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BIR

 

Para elperiódico.com

 

No puede decirse que sea una verdadera sorpresa la declaración militar del estado de emergencia en Birmania por un año y la detención de Aung San Suu Kyi, gobernante de facto y lideresa de la mayoritaria Liga Nacional para la Democracia (LND), del presidente Win Myint y de varios ministros. La asonada decidida por el general Min Aung Hlaing, jefe del Tatmadaw, las fuerzas armadas birmanas, coincide con el día en el que tenía que haberse constituido el Parlamento salido de las elecciones del pasado 8 de noviembre, en las que la LND obtuvo el 83% de los votos, un respaldo aún mayor del logrado cinco años antes y, en paralelo, se registró un descalabro total del Partido de la Unión, la Solidaridad y el Desarrollo (USDP), promovido directamente por los uniformados tras el fin de la dictadura en 2011.

 

Tras una amarga convivencia política en la pasada legislatura, los jefes militares entendieron que su poder estaba menguando, a pesar de mantener una de las dos vicepresidencias, los tres ministerios relacionados con la seguridad, el 25% de los escaños parlamentarios y un notable poder económico. Así, desde el mismo día de las elecciones, venían de denunciando los resultados y los rumores de un posible golpe de timón cobraban fuerza. Lo que ahora ha ocurrido, con un jefe militar a punto de jubilarse y reacio a abandonar la escena política, ha sido tan solo la respuesta de un estamento ansioso por volver a tomar todo el poder en sus manos ante el fracaso de su acción política. Igualmente les inquietaba que Suu Kyi -a pesar del desprestigio internacional acumulado por su pasividad durante la crisis de la minoría musulmana rohinyá- se haya visto reforzada en la escena política nacional, aumentando su respaldo popular incluso entre minorías no budistas, lo que, en definitiva, hacía más difícil poder controlarla.

 

Las reacciones también están siendo las previsibles, con una llamada de la propia Suu Kyi a la movilización ciudadana y una generalizada condena internacional -lo que no significa voluntad política para intervenir de modo directo, a la espera de ver cómo reacciona Biden en su primera prueba en el exterior, pero también una China que ha ido acumulando influencia en estos últimos tiempos-. Ideológicamente, tanto la LND como el USDP comparten el mismo tono conservador de sus propuestas, alimentando un nacionalismo budista cada vez más extremo. Pero en el terreno de las capacidades son los militares quienes cuentan con más medios para imponer su dictado, contando con que el Tatmadaw nunca ha asumido la deriva democratizadora que se vio obligado a aceptar tras 25 años de dictadura. Ahora, sin haber perdido gran parte de sus privilegios de clase, el golpe parece indicar que ha agotado su paciencia con el juego político y que teme verse marginado por actores políticos y económicos de nueva hornada.

 

Mientras tanto, el país sigue empantanado en un complejo conflicto violento, con decenas de milicias armadas de perfil étnico contra las que la respuesta estrictamente militarista se ha demostrado impotente. El caso más sonado es que sufre el estado de Rakhine, donde se registra simultáneamente un enfrentamiento violento entre el Tatmadaw y la guerrilla conocida como Ejército de Arakan (creado en 2009), salpicado de continuas y graves violaciones de los derechos humanos por parte de ambos bandos, y el castigo a los aproximadamente 600.000 rohinyás que siguen malviviendo en ese territorio de mayoría budista del que ya han logrado huir otros 700.000.

 

 

IMAGEN: Manifestantes en las protestas contra el golpe de Estado en Birmania. /EFE / RUNGROJ YONGRIT

 

NEAT+

 

La Herramienta de Evaluación Ambiental Nexus (NEAT+) es una herramienta rápida y sencilla de selección medioambiental a nivel de proyecto desarrollada por la Unidad Conjunta de Medio Ambiente del PNUMA/OCHA, USAID, ACNUR, NRC, UICN, WWF y otros socios, que permite a los actores humanitarios identificar rápidamente los problemas medioambientales antes de diseñar intervenciones de emergencia o recuperación a largo plazo.

Los datos se recogen en la plataforma KoBo (en el teléfono, la tableta o el ordenador) y producen un informe generado automáticamente en Excel, proporcionando a las organizaciones una instantánea de las vulnerabilidades medioambientales en sus operaciones y destacando los riesgos medioambientales asociados a actividades humanitarias específicas.

La NEAT+ se ha diseñado específicamente para responder a las necesidades de los agentes humanitarios y para ofrecer un enfoque creativo y práctico para integrar prácticas medioambientales más sostenibles en la ayuda humanitaria. La herramienta está a disposición de todos en inglés, francés y español para su uso y puede adaptarse a las necesidades individuales de las organizaciones.

