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Para Equaltimes.

Hoy, para Arabia Saudí, Irán es la encarnación de todos los males. Y esto lleva a Riad, interesado en mantener el liderazgo del islam suní, no solo a emplear todos sus medios para neutralizar la emergencia de su vecino como posible líder regional, sino también a alentar a Washington para que haga lo propio y hasta a alinearse con Tel Aviv, quien ve al régimen de los ayatolas como una amenaza directa a su seguridad.

Por su parte, Teherán –que ha logrado preservar su controvertido régimen revolucionario durante 38 años y ha aumentado de manera sobresaliente su influencia en Oriente Medio– tiende a elevar su mirada más allá de Riad, al que solo ve como un actor débil a resguardo del paraguas de seguridad estadounidense.

Pero esto no siempre ha sido así, dado que hasta 1979 ambos países mantenían relaciones normales y destacaban como fieles aliados de Washington en la región. Hasta aquel momento el sha Reza Palevi había sido un firme baluarte prooccidental, del mismo modo que los representantes de la casa de los Saud se afanaban por mantener en vigor el acuerdo establecido en 1945 por el presidente Franklin D. Roosevelt y el monarca Abdelaziz bin Saud.

Todo cambió, como es bien sabido, con la entrada en escena del ayatolá Ruhollah Jomeini, a la cabeza de una revolución que instauró el régimen de velayat-e-faqih en Irán, al tiempo que anunciaba su intención de expandir dicho modelo a todo el mundo musulmán y definía a Occidente (con Estados Unidos en primer lugar) como el gran Satán al que había que expulsar de la región.

Un órdago de estas características suponía el cuestionamiento frontal de un statu quo que había permitido tanto el mantenimiento de regímenes tan oscuros como el saudí y el resto de las denominadas “monarquías corruptas del Golfo”, como la defensa de los intereses geoestratégicos y geoeconómicos de Washington y el resto de capitales occidentales.

Como respuesta inmediata Washington giró la vista hacia Irak, convirtiendo a Sadam Husein en su nuevo aliado y en el ariete principal para echar abajo los planes de Jomeini. La I Guerra del Golfo (1980-1988) no solo no logró su propósito, sino que acabó potenciando a un nuevo monstruo, el propio Husein, que en agosto de 1990 invadió Kuwait, aumentando así una inestabilidad que todavía se mantiene en la actualidad.

Mientras tanto, Riad llamó a filas al resto de sus, por otra parte, débiles vecinos, creando el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG, 1981) como frente unido tan solo por su sumisión más o menos forzada a Arabia Saudí y por el interés de cada uno de ellos en evitar que Teherán terminara por convertirse en la potencia hegemónica regional. Por su parte, Estados Unidos fue sacando adelante en el Consejo de Seguridad de la ONU sucesivas rondas de sanciones contra quien a esas alturas ya se había convertido en un paria internacional, tanto por su injerencia en los asuntos de sus vecinos como por su inquietante programa nuclear.

La opción militar perdía peso, mientras tanto, al convencerse Washington de que no podía abrir un tercer frente en la región tras el fracaso cosechado en sus campañas militares en Afganistán e Irak. Por su parte, Israel no tenía más remedio que admitir su incapacidad para embarcarse en solitario en una tarea que excedía sus medios y Arabia Saudí veía impotente cómo sus reclamaciones para neutralizar a su rival no solo no tenían eco en la Casa Blanca, sino que desembocaban en un acuerdo nuclear que permitía a Irán reintegrase en el escenario internacional.

Riad, más arropado; Teherán, más resiliente

A pesar de moverse en un entorno tan opresivo es bien evidente que el régimen iraní ha logrado resistir la presión y mantener su pulso, tanto para evitar su derribo como para competir abiertamente por el liderazgo regional. En el ámbito interno Irán ha podido sobreponerse al duro castigo, aunque también es cierto que el daño causado le obligó a sentarse a la mesa de negociaciones de la que resultó el acuerdo nuclear de junio de 2015.

Con una resiliencia envidiable, y con una represión interna a la que ha recurrido cada vez que lo ha considerado necesario, el régimen ha logrado a lo largo de estos años mantener bajo control a su propia población y dotarse de una notable capacidad militar, incluyendo un potente arsenal misilístico y unos pasdaran (cuerpos guardianes de la revolución iraní) que han mostrado sobradamente su alto nivel de operatividad, además de poner en marcha un polémico programa nuclear (actualmente congelado, pero no eliminado).

Así hay que entender su afán por aprovechar la afinidad confesional chií y las situaciones de marginación de grupos olvidados por sus gobernantes en Líbano (apoyando a Hezbolá), en Siria (apostando por el régimen alauí de Bashar el Asad), en Irak (acercándose a los árabes chiíes que son más del 60% de la población), en Yemen (apoyando a la minoría huzí), en la Franja de Gaza (asociándose con Hamas, aunque su perfil religioso sea suní) e incluso en la propia Arabia Saudí y Bahréin (donde se ubican poblaciones chiíes marginadas).

Nada le garantiza, en cualquier caso, que vaya a salir airoso de un envite en el que son muchos los que apuran sus opciones para neutralizar su rebeldía. En primer lugar vuelve a estar Washington, que ya dejó claro con el primer viaje al exterior del presidente Donald Trump (mayo de 2017) que traspasaba a Riad la tarea de recuperar y mantener la estabilidad regional, confirmando su voluntad de seguir armando a su aliado y al resto de los miembros del CCG, así como de mirar para otro lado ante las violaciones de derechos humanos o del derecho internacional que puedan cometer.

Ese mensaje se ha visto reforzado ahora (8 de mayo) con la denuncia del mencionado acuerdo nuclear, abriendo las puertas a una escalada de tensiones que bien puede desembocar en nuevos estallidos de violencia.

Un buen ejemplo de ello es la celebración de las maniobras militares Joint Gulf Shield 1, desarrolladas en la provincia oriental del país del 21 de marzo al 16 de abril, con la participación de más de una veintena de países, entre los que se encontraba incluso un pequeño contingente catarí. Tel Aviv, mientras tanto, ya se atreve a atacar directamente objetivos iraníes localizados en Siria, buscando una sobrerreacción iraní que justifique un ataque a gran escala.

En el duelo en el que Riad y Teherán están metidos a ninguno le interesa provocar un enfrentamiento directo. Como alternativa prefieren actuar por interposición, manejando a sus aliados locales en los diferentes escenarios de tensión en los que sus intereses difieren.

En la situación actual Riad está mucho más arropado –sea por Washington, por el resto de los países del CCG o incluso por Tel Aviv–. Pero Teherán, aunque más desamparado –si bien Moscú se muestra cada vez más cercano– dispone de mayor poder militar, de considerables recursos humanos y de una férrea voluntad de resistencia, tal como ha demostrado desde hace décadas. El desenlace de la competición aún está lejano.

Foto: (UN Photo/Loey Felipe)