Turquía

 

Para ElDiario.es

 

Mucho han cambiado las cosas en Siria desde que, a principios de 2011, comenazaron las movilizaciones ciudadanas contra un régimen que, para entonces, ya había perdido el limitado impulso reformista que supuso la entrada en escena de Bashar el Asad (2000). Cientos de miles de muertos después y con Al Asad sintiendo que el tiempo ya corre a su favor, la operación militar turca supone la confirmación simultánea de varios cambios que acaban situando a cada actor implicado en su lugar. Así:

  • Turquía ha ido girando desde una posición que apuntaba directamente a la caída de Al Asad, tras su desaire a Recep Tayyip Erdogan (cuando este último le aconsejó llevar a cabo reformas para frenar las movilizaciones), a otra en la que se vislumbra ya un futuro entendimiento, una vez más a costa de los kurdos. Su ofensiva militar (la tercera desde el inicio de la guerra) no es ningún manantial de paz (así se denomina la operación) para los seis millones de habitantes de las provincias del noreste sirio ni pretende crear una zona segura.

Por el contrario, el "ejército de Mahoma" (como Erdogan se ha atrevido a bautizar a unas milicias proturcas cobijadas bajo el nombre de Ejército Nacional Sirio –que no se distinguen precisamente por su respeto de los derechos humanos y las normas de la guerra–) busca eliminar toda resistencia de las milicias kurdas, las Unidades de Protección Popular, encuadradas en las Fuerzas Democráticas Sirias y percibidas por Ankara como una extensión del PKK, con quien lleva batallando casi 40 años.

Además, pretende no solo "liberar" (es decir, limpiar étnicamente) de kurdos esas provincias, sino controlar la zona para poder reubicar allí a buena parte de los 3,6 millones de refugiados sirios que hoy malviven en su territorio. De ese modo aspira, en línea con sus ensoñaciones neotomanas, a garantizarse un territorio que amplía su ámbito de influencia y le concede una baza con la que volver a acercarse a Damasco.

  • El régimen sirio también calcula que sacará una buena tajada, aunque solo sea porque esas mismas milicias kurdas –tan útiles en el desmantelamiento del pseudocalifato de ISIS– se han visto forzadas a solicitar la protección de Damasco. Desamparadas tras el abandono estadounidense e incapaces de responder militarmente a la ofensiva turca han abierto las puertas a unas fuerzas armadas sirias que, desplegándose ya a lo largo de la frontera con su vecino del norte, pueden obtener como recompensa en torno al 25% de la Siria que hasta ahora controlaban los kurdos en un ejercicio de gobierno que ha suscitado no poca admiración internacional. Eso significa, más allá de puntuales reductos de resistencia, que el régimen sirio da un paso muy relevante para volver a hacerse con el control territorial de su propio país (yacimientos petrolíferos incluidos).
  • Estados Unidos sale obviamente muy malparado de su aventurerismo militar en la región, dejando de manifiesto la incoherencia de su presidente (capaz de afirmar que debe salir de "guerras ridículas sin fin", de castigar a continuación a una Turquía a la que ha consentido llegar hasta aquí y negar la existencia de tropas estadounidenses en suelo sirio, al tiempo que ordenaba su retirada). Pero es que, además, daña seriamente su ya escasa credibilidad como aliado, tras haber forzado a sus socios kurdos a desmantelar sus defensas y túneles en la frontera con Turquía (con la promesa de garantizar su seguridad) para, a continuación, dejarlos en la estacada.
  • Rusia, por el contrario, refuerza aún más su condición de verdadero actor de referencia. No solo fue el que provocó, a partir del verano de 2015, un giro a favor de Al Asad con su implicación militar directa, sino que también en el ámbito diplomático hace tiempo que ha logrado, alineando a Irán y Turquía bajo su dictado, convertirse en el verdadero factótum. Y ahora se permite el lujo de ocupar las bases que Washington abandona y de patrullar, como un supuesto pacificador, las zonas de posible confrontación directa entre las fuerzas desplegadas por Ankara y las que Damasco ha enviado a la zona.
  • Los kurdos sirios son, con diferencia, los más claros perdedores de esta nueva vuelta de tuerca. Y eso vale no solo para los que han tomado las armas contra Al Asad y ahora temen represalias, sino también para buena parte de los que hasta ahora han sido claramente despreciados por Damasco (basta recordar cómo, en un intento por recuperar su apoyo, el régimen concedió la nacionalidad a unos 250.000 en las primeras etapas de la guerra, poniendo de manifiesto la marginación en la que llevaban décadas viviendo).
  • ISIS y el resto de grupos yihadistas que se mueven por territorio sirio están, por su parte, de enhorabuena. La imposibilidad de las milicias kurdas de dedicar parte de sus efectivos a seguir custodiando a miles de prisioneros y a sus familiares ante el empuje turco está provocando la liberación de muchos de ellos; lo que hace presagiar una revitalización de la amenaza que representan.
  • Y los demás actores –incluyendo a la ONU, a la OTAN y a la Unión Europea– quedan nuevamente retratados como actores manifiestamente inoperantes, basculando entre las habituales expresiones de "profunda preocupación" y las peticiones de "contención" a las partes. Y así hasta la siguiente con un Erdogan al que no van a detener ni las críticas ni las sanciones, hasta la siguiente.

