Actualidad

 

El próximo jueves 25 de marzo, el IECAH participará en el Diálogo/coloquio: "Diálogos ciudadanos ante emergencias sanitarias: experiencias y retos del ODS3 en entornos locales"

El coloquio tiene varias metas:

  • Generar alianzas entre las AAVV y las ONGD.
  • Intercambiar experiencias
  • Generar aprendizajes ante situaciones de crisis y de emergencia.
  • Acercar el ámbito de la cooperación a los vecinos y vecinas madrileñas.

Con este acto la Red quiere poner en diálogo a las ONGD de Madrid y Asociaciones Vecinales madrileñas con las organizaciones locales latinoamericanas.

Aunque, como se especifica en el ODS3, se han hecho grandes progresos en ámbitos como el de la salud maternoinfantil, la lucha contra el VIH/SIDA, la malaria y otras enfermedades, consideramos que todavía queda mucho por trabajo por hacer en lo que a la salud se refiere. La situación que estamos viviendo, a nivel mundial con la pandemia del COVID19, ha dejado en situación de extrema vulnerabilidad a un gran número de países, independientemente del nivel de desarrollo de cada uno de ellos, y nos obliga a reflexionar acerca de ello.

Todas sabemos que frente a la falta de reacción (o la evidente incapacidad) de las instituciones públicas, ha sido la sociedad civil la que ha dado respuesta a la emergencia a través de iniciativas espontáneas, en algunos casos, o de modificación y adaptación de sus intervenciones (sobre todo en el ámbito sanitario), en otras. Aquí y allí. En el coloquio esperamos que la puesta en común de estas iniciativas sociales y ciudadanas sirva de aprendizaje mutuo y tenga un efecto empoderador. A través de este encuentro se dará visibilidad a experiencias de la sociedad civil ante situaciones de emergencia y cómo la ciudadanía se une para dar respuesta ante este tipo de situaciones. Visibilizar cómo se puede pensar globalmente, actuando localmente.

 

 

INSCRIPCIONES

 

 

 

ISR

 

Para elperiódico.com

 

Por cuarta vez en tan solo dos años los votantes israelís vuelven a estar llamados a las urnas. Un récord difícil de superar entre las que se tienen por democracias plenas, sabiendo además que lo más probable es que tampoco ahora se vayan a resolver sus problemas. Las razones formales para la convocatoria derivan de la imposibilidad de sacar adelante, en diciembre pasado, un presupuesto estatal, por desavenencias entre los dos líderes principales de la coalición gubernamental (Binyamin Netanyahu, por el Likud, y Benny Gantz, por Azul y Blanco).

La realidad, sin embargo, señala nuevamente a Netanyahu como el principal causante de un proceso que, en última instancia, vuelve a convertirse en una historia personal. Una historia ligada a su condición de imputado en tres causas judiciales, empeñado en lograr una mayoría suficiente para doblegar al sistema judicial a su antojo y verse así libre de una posible condena. De paso, con el adelanto electoral, ha logrado evitar que Gantz se convierta en primer ministro el próximo noviembre, tal como ambos dirigentes habían acordado al sumar sus fuerzas en abril del pasado año. Un acuerdo que, según las encuestas, va a significar el fin de la carrera política de Gantz por incumplir su compromiso de no aliarse con su principal rival.

 

Un implacable rival

 

Tras 12 años de mandato e incontables marrullerías para evitar la derrota, Netanyahu ha demostrado ser un implacable rival y un consumado jugador en la ruleta electoral. En esta ocasión cree contar con dos comodines que, según todas las encuestas, permitirán al Likud seguir siendo la primera fuerza parlamentaria. Por un lado, ha sabido convertir su gestión de la pandemia en un aparente éxito (el resultado sería muy distinto si se contabilizara su tratamiento de los árabes israelís, que ahora ha cortejado impúdicamente, y de los habitantes de la Palestina ocupada), colocando a Israel como uno de los países con mejores resultados en la vacunación; con el añadido de poner fin al confinamiento justo antes de la apertura de las urnas. Por otro, cuenta con que la “normalización” de relaciones con diversos países árabes, en el marco de los mercenarios Acuerdos de Abraham, se traduzca igualmente en un mayor respaldo electoral.