INTRODUCCIÓN A LA NEAT+

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PAL

 

Para elperiódico.com

 

El contraste es muy llamativo, por no decir escandaloso. Hace tan solo una década era prácticamente imposible abordar cualquier tema de la agenda árabo-musulmana sin que, de inmediato, el debate no derivara hacia la cuestión palestina. Hoy, sin embargo, ocurre precisamente todo lo contrario: el tema palestino sencillamente ha desaparecido. Y la razón, desde luego, no es que finalmente hayan logrado su sueño político de contar con un Estado propio o que, por el contrario, hayan sido eliminados de la faz de la Tierra. Sencillamente ocurre que están siendo sometidos a un explícito ostracismo a varias bandas.

Los datos no dejan duda alguna. Hoy son más que nunca; en torno a 13,4 millones (nueve veces más que los que sufrieron la Nakba en 1948), de los que más de la mitad viven en la Palestina histórica. Si en Gaza ya rondan los 2 millones y en Cisjordania se hacinan prácticamente otros 3, todavía hay que sumar los 1,9 millones de árabes israelís, convertidos en ciudadanos de segunda en pleno Israel. O, lo que es lo mismo, superan en 0,2 millones a los 6,8 millones de judíos israelís que habitan entre el río Jordán y el Mediterráneo. Pero, a pesar de esa incuestionable realidad, el hecho es que:

 

  • Como refugiados, los más de 5,6 millones registrados por la UNRWA se encuentran al borde del colapso como resultado de una estrategia deliberada liderada al unísono entre Washington y Tel Aviv para reformular el concepto. La pretensión, junto al ahogo económico de la Agencia hasta impedirle la provisión de sus servicios más básicos, es reservar la categoría de refugiada exclusivamente a las personas que queden vivas de aquella época. De ese modo se pretende diluir cualquier reclamación sobre el derecho de retorno y sobre perjuicios causados.
  • Como población ocupada, Israel controla a su antojo el ritmo de la vida social, política, económica y de seguridad de los palestinos, sin sentirse comprometido con sus obligaciones como potencia ocupante (la actual campaña de vacunación contra la pandemia, dejando de lado a los palestinos, es un simple ejemplo más de su desprecio por las obligaciones contraídas y de su grado de impunidad internacional). La sensación de abandono se acrecienta ante el rendimiento de una Autoridad Nacional Palestina cada vez menos representativa.
  • Como minoría internamente despreciada, los árabes israelís saben que no cuentan en la dirección de los asuntos públicos, a pesar de conformar la tercera fuerza parlamentaria. En el actual contexto preelectoral no cabe esperar en modo alguno que sus demandas vayan a ser mejor atendidas, mientras el electorado sigue cada vez más sesgado hacia posiciones ultranacionalistas.
  • Como parte del amplio mundo árabo-musulmán hace tiempo ya que han podido comprobar que el respaldo a su causa apenas ha ido más allá de reiteradas y rimbombantes proclamas, muy escasamente seguidas de hechos. Y si eso ya era una obviedad difícil de ocultar cada vez que algún gobernante se dejaba engatusar por alguna “oferta” israelí o estadounidense, la actual carrera de normalización de relaciones con Israel termina por agotar toda esperanza.

 

 

IMAGEN: Ciudadanos palestinos caminan frente al Consejo Legislativo de Gaza. / AFP

 

TÚNEZ

 

Para Blog Elcano.

 

Ahora –cuando se cumplen precisamente diez años de la revolución egipcia, con un régimen golpista férreamente decidido a mantenerse en el poder a base de represión indiscriminada contra cualquier clase de crítica o disidencia– Túnez vuelve a llamar la atención en el mundo árabe como el síntoma más visible de los problemas que ha sufrido el proceso que algunos se empeñaron en llamar “primavera árabe”, al margen de lo que la realidad ya mostraba desde su arranque, el 17 de diciembre de 2010, con la inmolación de Mohamed Bouazizi. Y lo que revelaba, como ahora vuelve a quedar de manifiesto con la nueva expresión de protesta ciudadana en las calles tunecinas, es que:

 

