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Para El periódico.

La paz eterna solo existe, si acaso, en los cementerios. A la espera de llegar a ese punto para comprobar qué hay de cierto sobre el asunto, algunos tienden a considerar la paz como un mero paréntesis entre guerras, mientras otros creen que la violencia organizada es una excepción en la historia de la humanidad. El Índice Global de Paz, elaborado desde hace doce años por el Instituto de Paz y Economía, aporta datos interesantes, pero no concluyentes, al respecto.

Así, en su informe sobre 2017 confirma que el panorama mundial se va oscureciendo progresivamente, con el 61% de los 163 países analizados en claro deterioro durante la última década. Visto desde una perspectiva europea- y recordando que es, con diferencia, la región más pacífica de las nueve analizadas- el balance no puede resultar satisfactorio.

El caso español

Es cierto que de los cinco países con mejores registros cuatro son europeos: Islandia, Austria, Portugal y Dinamarca. Pero también lo es que 23 de los 36 Estados del continente han obtenido peores resultados que un año antes y que, sin olvidar a Ucrania y otros focos de tensión, por primera vez aparece un país de la Europa Occidental como uno de los cinco que mayor deterioro han sufrido a nivel global. España, pues de eso se trata, ha perdido diez posiciones y hoy ocupa el puesto trigésimo.

Por supuesto no cabe confundir esta situación con la que se vive en tantos lugares de África Subsahariana, Oriente Medio o Asia. Pero, sin caer en ningún tipo de alarmismo, es necesario entender que esos datos reflejan algo más que un mal año. En el campo de la prevención de conflictos violentos es bien sabido que no hay ningún factor belígeno tan potente como las brechas de desigualdad existentes entre personas que comparten un mismo territorio. Y en ese terreno, como consecuencia de una determinada forma de gestionar la grave crisis económica que padecemos, España ha pasado en menos de una década de ser el segundo país de la OCDE mejor situado al segundo puesto por la cola. Cada vez son más los que no se sienten integrados y favorecidos por el sistema actual y, por tanto, también aumentan los que se ven tentados de "dar una patada a la mesa", saliéndose del marco establecido.

A eso se une el aumento de unas tensiones internas alimentadas simultáneamente por errores de gobiernos centrales, escasamente sensibles a las demandas de quienes se sienten abandonados, y por actores populistas y directamente antieuropeos, xenófobos y racistas, que excitan sin límites los instintos tribales más rancios y rupturistas. Por último, y sin que eso signifique que somos objetivos preferentes, el terrorismo yihadista ha seguido castigando sin desmayo a los europeos.

La paz no es nunca una conquista irreversible. Es preciso construirla a diario y la Unión Europea, con todos sus defectos, es el mejor ejemplo histórico de resolución pacífica de conflictos. Pero su pulso se está debilitando a ojos vista, mientras algunos de los Veintiocho juegan alegremente con fuego. Y así nos va.

Foto: Grafitis de Trump y Kim Jong-un en Viena. Foto: Bwag (Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0)