En todo caso, ese prolongado mandato también ha dado pie a la consolidación de un creciente frente anti-Netanyahu. Unos se han sumado a ese campo por su odio personal hacia quien ven como un ser autoritario, corrupto y ególatra. Otros lo han hecho por entender que ha sido tímido en la política de anexión de Cisjordania (aunque eso no significa que tal cosa no ocurra día a día); un tema prácticamente invisible en esta campaña. Y también los hay que muestran su repulsa por puras diferencias ideológicas con un mandatario cada vez más inclinado a favorecer a una comunidad ultraortodoxa negacionista de la pandemia y crecida en su afán de imponer su visión en la vida social, política y judicial del país. Sin olvidar a los afectados por la grave crisis económica, en un país con un 15% de paro y un brutal aumento del coste de la vida y de la brecha de desigualdad.

Aun así, lo previsible es que Netanyahu vuelva a ser la pieza central en la confirmación de un nuevo Gobierno de coalición. Un Gobierno que puede tardar meses en formarse y en el que pueden aparecer, junto a los consabidos partidos de corte religioso, incluso algunos de los que ahora hacen gala de su rechazo a una figura que consideran tan tóxica, aunque solo sea porque muchos son incompatibles entre sí.

 

IMAGEN: Un israelí camina frente a los carteles electorales del primer ministro, Binyamin Netanyahu, y uno de sus oponentes, Yair Lapid, líder del partido Hay Futuro. /MENAHEM KAHANA (AFP)

 

SIRIA

 

Para el El Diario.es.

 

Los datos más recientes de Siria no dejan lugar a ninguna duda. Diez años después del inicio del conflicto los fallecidos ya rondan los 600.000, los refugiados superan los 5,6 millones y los desplazados internos son al menos otros 6,7 millones. Todo ello contando con que, al comenzar la guerra, la población rondaba los 23 millones. A eso se suma la generalizada destrucción de infraestructuras de todo tipo y el desplome de la economía, con una libra que ha perdido el 98% de su valor en ese periodo.

En resumen, dos millones de sirios se encuentran en situación de pobreza extrema y 13,4 necesitan diariamente asistencia humanitaria. Y aunque este pasado año haya sido el que ha registrado el menor número de muertes violentas, ni en el campo militar ni en el político se atisba una solución a corto plazo.

 

En el terreno militar, la situación es, cuanto menos, paradójica, puesto que, aunque puede decirse que la guerra está ganada a favor del régimen, todavía queda violencia para rato, desgraciadamente. La entrada en acción de Moscú en septiembre de 2015, sumada al apoyo que ya venían prestando desde el principio tanto Irán como la milicia libanesa de Hezbolá, ha permitido al régimen genocida de Bashar al Asad mantener el control de la llamada "Siria útil" –la franja comprendida entre el Mediterráneo y el eje Alepo-Damasco–. También ha recuperado gran parte de las zonas controladas inicialmente por las milicias –como el Ejercito Libre de Siria– o por los diferentes grupos yihadistas activos en el país, con ISIS a la cabeza desde la proclamación de su pseudocalifato, en junio de 2014.

Pero, aun así, aunque las fuerzas opositoras nunca han conseguido crear una plataforma militar unitaria, queda claro que las fuerzas de Al Asad no controlan más del 15% de las fronteras con sus vecinos. Mientras, las milicias kurdas –encuadradas principalmente en las Unidades de Protección Popular, pieza fundamental de las Fuerzas Democráticas Sirias, y apoyadas por Washington, para desasosiego de Ankara– han logrado retener el control de algunas zonas del norte.

También, los yihadistas resurgen con fuerza –sobre todo en zonas próximas a la frontera con Irak– y grupos rebeldes de todo pelaje logran resistir en la provincia de Idlib. Eso significa que el régimen no tiene capacidad para garantizar sus intereses en todos los rincones del país y sigue dependiendo vitalmente de la asistencia que le prestan unos aliados extranjeros en los que no puede confiar plenamente.

En paralelo, en el terreno diplomático, la parálisis es la nota dominante en los procesos impulsados desde 2017 tanto por la ONU (Ginebra) como por Rusia, junto con Irán y Turquía (Astana). En el primero, centrado en la elaboración de una nueva Constitución, ha quedado claro, tras 16 meses y cinco rondas de encuentros, que el régimen se siente lo suficientemente fuerte como para no ceder a ninguna de las peticiones de una oposición –la Coalición Nacional Siria–, incapaz de presentar una imagen de unidad mínimamente sólida.

