Jesus Nunez1

Para Observatorio Internacional de Estudios sobre el Terrorismo

“Dáesh ha perdido el control de un territorio, pero no ha sido derrotado. No ha perdido ni la capacidad ni la voluntad para seguir matando”

“En el problema que representa el terrorismo yihadista no cabe una solución militar, sino multilateralismo, multidimensionalidad y esfuerzo sostenido en el largo plazo”

La reciente proclamación de derrota a Dáesh sobre el terreno, por parte de Irak y de Siria, hace aflorar la cuestión de qué implica vencer a una organización terrorista internacional de perfil yihadista. “No ha habido una derrota. Lo que ha habido es un desmantelamiento de un pseudocalifato”, puntualiza Jesús A. Núñez Villaverde, economista, militar (retirado) y Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

Con una amplia experiencia en cuestiones de seguridad, defensa, construcción de la paz y prevención de conflictos –con especial atención al mundo árabe-musulmán–, Núñez es también profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Presidente del Comité Español de la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos), miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS), consultor del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el ámbito de la construcción de la paz y la prevención de conflictos violentos, y vocal del Comité Directivo de Encuentro Civil EuroMed (ECE), desde su creación en 2008. Asimismo, escribe con regularidad en el blog del Real Instituto Elcano.

Para Núñez, la respuesta al terrorismo yihadista no debe ser de tipo militar, sino que hay que atender a las cuestiones sociales, políticas y económicas de los países en los que ha germinado este tipo de terrorismo. “Hay mucha corresponsabilidad, por parte de los gobiernos de los Estados occidentales, de haber creado una situación que ha servido de caldo de cultivo para la emergencia del terrorismo yihadista”, asegura.

Irak ha declarado la derrota a Dáesh sobre el terreno. ¿Cuál es ahora el principal reto de la lucha antiterrorista? 

El desafío es el mismo, puesto que no ha habido tal derrota. Lo que ha habido es un desmantelamiento de un pseudocalifato [parte del territorio de Siria y de Irak] del mismo modo que ya se han producido en anteriores ocasiones desmantelamientos de otros pseudocalifatos: el de Boko Haram en Nigeria, el de Al Shaabab en Somalia, el de Al Qaeda en Afganistán –país en el que este grupo terrorista estableció una alianza con el régimen talibán–.

¿Comparte el tono victorioso de la afirmación?

Dáesh ha perdido el control de un territorio, pero no ha sido derrotado. No ha perdido ni la capacidad ni la voluntad para seguir matando. Por tanto, en este sentido, la amenaza a la que nos enfrentamos es la misma que la de junio de 2014 [fecha en la que Dáesh proclamó el pseudocalifato]: un movimiento yihadista, al que se añade Al Qaeda y otros tantos grupos y franquicias que siguen activos.

Cuando un grupo yihadista decide controlar un territorio se convierte en un objetivo rentable [en términos militares, aquel que resulta suficiente para que una maquinaria militar por tierra, por mar y por aire pueda concentrar sus esfuerzos en él, acumular medios y desarrollar acciones que lleven a su caída] para una coalición internacional mucho más poderosa que ese propio grupo y, por tanto, el final ya estaba anunciado de antemano. Los territorios que durante un tiempo logran controlar los grupos yihadistas finalmente acaban desmantelados.

Este desmantelamiento del territorio de Dáesh, ¿se hubiera podido producir antes, si la comunidad internacional hubiera reaccionado con más rapidez ante la expansión del grupo terrorista?

Si se hubiera respondido con más rapidez y no sólo con medios militares, seguramente ni siquiera hubiera existido Dáesh. O, por lo menos, no hubiera habido un pseudocalifato. La respuesta ha sido tardía, pero esto mismo se puede decir de Al Qaeda y de tantos otros grupos terroristas a los que nos hemos ido enfrentando, con una comunidad internacional que no consigue aunar esfuerzos con una visión de largo plazo, multilateral y multidimensional.

Lo que hemos visto hasta ahora es una actuación fundamentalmente reactiva y selectiva. Se han alimentado pequeños monstruos que, equivocadamente, se creía poder controlar; hasta que esos monstruos han tomado conciencia de sí mismos y se han vuelto contra la mano que les ha dado de comer. Esto ocurrió por primera vez en Afganistán en los años ochenta cuando fue invadido por los soviéticos. EEUU fomentó que surgieran actores locales para complicar el control del país a Moscú, y luego esos actores locales fueron el embrión fundamental que derivó en Al Qaeda.

