Para Blog Elcano.

 

Mal de muchos, ocasión de oro para algunos. Por un lado, se paraliza la vida para millones de personas en todos los rincones del planeta, sumidas simultáneamente en una profunda inquietud sobre su salud y sobre el impacto económico de la pandemia en sus bolsillos. Pero, por otro, el confinamiento ciudadano y el sobreesfuerzo de las autoridades nacionales e internacionales, de los servicios de inteligencia, de seguridad y de las fuerzas armadas para gestionar una crisis de dimensiones planetarias concede un amplio margen de libertad a los amigos de lo ajeno, a los que negocian con la desesperación y la codicia, enfrascados en todo tipo de comercios ilícitos, y a los violentos de todo signo.

Centrando la atención en el terreno de la conflictividad violenta, es obvio que en estas circunstancias quienes consideran que las armas y la voluntad de eliminar al contrario son el camino más directo para lograr sus propósitos, en contra del desgastado mantra de que “no hay solución militar” para la violencia que asola muchos países y regiones del planeta, disponen ahora de una ocasión inmejorable. Y en esa línea de pensamiento están tanto algunos gobiernos nacionales como muchos grupos no estatales, terroristas incluidos, que llevan tiempo apostando por el “cuanto peor, mejor”.

Saben, por una parte, que no les van a faltar armas en un mercado que sigue en alza y que algunos, como Trump, consideran “esenciales”. Los más recientes datos del SIPRI sobre el comercio mundial de armas muestran que las exportaciones de material de defensa en el periodo 2015-2019 aumentaron un 5,5% respecto a 2010-2014, con Estados Unidos en cabeza –supone el 36% del total, con ventas a 96 países–, seguido de Rusia (21%), Francia (7,9%), Alemania (5,8%), China (5,5%), Gran Bretaña (3,7%) y España (3,1%). Por el lado contrario, Arabia Saudí figura como el primer importador mundial –absorbiendo el 12% del total de todas las compras, lo que supone un incremento del 130% con respecto al periodo 2010-2014–, seguido de India (9,2%), Egipto (5,8%), Australia (4,9%), China (4,3%), Argelia (4,2%) y Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Qatar (con un 3,4% cada uno).

Y saben, igualmente, que se ha relajado aún más la guardia porque ahora mismo los ojos de muchos gobiernos y organismos internacionales están puestos en atender a los problemas que tienen en sus respectivas casas y porque, en esas condiciones, no es previsible que aumenten su nivel de implicación diplomática o militar para hacer frente a asuntos que, equivocadamente, pueden pensar que nos les afectan vitalmente. Y, mientras tanto, se producen distintos brindis al sol, tan loables como de irreal materialización.

Así, un creciente grupo de académicos y activistas reclaman una Constitución de la Tierra (olvidándose de la Carta fundacional de la ONU), sin pararse a considerar que ninguna regla de compromiso y ningún contrato social a escala global pueden resultar creíbles si no existe un órgano de gestión mundial dotado de medios (más la necesaria voluntad política para financiarlos) para vigilar que todos cumplimos las normas y para sancionar a quien se las salte. Y hoy la única instancia de ese tipo que tenemos es una menoscabada ONU que, en otro brindis al sol, reclamaba el pasado 23 de marzo el cese total de hostilidades. La misma ONU que, a estas alturas, ni siquiera ha convocado una reunión del Consejo de Seguridad para explorar una respuesta coordinada a la COVID-19. La misma, en definitiva, que con esa mera reclamación deja aún más a la vista su impotencia para imponer la paz y para garantizarla por falta de voluntad de los Estados miembros para dotarla de los medios necesarios. Una ONU cuya reforma no está hoy ni siquiera en el orden del día para adecuarla a las necesidades de un mundo globalizado multipolar.

Eso lleva a preguntarse quién y cómo –con una ONU demediada, con un incremento del nacionalismo ombliguista y con un hegemón desnortado, debilitado y en plena dejación de sus responsabilidades globales– se le van a parar los pies, por ejemplo, a regímenes como el de Bashar al-Assad en su afán por aprovechar el momento para rematar la tarea de volver a imponer su dictado en Siria, aunque sea machacando a opositores, rebeldes y civiles anónimos. Y lo mismo cabe plantearse con relación al régimen saudí, cinco años después del arranque de su trágica aventura militar en Yemen. Algo que también vale para regímenes como el argelino, el libanés o el iraquí (pero también para algunos latinoamericanos y africanos), que difícilmente van a aprovechar la parálisis provocada por el coronavirus para llevar a cabo las reformas sustanciales que les demanda una ciudadanía cada vez más reivindicativa. Y qué decir de los movimientos yihadistas, sea en el Sahel, en Afganistán o en tantos lugares del mundo árabo-musulmán, a los que esta situación les permite moverse a sus anchas, aprovechando la desatención internacional.