 

FOTOGRAFÍA: Varios niños ondean la bandera turca mientras saludan a los soldados sirios apoyados por Turquía que se dirigen al norte de Siria,en Sanliurfa (Turquía) EFE

 

 

TUR

 

Para Blog Elcano.

 

No es la primera vez, sino la tercera, que Ankara lanza una operación militar a gran escala en territorio sirio desde que allí comenzó la guerra en 2011. Y por mucho que Recep Tayyip Erdoğan se empeñe, la actual no está aportando ningún “manantial de paz” (así ha sido denominada la ofensiva por Ankara) a las provincias del noreste sirio, pobladas mayoritariamente por kurdos. Por el contrario, en menos de una semana de combates –con mucho mayor protagonismo de los ataques aéreos y artilleros que de combatientes a pie– ya se contabilizan centenares los muertos (sin distinguir entre civiles y actores combatientes) y decenas de miles de desplazados forzosos. Tampoco, volviendo a Erdoğan, esas unidades no son “el ejército de Mahoma” (en un ejemplo más de la manipulación de credenciales religiosas al servicio de otros fines), sino más bien una milicia autodenominada Ejército Nacional Sirio –conformada por combatientes con un muy escaso pedigrí en términos de ajuste a las leyes de la guerra, de preocupación por los daños a civiles y de respeto de los derechos humanos– apoyada por las fuerzas armadas turcas.

Tampoco es, por supuesto, la primera vez que queda de manifiesto la falta de voluntad política de quienes han contribuido directamente a llegar hasta aquí o han optado por mirar para otro lado; sea en el marco del Consejo de Seguridad de la ONU (donde tanto Washington como Moscú han dejado claro que no iban a apoyar una Resolución condenando la intervención turca), en el de la OTAN (una alianza en la que Turquía se siente cada vez más incómoda y que se ha limitado a pedir “contención”) o en el de la Unión Europea (asustada por la posibilidad de que Erdoğan cumpla su obscena amenaza de abrir nuevamente las puertas de salida hacia Europa a los 3,6 millones de refugiados sirios que malviven en su territorio).

 

Mapa de Siria y sus países vecinos

Distribución de fuerzas en Siria (a octubre de 2019). Fuente: IHS Markit, 7 de octubre de 2019. Créditos: BBCmundo.com

 

Y, desde luego, en esa lista no puede faltar Donald Trump, que, por un lado, da luz verde a la intervención y ordena el repliegue de sus tropas (aunque simultáneamente se atreve a negar que haya soldados estadounidenses en suelo sirio, cuando se estima que superan el millar) y, por otro, amenaza con sanciones a Ankara si se pasa de la raya (¿?). O, lo que es lo mismo, sostiene al tiempo que EEUU debe salir de “guerras ridículas sin fin” y que la intervención turca es una “mala idea”, mientras airea su intención de volver a castigar duramente a la economía turca con nuevas sanciones.

En cualquier caso, lo que resulta más claro es que lo que menos cuenta es la suerte de la población local y de las milicias kurdo sirias –las Unidades de Protección Popular (UPP) encuadradas en las Fuerzas Democráticas Sirias– que, desde 2014, se habían convertido en el principal aliado local de Washington en el intento de eliminar toda huella de Daesh y otros grupos yihadistas del país.