Por lo tanto, se ha jugado con fuego en demasiadas ocasiones. Ese fuego ha acabado descontrolándose y afectando a sus promotores, incluyendo a gobiernos árabes y occidentales, a quienes han consentido que la situación haya llegado hasta el punto en que nos encontramos ahora.

¿Hasta qué punto Occidente ha fomentado la creación y expansión de grupos yihadistas como Al Qaeda o Dáesh?

Hay mucha corresponsabilidad, por parte de los gobiernos occidentales, sin olvidar la de los gobiernos árabes y musulmanes, de haber creado una situación que ha servido de caldo de cultivo para la emergencia del terrorismo yihadista. Esto nos remonta a décadas atrás, a la manera en que se han establecido unas reglas de juego para el control de Oriente Próximo y Oriente Medio, basadas en la fragmentación de esos territorios para crear países artificiales, así como en la apuesta y el apoyo de regímenes políticos impresentables –en la medida en que no atienden las necesidades de su propia población, que discriminan, que son autoritarios, represivos, corruptos e ineficientes–.

Estos aspectos han incentivado la aparición del islamismo radical y del terrorismo yihadista. Además, que la respuesta a este problema se haya limitado a otorgar el protagonismo a los medios militares, cuando se sabe que no hay solución militar para el problema que representa el terrorismo yihadista, ha supuesto un serio agravante de la situación.

Si no hay solución militar para el terrorismo yihadista, ¿cómo podemos subsanar esta realidad?

Es un cometido en el que hay que atender tres características fundamentales: multilateralismo, multidimensionalidad y esfuerzo sostenido en el largo plazo. Multilateralismo en cuanto que es un problema que nos afecta a todos y ningún país tiene capacidad en solitario para poder hacerle frente con ciertas garantías de éxito; este multilateralismo sigue faltando. Cada vez que se produce un atentado oímos mensajes de “nunca más”, “hemos aprendido la lección”, “a partir de ahora vamos a colaborar”, y, sin embargo, vemos que esa colaboración, en los terrenos de la información, de la inteligencia, de las autoridades judiciales y de las económicas, sigue siendo una asignatura pendiente.

"Cuando un grupo yihadista decide controlar un territorio se convierte en un objetivo rentable para una coalición internacional mucho más poderosa que ese propio grupo y, por tanto, el final ya estaba anunciado de antemano. Los territorios que durante un tiempo logran controlar los grupos yihadistas finalmente acaban desmantelados"

Multidimensionalidad porque las causas estructurales que explican el terrorismo tienen que ver con cuestiones sociales, políticas y económicas. Por tanto, pensar que se puede enfrentar exitosamente a la amenaza del terrorismo sólo con instrumentos militares es una equivocación. Faltan estrategias económicas, políticas y sociales que cambien la situación de los países que sirven de germen fundamental del terrorismo yihadista.

¿Qué papel juegan los países occidentales?

Es necesario recordar que este problema lo tenemos también los países occidentales, en la medida en la que hay individuos que se sienten discriminados y que, por lo tanto, se radicalizan hasta el punto de pensar que la violencia terrorista es la única forma que tienen de resolver sus problemas. Si no atendemos a esta situación, en términos de integración plena de estos individuos en nuestros propios países, seguiremos avivando el caldo de cultivo que permite que siga aumentando el número de terroristas. Los inmigrantes tienen que encontrar acomodo en un marco de derechos y de deberes iguales para todos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos debe ser la base de la convivencia en los países occidentales.

El esfuerzo sostenido en el largo plazo se fundamenta principalmente en la educación. Es un instrumento imprescindible en la prevención de la radicalización. La educación sólo rinde resultados en el largo plazo, por lo que si creemos que hay atajos militares –como se creyó en Afganistán, en Irak, en Siria y en tantos otros ejemplos– para arreglar el problema del terrorismo yihadista, desatendiendo el esfuerzo a largo plazo, sólo conseguimos, en el mejor de los casos, ganar algo de tiempo hasta que se vuelve a reproducir la misma situación o una todavía peor.