Dicho en otras palabras, si antes del estallido de la pandemia no se hizo lo suficiente para prevenir muchos conflictos o para solucionar otros, en qué podemos basarnos para suponer que ahora será distinto.

 

FOTOGRAFÍA: El secretario general de Naciones Unidas António Guterres durante el encuentro virtual con la prensa para pedir un alto al fuego mundial durante la pandemia del coronavirus (COVID-19) (23/3/2020). Foto: UN Photo/Eskinder Debebe

 

 

Para Alanda, N. 367.

 

El penoso espectáculo del último Consejo Europeo, celebrado por videoconferencia el pasado 26 de marzo, deja un poso de frustración tan potente que será difícil de olvidar por mucho tiempo, incluso aunque al final el Eurogrupo logre acordar alguna medida común para hacer frente a la pandemia de COVID-19 en la que estamos sumidos. Lo que se puso de manifiesto en la reunión de los 27 jefes de Estado y de gobierno fue, por un lado, que para algunos de los más poderosos económicamente (con Alemania y Países Bajos a la cabeza) algo tan abstracto como “el marco regulador” está por delante de la vida humana. Igualmente, se volvió a constatar el grado de irrealidad en el que viven algunos de esos gobernantes cuando no entienden que, además de la salud de los 460 millones de ciudadanos comunitarios, es la propia credibilidad del proyecto europeo la que está en juego, mientras sigue aumentando el número de muertos y el impulso antieuropeísta y euroescéptico, sobre todo entre quienes han sido mas golpeados por la crisis desatada en 2008.

No fue aquella crisis, de la que todavía no podemos decir que hayamos salido y que ya ha dejado a muchos atrás, la única mácula en el historial de la Unión Europea (UE) en lo que llevamos de siglo. Porque bien puede decirse lo mismo tras el 11-S, visibilizando una sonora fractura entre lo que entonces se denominó la “nueva” y la “vieja” Europa, con países que siguieron a Washington en una guerra ilegal en Irak, mientras otros reclamaban una postura común que nunca se alcanzó. Y otro tanto vale para la vergonzosa, insolidaria e ineficaz respuesta dada en 2015-16 a los millones de desesperados que llamaban a las puertas del club más exclusivo del planeta. Una respuesta marcada por un descarado “sálvese quien pueda”, absolutamente contrario a las obligaciones jurídicas contraídas (especialmente el Estatuto de Refugiados de 1951) y los valores y principios que decimos defender como democracias consolidadas. Sin olvidar que eso mismo vuelve a repetirse ahora a las puertas de Grecia y en aguas mediterráneas.

La UE se la juega; o, lo que es lo mismo, nos la jugamos todos. Se la juega el proyecto más exitoso de la historia de la humanidad en prevención de conflictos violentos y el proyecto más ambicioso de la historia moderna para superar anacrónicas visiones nacionalistas. Se juega el llegar a convertirse en un actor de envergadura mundial con una voz única en el escenario internacional, como reza la Estrategia Europea de Seguridad (2013) y contar algún día con una verdadera autonomía estratégica (como se recoge en la Estrategia Global de la UE (2016), mientras voces tan autorizadas como la propia Angela Merkel hablan ya abiertamente de la progresiva irrelevancia de la Unión en los asuntos mundiales. Y, por supuesto, nos la jugamos todos porque debemos tener claro que, frente a los riesgos y amenazas que hoy definen el mundo globalizado en el que vivimos, ningún Estado nacional en solitario tiene la fuerza suficiente para hacerles frente con mínimas garantías de éxito. Solo la suma del capital humano, social, político, económico y de seguridad que posee cada una de las 27 potencias medias y pequeñas que conformamos la Unión puede permitirnos mantener y mejorar nuestro privilegiado nivel de bienestar y seguridad, aportar una contribución significativa a un mundo mejor y, en lo que ahora nos ocupa, hacer frente tanto al reto humano como al socioeconómico que nos demanda la explosión de la pandemia.