  • No es lo mismo derribar a un dictador que construir un nuevo modelo de convivencia que atienda a anhelos tan básicos como la dignidad, libertad y trabajo que demandaban (y siguen demandando) unas sociedades abrumadoramente jóvenes. Desconocidos para el conjunto de la población y sin experiencia alguna de gestión de los asuntos públicos, fueron muchos los nuevos líderes de esos movimientos ciudadanos que se han quedado por el camino, sin haber logrado tocar poder para lograr implementar sus ideas.
  • No cabía esperar que, quienes hasta ese momento habían disfrutado de privilegios sin límite renunciaran pasivamente a su poder, y dejaran el paso libre a nuevos responsables políticos, fueran estos laicos o representantes de un islam político que ya se había convertido, para entonces, en el referente más atractivo a los ojos de quienes ya no esperaban nada de los fracasados, corruptos e ineficientes miembros de las elites tradicionales. De ahí su esfuerzo, exitoso en buena medida, para disfrazarse con nuevos ropajes (Nida Tunis ha sido un buen ejemplo de ello y ahora el Partido Desturiano Libre asoma como posible relevo de los nostálgicos del viejo régimen), y para organizar una contrarrevolución, de la que regímenes como el saudí o el emiratí son la punta de lanza a escala regional, empeñados en evitar un proceso ciudadano de transformación que pueda dar más cancha al islam político (la defenestración, incluso violenta, de los Hermanos Musulmanes en Egipto es la mejor muestra de ello).
  • No hay nada nuevo en el hecho de que el vacío de poder en un territorio determinado acabe activando a vecinos y otras potencias en su intención de llenarlo a su favor. Así, con Yemen y Libia como escenarios más significativos, hemos asistido a diversas operaciones militares de intervención por la fuerza, con Riad liderando el intento (fracasado) de reconducir la crisis yemení; o con la nefasta iniciativa de la OTAN en Libia, situando incluso a países europeos (Francia e Italia) en bandos opuestos, al tiempo que Turquía y Rusia juegan también allí sus bazas por interposición. Todo ello sin olvidar el fiasco sirio, en un proceso que ha llevado a las potencias occidentales a aceptar al régimen genocida de Bashar al-Assad como un mal menor. Una vez más, aferrados a una visión cortoplacista que apuesta por la estabilidad a toda costa, se ha caído en el error de mirar para otro lado cuando se ha violado el derecho internacional, y de apostar por impresentables que, tan solo en la ensoñación de sus promotores, son vistos como una solución al problema.

 

Lo que ahora se vuelve a vivir en Túnez, con un proceso de movilizaciones que se ha intensificado abiertamente desde el pasado día 14 (en el marco de la conmemoración de la caída de Ben Alí hace una década), va más allá de una recurrente expresión de hartazgo y frustración ante el alto nivel de corrupción e ineficiencia de los responsables políticos– sea para atender a una pandemia que ya ha provocado más de 6.000 muertos, o para crear suficientes empleos en una economía que sigue con un encefalograma plano tanto por el desastre de una industria turística que no remonta, como por la falta de reformas estructurales que permitan una vida digna al conjunto de los once millones y medio de tunecinos.

Aunque el primer ministro tunecino, Hichem Mechichi, ha querido ganarse las simpatías de los manifestantes mostrando su comprensión con las movilizaciones, y ha llevado a cabo retoques en el gabinete ministerial, parece claro que no está en condiciones de mejorar la situación a corto plazo. Su debilidad existencial –como un producto prefabricado de la mano del presidente Kais Said, que cuenta con el apoyo de cinco fuerzas políticas, encabezadas por Ennahda (52 diputados) y el populista Qalb Tunis (27)– ya le auguraba una corta vida política cuando se conformó el pasado septiembre. Y desde entonces, en un contexto de crisis permanente, la duración de los gobiernos se ha ido acortando aún más, hasta llegar a contabilizar una decena desde el arranque del cambio político.

A estas alturas parece claro que, en el lado positivo, Túnez ha logrado dar pasos muy significativos en el campo político, con libertades y transformaciones que no encuentran paralelismo en países vecinos. Sin embargo, no puede decirse lo mismo en el terreno económico, como lo pone de manifiesto el hecho de que la deuda externa ya supera el 80% del PIB; el crecimiento económico apenas llegue al 2%; el déficit por cuenta corriente se mantenga alrededor del 10% del PIB; y la corrupción y la generalizada evasión fiscal sigan detrayendo recursos y capacidades imprescindibles para salir del túnel en el que lleva tanto tiempo metido. Y en estas circunstancias vuelve a surgir con fuerza la misma pregunta que hace una década: ¿dónde está la Unión Europea?

 

IMAGEN: Sentada de “Errahil” en la Asamblea Nacional Constituyente tras el asesinato del diputado Mohamed Brahmi en Túnez (2013). Foto: Amine GHRABI (CC BY-NC 2.0)