En el segundo, es cierto que se ha conseguido dar algún paso en términos de desescalada militar en algunas provincias, lo que ha servido a las fuerzas de Al Asad para seguir avanzando posiciones. Pero ya ha quedado claro que este no es el foro para la resolución del conflicto y, menos aún, para acordar una vía de salida consensuada entre los múltiples actores implicados en él. Por el contrario, incluso es evidente que Moscú está empleando este marco para dividir aún más a la oposición, dando cancha a actores que ya no reclaman la caída del dictador.

 

Un país en ruinas y al borde de la fragmentación definitiva

Entretanto, en el terreno político, Al Asad, ahora afectado por el coronavirus, se afana por completar su farsa electoral tras las elecciones municipales de septiembre de 2018 y las legislativas del pasado julio, contando con revalidar por cuarta vez su mandato presidencial esta próxima primavera. Simultáneamente, con el apoyo decidido de Emiratos Árabes Unidos –que fue el primero en reabrir su embajada en Damasco, en diciembre de 2018–, continúa avanzando el proceso para el reingreso de Siria en la Liga Árabe, de donde fue expulsada a finales de 2011.

Eso no quiere decir que el dictador pueda mostrase ufano, al frente de un país en ruinas, en riesgo de fragmentación definitiva, con presencia de tropas extranjeras en su suelo, con zonas que escapan a su control e incapaz de conjugar a su favor los intereses de tantos actores externos.

Esta situación es aprovechada por algunos, como Irán e Israel, a su favor, convirtiendo el territorio sirio en su propio campo de batalla, con Rusia como árbitro, y Turquía procurando impedir el sueño estatal kurdo. Una Rusia que ha ganado peso en la zona, aprovechando la falta de voluntad de Estados Unidos desde que Obama (en agosto de 2013) dejó claro que no iba a castigar a Al Asad por su uso de armas químicas contra civiles.

En estas circunstancias, cuando ya unos y otros han asumido la idea de que no hay alternativa viable, por temor al creciente peso del salafismo entre los llamados rebeldes y por la debilidad e incapacidad demostrada reiteradamente por los sucesivos líderes opositores. No parece que la reciente condena por crímenes contra la humanidad contra un agente del régimen por parte de un tribunal alemán baste para se cumpla el vaticinio de los niños que fueron torturados hace diez años por pintar: "Tu turno ha llegado, doctor".

 

FOTOGRAFÍA: Foto de archivo (14/12/2016) que muestra a varios habitantes mientras inspeccionan una calle cubierta de escombros en un barrio del este de Alepo (Siria). EFE/STR

 

 

INFORME

 

 

Para Fundación Friedrich Ebert

 

¿Es el mundo hoy más seguro que al final de la Segunda Guerra Mundial en 1945? Hay respuestas cuantitativas que indican que lo es, porque hay menos víctimas mor-tales en los conflictos armados, y respuestas cualitativas, que varían según el lugar del mundo y la situación social en que se vive. También hay diferencias según el concep-to de seguridad que se utilice. ¿Seguridad en el sentido de guerras entre Estados o seguridad ciudadana frente al crimen organizado? ¿Seguridad económica y medioam-biental que facilite una vida digna en el presente y para las generaciones futuras? ¿O sentirse seguro según la iden-tidad o el género? A su vez, el interrogante se relaciona con la mayor o menor fortaleza del orden internacional para regular el cumplimiento de normas colectivas, y las relaciones entre Estados.


La seguridad es un concepto vinculado con los riesgos que enfrenta un individuo, grupo social, Estado u orga-nización institucional. Esta diversidad de agentes otorga un alto grado de subjetividad a las manifestaciones de inseguridad. Así, la seguridad puede significar, según di-versas interpretaciones, preservar valores, estar libres del flagelo de la guerra y del temor a la misma, mantener la soberanía territorial y las estructuras del Estado o garan-tizar la emancipación de diversas formas de explotación (Collins, 2019, pp. 1-3).


Millones de ciudadanos viven en contextos de alta in-seguridad debido al impacto de los conflictos armados y la criminalidad organizada. Así lo indica el número de víctimas mortales y heridos, la pérdida de bienes básicos, los desplazamientos de población, las crisis humanita-rias, las violaciones de derechos humanos, la opresión a minorías, la coerción por parte de bandas armadas, el reclutamiento de menores y la violencia sexual, entre muchas manifestaciones. Del mismo modo, otros millo-nes de personas viven en situación de inseguridad no convencional (o no militar) como producto del cambio climático, la desigualdad y la pobreza, la informalidad laboral, y la falta de acceso a servicios básicos (alimen-tación, salud, vivienda, educación, trabajo, derechos ci-viles y humanos). Esta inseguridad, tanto en los países del norte como del sur, implica no tener una vida digna.


