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Para El Periódico

No es la primera vez. Ya en agosto del 2013 el régimen sirio mató con gas sarín a más de 1.300 habitantes de Guta Oriental... y no pasó nada. Por eso ahora, cuando las víctimas mortales del conflicto sirio ya superan las 400.000, casi sorprende que una nueva masacre puntual, en la que “solo” se contabilizan varios centenares de muertos, acapare la atención mediática internacional (no así la política).

Quizás sea que lo que ocurre en esa zona, convertida durante años en una cuña aledaña a la capital desde la que los llamados rebeldes -cuando en realidad son yihadistas de Hayat Tahrir al Sham y de Jaysh al Islam- tratan de impedir el control total de Damasco, visibiliza más que nunca lo ya sabido. Es decir, que se acepta ya sin remedio que el régimen tiene ganada la partida y ahora se le permite eliminar los puntuales reductos de resistencia, como también hace en la provincia de Idleb o en las proximidades de los Altos del Golán. Que, además, nadie va a mover un dedo para defender a una población civil indefensa, atrapada entre actores armados que violan sistemáticamente las reglas de la guerra. Que, en definitiva, es preferible una estabilidad impuesta por el más fuerte, aunque eso suponga volver a sonreírle al dictador sanguinario y decepcionar a una ciudadanía que se movilizó en clave democrática, antes que abrir la puerta a procesos que alteren sustancialmente un statu quo del que llevamos décadas beneficiándonos, tanto Occidente como los sátrapas locales.

Visto así, y más allá de las tan altisonantes como vacías críticas contra Bashar el Asad, lo único que podemos dar por seguro, cuando ya se vislumbra la ofensiva terrestre que seguirá a la fase de bombardeo artillero y aéreo, es que se volverá a mirar para otro lado mientras se masacra a las alrededor de 400.000 personas atrapadas en ese asedio. Y muy pronto a nadie le interesará recordar lo que tanto allí como en Alepo, Raqqa, Deir Ezzor, Homs y tantos otros lugares de Siria ha ocurrido en estos últimos siete años.