¿Qué está haciendo España para luchar contra el terrorismo yihadista?

Atendiendo a que España está en la lista de objetivos del terrorismo yihadista, estamos hoy mejor preparados que nunca para hacer frente a esa amenaza. Es una situación muy distinta a la que teníamos en el año 2004 con los atentados del 11M, porque en aquel momento la atención estaba centrada en el terrorismo de ETA, y no en el terrorismo internacional de perfil yihadista. Pero eso no significa que tengamos garantizada nuestra seguridad. Lo hemos vivido el 17 de agosto de este año en Barcelona y Cambrils. Hay que contar con que el terrorismo yihadista volverá a golpear en algún momento en España, en un futuro indefinido.

España está moviéndose en el marco de la Unión Europea para intentar articular medidas de respuesta a esa amenaza. Al igual que cualquier otro país, España en solitario tiene muy pocas posibilidades de poder llevar a cabo acciones sustanciales contra el terrorismo yihadista. Todo tiene que pasar por el multilateralismo y la multidimensionalidad.

Todavía hay que trabajar mucho para integrar, dentro del territorio español, a los inmigrantes de la comunidad musulmana –casi dos millones de personas–, aunque no estamos en una situación de desintegración tan grave como la de otros países de la Unión Europea. También tenemos que afrontar el desafío de prestar mayor atención a las causas estructurales del problema, y no apostar únicamente por los medios militares. Todo ello evitando identificar a las personas de identidad musulmana que ya viven entre nosotros con potenciales terroristas.

El Ministerio del Interior ha aumentado la seguridad antiterrorista ante la proclamación de Irak de haber derrotado a Dáesh sobre el terreno. ¿Se teme que combatientes de Dáesh que hasta ahora estaban en Irak y Siria se desplacen a España?

En España hay muy pocas personas, en comparación con otros países occidentales, que se hayan implicado en escenarios de conflicto en Siria y en Irak. Por lo tanto, más que en el problema de los foreign fighters o retornados, al que necesariamente hay que atender, el objetivo de esta medida está centrado en evitar que individuos que han residen en España y que se han radicalizado puedan actuar de manera violenta.

Esto vuelve a plantear la cuestión de la integración, de cómo evitar la radicalización y de todas las medidas políticas, sociales y económicas que están pendientes de adoptarse para ello. También aborda los asuntos de colaboración judicial, de inteligencia e información y de servicios policiales que hay que activar para evitar que el terrorismo cumpla sus fines. Tenemos una tarea de largo plazo en la que tenemos que implicarnos de forma más directa de lo que lo hemos hecho hasta ahora, al igual que el resto de países occidentales.

Respecto a la población afectada directamente por las guerras en Oriente Medio, ¿cómo se podría aumentar la ayuda humanitaria? Aitor Zabalgogeazkoa, responsable de la misión en Siria de Médicos sin Fronteras desde 2012 hasta 2014, aseguró en una entrevista a El País que “en Siria, todas las partes implicadas usan la ayuda humanitaria como arma de guerra. Los agentes implicados manipulan la ayuda que ellos pueden controlar y regular: qué zonas favorecen, qué zonas son más beneficiadas”. ¿Está usted de acuerdo con esta afirmación? 

La ayuda humanitaria es un paliativo. En ningún caso va a resolver los problemas que hay en los conflictos violentos. No debemos cargar excesivas responsabilidades en quienes lo único que pretenden es asistir y proteger a las víctimas de estos conflictos.

En contextos de conflicto de todos contra todos, como ocurre en Siria, se encuentra sometida a unos condicionantes que hacen que, en muchos casos, no se pueda prestar esa asistencia y esa protección basada en los principios humanitarios, sino que se tengan que aceptar condiciones que perturban la eficacia de la ayuda. En muchos casos, hacen que esa ayuda se convierta en un instrumento más de los actores violentos en la zona.

¿Hay una instrumentalización de la ayuda humanitaria por parte de los Estados donantes, o de los Estados combatientes en los lugares de conflicto?