Con demasiada frecuencia se presenta a Bruselas como “la bruja del cuento”, cuando algunos gobiernos nacionales quieren librarse de la responsabilidad que les corresponde en la adopción de medidas que pueden ser impopulares. Una imagen que, en definitiva, hace muy difícil generar europeísmo y que, por el contrario, nutre la crítica destructiva. Por otro lado, son muchos los errores e incoherencias de las políticas gubernamentales (sirva el comercio de armas o el apoyo a gobernantes abiertamente antidemocráticos como ejemplo). Y todo eso daña, como no puede ser de otro modo, un proyecto que, en todo caso, sigue estando a medio camino tanto en el ámbito económico como, mucho más aún, en el político.

Nada de eso sirve de excusa para tratar de justificar la falta de reacción ante la pandemia, cuando la UE se ha convertido en el foco principal (con Estados Unidos ya tomando la delantera). Es cierto que tanto el Banco Central Europeo- tras rectificar la inicial metedura de pata de su presidenta- como la Comisión Europea- con escasas competencias en materia sanitaria- han ido moviendo sus respectivas fichas. Pero es el Consejo Europeo, como máximo órgano de decisión en la Unión, el que debe liderar la respuesta. Y hasta ahora su inacción es palmaria y altamente dañina.

El coronavirus SARS-Cov-2 no reconoce fronteras, religiones, etnias ni nacionalidades. Nos afecta a todos por igual y de ahí que resulte inquietante que no se haya llegado a establecer directrices operativas para coordinar la respuesta, fijando medidas comunes sobre pruebas a realizar a los posibles contagiados o modalidades de cuarentena. Tampoco se han adoptado decisiones que garanticen el suministro de material dónde sea necesario y asegure el funcionamiento de los sistemas sanitarios. Y en el terreno económico, sumidos simultáneamente en una crisis de oferta, de demanda y financiera, la orfandad de liderazgo y de solidaridad es espeluznante. Mal presagio para lo que nos queda.

 

FOTOGRAFÍA: UN Photo/Mark Garten

 

Próximos diplomas, cursos virtuales y semipresenciales en verano de 2020


 

Ayer jueves 2 de abril se celebró la segunda sesión del ciclo virtual 'Una mirada hacia a un mundo en crisis'', titulada ''Las consecuencias humanitarias de una pandemia'', la cual está ya disponible. En ella contamos con Raquel Gonzalez de Médicos sin Fronteras y Gonzalo Fanjul de la fundación porCausa. 

 

La próxima, ''¿Alguien dijo desastre? La reducción del riesgo en un entorno imprevisible'' será el martes 7 de abril a las 12h, y nos acompañarán Francisco Rey Marcos, codirector del IECAH, y Jacobo Ocharan de Oxfam Intermon.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el contexto de la actual crisis a escala internacional derivada de la pandemia del COVID-19, queremos compartir un listado de todos los esfuerzos y herramientas desarrolladas por actores de relevancia en la acción humanitaria, el cual se irá completando con nuevos contenidos conforme se desarrollen más. 

  • Esfera, la comunidad mundial que establece normas para la acción humanitaria y promueve la calidad y la rendición de cuentas, ha publicado un documento relativo a las normas Esfera y la respuesta al coronavirus, puedes encontrarlo en el siguiente enlace. Asimismo, también ponen a disposición una serie de recursos de esta materia.
  • CHS Alliance divulga un artículo un artículo donde se relaciona cómo cumplir los compromisos de la Norma Humanitaria Esencial en la pandemia de coronavirus, puedes encontrarlo aquí.
  • La plataforma disasterready.org ha puesto a disposición de sus usuarios varias opciones de aprendizaje en línea de organizaciones sanitarias de renombre como la OMS, los CDC, KonTerra y EJ4, puedes encontrarlas en este enlace.
  • La Inter-Agency Network for Education in Emergencies (INEE) ha desarrollado una lista de recursos para apoyar la provisión de educación en lugares afectados por COVID-19.
  • The Alliance for Child Protection in Humanitarian Action publica unos recursos acerca del COVID-19 y la protección de la infancia.
  • The Cash Learning Partnership (CaLP) ofrece una página web dedicada con recursos y noticias relacionadas con el COVID-19.
  • DG ECHO comparte unas directrices sobre medidas de aplicación ante el COVID-19 un seguimiento actualizado de las noticias relacionadas con el fenómeno.