En una serie de Estados considerados frágiles o en crisis institucional estructural estas circunstancias confluyen y acentúan la vulnerabilidad y la inseguridad. Según la Or-ganización para la Cooperación y el Desarrollo Económi-cos (2020), un 23 % de la población mundial habita 57 Estados en contextos políticos, económicos, medioam-bientales y sociales frágiles, en los que se concentran, además, violencias de diferente tipo (urbana, criminal, familiar), conflictos armados y una fuerte presencia del crimen organizado.


En una dimensión global, el rearme y la debilidad de los acuerdos internacionales sobre control de armas de des-trucción masiva (nucleares, químicas y bacteriológicas), unidos a la fragilidad del sistema multilateral, generan mayor inseguridad, inclusive en sociedades no afecta-das por conflictos armados o por altos niveles de vio-lencia criminal. Un indicador clave es la proliferación de armas. Según el Small Arms Survey (Small Arms Survey Reveals: More than One Billion Firearms in the World, s. f.), basado en cifras oficiales, en 2017 había más de mil millones de armas de fuego en el mundo, de las cuales 857 millones (85 %) estaban en manos civiles —46 % de estas, concentradas en Estados Unidos—, 133 millones (13 %) formaban parte de arsenales militares y 23 millo-nes (2 %) eran propiedad de agencias estatales.


El presente texto presenta una síntesis de la inseguridad global, con especial atención a los conflictos armados, el crimen organizado y sus impactos (crisis humanitarias, refugiados, violencia sexual), y la relación entre las cri-sis del Estado, la desigualdad, la pobreza, el cambio cli-mático y la violencia, con énfasis en América Latina y el Caribe.


En primer lugar, se tratan las tensiones entre potencias globales, haciendo hincapié en la posesión de armas de destrucción masiva. A continuación, se explican los peli-gros de la guerra entre Estados, para luego detenerse en los conflictos armados internos (los más frecuentes en la actualidad) y sus características e impactos. Después se presenta una síntesis sobre el crimen internacional or-ganizado, antes de pasar al impacto de la violencia no convencional y finalizar con una serie de conclusiones.


Los argumentos centrales son, en primer lugar, que las políticas de seguridad basadas en el interés nacional (denominadas realistas en los estudios de relaciones in-ternacionales) aplicadas por los Estados no garantizan la seguridad, sino que, por el contrario, sostienen un régimen basado en equilibrios inestables y promueven el rearme. Al mantener globalmente este paradigma, los Estados no lograrán resolver los problemas de se-guridad multidimensional (Tickner, 2020). Al contrario, la creciente sofisticación de los armamentos y nuevas formas de guerra pueden generar nuevas competen-cias entre potencias globales y regionales, deteriorar los equilibrios de poder y aumentar las posibilidades de enfrentamientos.

En segundo lugar, el sistema multilateral (también de-nominado liberal), que se formó a finales de la Segunda Guerra Mundial, se encuentra debilitado para gestionar enfrentamientos o situaciones potencialmente violentas. Las razones de la debilidad son diversas, incluyendo la crisis de hegemonía global de Estados Unidos; el ascen-so de China; la complejidad de dinámicas regionales (por ejemplo, en Medio Oriente), que incluyen cuestiones de identidades excluyentes, autoritarismos políticos, radica-lismos religiosos violentos, y el resurgimiento del nacio-nalismo frente al multilateralismo.


En tercer lugar, los conflictos armados actuales no res-ponden al modelo tradicional de la guerra entre Estados con ejércitos profesionales, sino que ocurren, en su ma-yoría, entre Estados y organizaciones armadas no esta-tales (y grupos privados de seguridad) que no respetan el derecho internacional humanitario (DIH), cuentan con estructuras flexibles, jerarquías difusas que facilitan la impunidad, lealtades políticas variables e intereses eco-nómicos (generalmente ilícitos) fluidos.
En cuarto lugar, la militarización, con políticas de “mano dura” implementadas por diversos gobiernos (Diamint, 2020), tampoco provee seguridad, debilita el principio del monopolio legítimo del uso de la fuerza por parte del Estado, fortalece al poder militar sobre el civil, y crea dinámicas violentas de acción y reacción. Todo ello resta recursos y capacidad política para ocuparse de los pro-blemas que generan delincuencia y reformar las fuerzas de seguridad del Estado.

 

INFORME COMPLETO