Por parte de ambos. Muchos Estados donantes no asumen sus responsabilidades en la resolución de los conflictos. Pensemos, por ejemplo, en la vergonzosa actuación de los gobiernos de la Unión Europea para atender a la crisis de los refugiados. Es una obligación jurídica, determinada por la convención del Estatuto de los Refugiados de 1951, asistir y proteger a esa población. No es solamente una cuestión caritativa o de solidaridad, sino un compromiso jurídico que los gobiernos de la Unión Europea han incumplido. Lo que han hecho, en lugar de atender a los refugiados, es contratar los servicios de otros actores –como ocurrió con el acuerdo con Turquía y Libia–.

Esa dejación de responsabilidad estatal deriva en poner en manos de los actores que prestan ayuda humanitaria responsabilidades que no les corresponden, y en poner fondos para esta ayuda o para cooperación para el desarrollo que traten de parchear los problemas que produce esa dejación de responsabilidad política.

Por otro lado, en muchos casos se utiliza esa ayuda humanitaria al servicio de intereses estratégicos, políticos o económicos que no tienen que ver con los principios humanitarios, y que no son, por lo tanto, más que un mecanismo para poder ganar más influencia y lealtades, o limpiar la conciencia de los responsables políticos que no han asumido su deber.

La población civil, quien más sufre las consecuencias de estos conflictos armados, ¿es la última prioridad de los Estados occidentales?

Desgraciadamente se ha demostrado que sí. En estas circunstancias el perdedor neto es la población civil, que se encuentra sometida a dinámicas que en ningún caso puede controlar. La ONU debería ser el actor principal en la gestión de la paz y la seguridad en los conflictos armados, puesto que es su razón de ser. Sin embargo, es un organismo que está marginado porque no hay voluntad por parte de los Estados miembros para darle ese protagonismo necesario. Es el único representante de la comunidad internacional y sin embargo no actúa como debería.

Por otro lado, no existe una coherencia de políticas. Se debería hacer aquello que está de acuerdo con los valores y principios que decimos defender y promover, pero la realidad es que hay una diferencia enorme entre lo que se dice y lo que se hace por parte de muchos Estados democráticos. Nuestros gobiernos [los de la Europa occidental y EEUU principalmente] han apoyado a gobiernos impresentables en países de Oriente Medio y Oriente Próximo, les han armado y avalado, pensando que luego podrían quedarse al margen de las consecuencias de este comportamiento. Esto ha sido un error absoluto. Por ello, todos somos corresponsables de la situación de deterioro de las condiciones de vida en muchos de esos países y de que estén ocurriendo conflictos violentos.

Los intereses geopolíticos y económicos de Occidente en Oriente Medio, ¿han relegado las cuestiones de derechos humanos a un segundo plano?

La implicación de los países occidentales en el mundo árabe-musulmán se fundamenta en claves de seguridad energética: garantizar los suministros de gas y petróleo, que son vitales para mantener nuestros sistemas de vida. A esa seguridad energética hemos subordinado cualquier otra consideración, de tal forma que hemos establecido un juego, desde hace décadas, que determina que para nosotros es válido cualquier gobernante de la zona que no cuestione ese statu quo y que no ponga en duda que se tenga que mantener este sistema del cual Occidente es el principal beneficiario.

Eso provoca que el conjunto de la población de esos países –que no quieren a esos gobernantes y que entienden que se sostienen en el poder fundamentalmente por el aparato represivo del que disponen gracias a potencias occidentales– se vuelva antioccidental y que su principal opción sea el islamismo radical. Si no modificamos este comportamiento, si este statu quo no se altera, si no somos más coherentes en nuestra política exterior con los principios y valores que decimos defender, si no apostamos por la sociedad civil en esos países, nunca acabaremos con las consecuencias que derivan de nuestras actuaciones.

¿Podría decirse que las consecuencias más extremas de esta forma de proceder son los llamados “Estados fallidos”? ¿Estos Estados fallidos fortalecen el yihadismo radical? 

Los gobiernos que no satisfacen las necesidades básicas de su población, que violan sus derechos de manera sistemática, provocan sentimientos que, en su máxima expresión, son el contexto ideal para que surja el terrorismo yihadista.

Teniendo esto en cuenta, si hablamos de Estados fallidos, que sería un caso de lo anterior todavía más extremo, como ocurre en Libia, Somalia, Siria, Yemen… Aumenta aún más la posibilidad de que surjan individuos que piensen que la violencia terrorista es lo único que puede cambiar la situación.

