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Para El Periódico

Sería ridículo si no fuera trágico. Alemania anuncia ahora, insatisfecha por las explicaciones dadas por Riad sobre la muerte de Jamal Khashoggi, que suspende la venta de armas a quien es su segundo cliente en este terreno. Pero añade de inmediato que solo será hasta que se aclaren las circunstancias de su muerte, indicando así que está dispuesta a reanudar la relación en cuanto el régimen saudí se explique un poco mejor. Eso no quita para que en peor situación queden el resto de los aliados de la OTAN (España incluida), que se limitan a comunicados y declaraciones tan aparentemente duros como inocuos.

¿Era necesario llegar al 'caso Khashoggi' para saber que la casa de los Saud contraviene no solo todos los valores y principios que nuestros gobiernos dicen defender, sino que está acostumbrada a violar las normas internacionales? Asentada en su condición de país con mayores reservas de petróleo y de segundo importador mundial de armas, sabe que nadie quiere perder la oportunidad de lucrarse. No es un secreto que en ese país se ejecutan cada año al menos a unas 150 personas condenadas en juicios escasamente fiables. Tampoco lo es que comete crímenes de guerra en Yemen, que impide la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias (Khashoggi no es el primer disidente eliminado) y que se apoya y promueve la versión más rigorista del islam suní, con hondas implicaciones en el auge del yihadismo a escala global. También es sabido que su respeto por los derechos humanos deja mucho que desear (la crisis con Canadá es otro buen ejemplo de la hipocresía e insolidaridad de las democracias occidentales) y que el arresto del primer ministro libanés es inadmisible desde cualquier punto de vista.

Sin embargo, a pesar de eso, no solo nuestros gobiernos llevan décadas apoyando a dirigentes como los saudís, sino que hasta parecen entusiasmados con la emergencia de Mohamed bin Salmán, como si por el mero hecho de ser joven ya cupiera definirlo como un demócrata reformista. Caer en ese error interesado es no entender que la tarea de MBS se limita a retocar lo que sea necesario para asegurar la pervivencia del mismo régimen. Y si ese régimen ha llegado hasta aquí es porque, entre otras cosas, lo hemos acostumbrado entre todos a que puede hacer siempre su santa voluntad sin consecuencias. Por eso resulta increíble que nos sorprenda comprobar que responde como cualquier niño mimado en exceso: convencido de que no hay límites a sus deseos y de que, en última instancia, tampoco esta vez pasará nada, una vez que amaine la tormenta mediática.

Conservar un cliente

La única duda que aún cabe plantear, antes de llegar a una conclusión definitiva sobre si las tragaderas de la comunidad internacional son infinitas, es dilucidar si las democracias occidentales mantienen la relación para poder presionar a favor de un sistema más abierto o si solo se trata de conservar un cliente antes de que otros (Rusia incluida) se aprovechen. Y mientras se desarrolla ese eterno debate, el régimen saudí sigue adelante.