado por Benjamin Netanyahu.

Son esos factores coyunturales, añadidos al efecto acumulativo de una frustración y desesperación cada vez más profundas –provocado tanto por la actitud agresiva de una potencia ocupante que no cesa de negar sus derechos a los palestinos y de expandir la ocupación día a día, como por la mala gestión de unos dirigentes palestinos que ya han agotado su capital político hace tiempo–, los que explican la vuelta a las manifestaciones callejeras de protesta que han desembocado en los sucesos del último viernes del Ramadán. Y es precisamente ahí dónde Netanyahu –político que acaba de fracasar en su intento de liderar una nueva coalición gubernamental, tras las elecciones del pasado 23 de marzo– cree haber encontrado una última oportunidad para evitar un revés que puede arruinar no solo su carrera política sino también la personal.

Ahora son Yair Lapid (líder del partido centrista Yesh Atid) y Naftali Bennett (líder del ultraderechista Yamina) los que se afanan por sumar los 61 apoyos parlamentarios que necesitan para liderar un nuevo gobierno. Si lo logran –y quedan muchos obstáculos por superar para aunar voluntades partidistas difícilmente conciliables– Netanyahu se va a ver en un muy serio aprieto, con las tres causas judiciales que ya pesan sobre él. Por eso no puede extrañar que, siguiendo sus indicaciones, su fiel ministro de seguridad, Amir Ohana, haya escenificado esta sobreactuación policial. Propiciar el caos, creando una nueva situación de excepcionalidad, y extremar la polarización sociopolítica, haciendo aún más difícil el acuerdo entre los socios que necesita Lapid, le sirven, como mínimo, para ganar tiempo. Y eso es lo que necesita, aunque para ello tenga que castigar a una parte relevante de su población (los árabes israelíes son el 20% del total) y seguir perjudicando la imagen y los intereses de Israel.

Tanto o más penoso que ese comportamiento es la reacción internacional, con el Estados Unidos de Joe Biden a la cabeza, repitiendo frases vacías de contenido, desgastadas por el uso de décadas, reclamando contención a las partes. Una reacción tan débil que solo sirve para que el gobierno israelí interprete que el semáforo sigue estando en verde y, por el contrario, para que los palestinos entiendan que nadie (incluyendo a los gobiernos árabes) se la va a jugar por su bienestar y su seguridad. Por eso tampoco puede extrañar que un gobierno que no se siente obligado a respetar las normas más elementales de un Estado de derecho, y que está acostumbrado a gozar de una impunidad que no tiene equivalente en todo el planeta mantenga el rumbo que le lleve a dominar la totalidad de la Palestina histórica y, en clave española, se atreva a acusar de financiación del terrorismo a una persona como Juana Ruíz Sánchez, en una nueva muestra de su intención de acallar las voces de los actores humanitarios.

Para quienes les gusta jugar con fuego, conviene que no olviden que la segunda Intifada arrancó en septiembre de 2000 como respuesta a la provocadora visita del entonces jefe de la oposición, Ariel Sharon, a la Explanada de las Mezquitas.

 

IMAGEN: Mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. Foto: Förster/IPPNW – ippnw Deutschland (CC BY-NC-SA 2.0)

Curso virtual: Identificación y valoración de necesidades humanitarias