"La educación es un instrumento imprescindible en la prevención de la radicalización. La educación sólo rinde resultados en el largo plazo, por lo que si creemos que hay atajos militares para arreglar el problema del terrorismo yihadista, desatendiendo el esfuerzo a largo plazo, sólo conseguimos, en el mejor de los casos, ganar algo de tiempo hasta que se vuelve a reproducir la misma situación o una todavía peor"

 
 
 

Se informa muy poco del conflicto armado en Yemen.

Yemen es uno de los casos más claros de los llamados “conflictos olvidados”. Yemen está sufriendo, por un lado, un conflicto armado que no tiene fin a corto plazo, y por otro lado una crisis humanitaria brutal. Para la ONU es una crisis de nivel tres, que es la máxima categoría de gravedad de conflictos que maneja la ONU.

Hay 900.000 personas afectadas por cólera, y se están empezando a desarrollar otras pandemias en este país. Prácticamente el 80% de la población necesita asistencia humanitaria y sanitaria. A esta situación hay que sumar el agravante de que Arabia Saudí ha cerrado las fronteras y, por tanto, esta ayuda no se puede prestar en absoluto.

¿Este conflicto nunca ha sido prioridad de la comunidad internacional?

Yemen es un caso muy claro de dejación de responsabilidad, por haber llegado hasta este punto sin ningún tipo de acción que haya evitado esta crisis. El cometido de pacificar Yemen es una cuestión que se ha dejado en manos de Arabia Saudí, un país que no se distingue precisamente por ser muy respetuoso con los derechos humanos. Mientras tanto, los demás países miramos para otro lado o esperamos pasivamente a que Arabia Saudí pueda conseguir ese objetivo.

Y el objetivo de Riad es pacificar ese país, lo que conviene no confundir con desarrollar ni democratizar. Quiere decir volver a establecer una situación que permita a Arabia Saudí tener una frontera sur tranquila, aunque eso no suponga necesariamente una mejora para el bienestar y la seguridad del conjunto de los yemeníes.

¿Cómo calificaría la situación actual de Siria?

Como una guerra ganada pero no acabada. Ganada en el sentido de que, desgraciadamente, el régimen genocida de Bashar al-Assad está consiguiendo que el tiempo corra a su favor, con el apoyo de Rusia, de Irán y de la milicia chií-libanesa de Hezbolá, pero sin controlar todavía la totalidad del territorio de Siria. Todavía hay dinámicas violentas que evidencian que queda mucho para que Siria pueda llegar a un nivel de pacificación aceptable.

¿Ha pasado Bashar al-Assad de ser el gobernante de un régimen condenado por casi todos los países occidentales a ser visto como la solución “menos mala” para el conflicto de Siria?

A lo largo de los últimos años, los países occidentales han ido viendo cómo se ha generado la tragedia en Siria y no han actuado. Recordemos que, en el año 2011, la población siria se levantó contra su gobierno en términos pacíficos, demandando derechos, libertades y atención a sus necesidades básicas. Ni la Unión Europea ni EEUU atendieron a esas peticiones, no las apoyaron ni las acompañaron.

Según ha ido pasando el tiempo, Occidente ha ido apostando por Bashar al-Assad como un mal menor, dado que cualquier alternativa puede ser más contraproducente para el mantenimiento del statu quo tan beneficioso para los países occidentales. Por tanto, somos corresponsables de forma muy clara en la tragedia siria. No se ha actuado en función de las capacidades de EEUU y de los países de la Unión Europea para facilitar una asistencia y una protección a la población afectada por el conflicto.

¿Qué va a pasar con al-Assad?

Ahora parece que estamos claramente dispuestos a aceptar que Bashar al-Assad continúe en el poder como si nada hubiera ocurrido, cuando su gobierno ha cometido crímenes de guerra y ha llegado a usar, en varias ocasiones, armas químicas contra su población. Todo apunta a que se trata de pasar página todo lo rápido que se pueda para olvidar las violaciones del derecho internacional. Se ha hecho un ejercicio de pensar que, ante la falta de alternativas más manejables, es mejor seguir apostando por el gobierno ya conocido, aunque sea el de Bashar al-Assad.