Palestina: sangre y olvidoPara eldiario.es

En realidad, con apenas unos 2.000 efectivos de operaciones especiales desplegados principalmente en la región noreste del país, Estados Unidos ya lleva tiempo fuera de juego en Siria, tanto militar como políticamente. Por eso la retirada que el pasado 19 de diciembre decidió el inquilino de la Casa Blanca, en un ejemplo más de su muy particular modus operandi, apenas es el ¿último? paso de un proceso que ya su predecesor en el cargo había iniciado: intentar salirse del pantano regional en el que, sobre todo, la administración de George W. Bush se había metido.

A la espera de que realmente llegue a completarse dicha retirada ya son bien visibles los efectos de esa manera de actuar. Entre ellos destacan los siguientes:

  • Ha provocado la salida destemplada de James Mattis, secretario de Defensa, a buen seguro harto de ser ninguneado en la toma de decisiones que afectan a la seguridad estadounidense. Con su desaparición, precedida de tantas otras de altos responsables de política exterior, de seguridad y defensa, podemos entender que "ha salido el último adulto de la guardería". A partir de aquí Donald Trump, todavía con dos años de mandato por delante, solo está rodeado por esbirros incondicionales, negados para la crítica o el cuestionamiento de las decisiones de su amo y señor. Sin filtros para frenar sus exabruptos y desplantes solo podemos pensar que se avecinan tiempos aún más inquietantes.
  • Ha dejado en la estacada a sus aliados locales, las milicias kurdas sirias. Las Unidades de Protección Popular, encuadradas en las Fuerzas Democráticas Sirias, se habían convertido (tras el fracaso en la apuesta por otras facciones rebeldes) en la mejor opción para luchar contra el régimen de Damasco y, sobre todo, contra los yihadistas de Dáesh. En una repetición de lo vivido en el Kurdistán iraquí, Washington se ha dedicado a alimentar política, económica y militarmente a estos grupos, empleados como carne de cañón local, ante la negativa de Barack Obama a repetir el desastre de las invasiones y ocupaciones de su predecesor en Afganistán e Irak. Y ahora, una vez más, se quedan a merced de sus enemigos locales.
  • Ha alentado los planes militares de Turquía. Recordemos que la decisión de la anunciada retirada estadounidense deriva de una conversación telefónica en la que Erdogan terminó por convencer a Trump de que podía salir de Siria sin peligro de que Ankara aprovechara la ocasión para atacar a unas milicias que ve como una extensión del PKK y, por tanto, como terroristas. A partir de aquí, Turquía puede optar por atacarlas directamente o limitarse a establecer militarmente una zona tapón que impida su acción en suelo turco o su unión con fuerzas hermanas que se mueven en Afrin. Pero también procurará sacar más concesiones de Washington –sea la extradición de Fetulah Gülen o la venta de cazas F-35 y sistemas avanzados de defensa antiaérea– a cambio de mostrarse más moderado con quienes ahora EEUU deja en la estacada.
  • Ha reforzado al régimen de Bashar el Asad. Convertido desde hace tiempo en un mal menor, Al Asad corre ya a favor del viento en su intento no solo por recuperar el control de su territorio (aunque queda violencia para rato), sino también de ser aceptado por los países árabes que le habían vuelto la espalda (como demuestra la reciente reapertura de la embajada por parte de EAU y su probable readmisión en la Liga Árabe a lo largo de este año). Si hiciera falta una sola prueba de su consolidación política, ahí está el gesto de las propias milicias kurdas sirias pidiendo a Damasco que se ocupe de garantizar la seguridad de Manbij ante el temor a una ofensiva turca.
  • Ha puesto nervioso a Israel y al resto de aliados occidentales en la coalición que ha liderado contra Dáesh. Por un lado, la retirada le supone a Netanyahu mayores problemas para contener la expansión iraní en territorio sirio y, por otro, lleva a aliados como Gran Bretaña y Francia a cuestionarse si deben proseguir la tarea sin Washington, lo que implica mayores riesgos.
  • Ha contentado a Rusia que, desde hace tiempo ya es quién marca política, militar y diplomáticamente el proceso sirio. Y lo mismo cabe decir de Irán, que se libra de un actor que había establecido como objetivo, junto al del desmantelamiento del pseudocalifato de Dáesh, el de eliminar la presencia iraní de suelo sirio.

En definitiva, Trump no ha cumplido ninguno de sus objetivos en Siria: ni Dáesh ha sido derrotado, ni Al Asad ha abandonado el poder, ni Irán ha dejado de aumentar su implicación en el país. Visto así, su decisión (sin descartar que se desdiga en algún momento) no es tan relevante en el terreno militar, dado que ni el contingente actual puede decidir la guerra ni su retirada supone un cambio radical sobre el terreno. Pero, desde luego, es una señal más de la manera de actuar de un mandatario tan impredecible (y tan poderoso), que reiteradamente desprecia a sus aliados (ni ha consultado a su equipo ni a sus socios locales y occidentales) y no oculta sus simpatías por gobernantes autoritarios.

 

FOTOGRAFÍA: El presidente Donald Trump entrando al Air Force One. ©Flickr White House