En cuanto a las seis millones de personas que habitan la región, lejos de percibir la operación militar como un esfuerzo para crear una zona segura, como afirma Ankara, lo que ven es una operación de limpieza étnica que busca no solo eliminar a una milicia que identifica como parte del PKK con el que lleva combatiendo desde los años ochenta del pasado siglo, sino también asegurarse una zona tapón de unos 30km de anchura, debilitar un poco más al régimen de su otrora socio y hoy enemigo Bashar al-Assad (contribuyendo a fragmentar más a Siria), ampliar su zona de influencia con una visión expansionista neo-otomana y liberarse, al menos en parte, de la carga que suponen esos 3,6 millones de refugiados sirios. De paso, si logra sus objetivos, acabará por provocar un desequilibrio demográfico en las provincias en las que ahora está desplegando sus fuerzas, con el resultado de que los kurdos pasen a ser minoría frente a una población árabe (con el añadido de los más de un millón de refugiados que Ankara quiere reubicar allí) que Erdoğan cree que podrá manejar mejor.

Por lo que respecta a los ya mencionados milicianos de las UPP, la cuestión no se limita a constatar que ahora quedan abandonados, sino que a eso se añade un considerable efecto negativo para unos Estados Unidos que terminan por arruinar su imagen de socio fiable. Sin necesidad de remontarse muy atrás, todavía está fresco el recuerdo de la invasión estadounidense de Irak, en 2003, cuando otros combatientes kurdos quedaron también en la estacada en el momento en el que Washington consideró que ya no los necesitaba. Ahora, tras haber desempeñado un importante papel en el desmantelamiento del pseudocalifato declarado por Daesh en junio de 2014 y haberse creído la promesa de protección estadounidense frente a sus enemigos turcos y aliados, están probando en sus propias carnes el error de desmontar sus posiciones y destruir buena parte de sus túneles y estructuras defensivas a lo largo de la frontera con Turquía. Y todo ello para encontrarse ahora desamparados ante el empuje de quienes saben que no van a darles cuartel hasta el final.

No serán las (más formales que reales) amenazas de sanción emitidas por Washington y Bruselas las que van a detener a Erdoğan. Y mientras tanto, Siria sigue ardiendo, los kurdos siguen castigados y olvidados y los miles de yihadistas de Daesh y sus familiares, custodiados hasta hoy por las UPP, vuelven a la calle, dado que los milicianos kurdos ya han dicho que, con sus limitados medios, no pueden atender simultáneamente a su custodia y a la defensa de su territorio contra los turcos.

Y luego algunos se extrañarán de que Moscú y Damasco también saquen tajada de esta carnicería.

 

FOTOGRAFÍA: Recep Tayyip Erdoğan (presidente de Turquía) y Donald Trump (presidente de EEUU) durante una cena de trabajo en la cumbre de la OTAN (2018). Foto: NATO North Atlantic Treaty Organization (CC BY-NC-ND 2.0)

 

 

Irak

 

Para Blog Elcano.

 

La lista no deja de aumentar e Irak solo es el caso más reciente de una dinámica que ahora mismo también tiene como protagonista a la ciudadanía egipcia y hace nada a la sudanesa, a la argelina y a tantas otras que desean abiertamente mostrar su malestar (también en Occidente y en Hong Kong) con unos gobiernos que les han decepcionado sin remedio, al tiempo que aspiran a lograr cambios que mejoren su nivel de bienestar y de seguridad. Pero, en paralelo, también aumenta el número de los gobiernos que eligen la misma manera de responder a esas movilizaciones: una desproporcionada represión violenta. Y así en Irak ya se contabilizan más de un centenar de muertos y más de 3.000 heridos en apenas cinco días.

El caso es que la situación iraquí no puede sorprender si se tiene en cuenta el contexto. Tras años de violencia acumulada desde la guerra con Irán (1980-1988), la Operación Tormenta del Desierto (1991), la invasión estadounidense (2003) y el impacto del intento de Daesh de crear una realidad paraestatal (2014-2017) Irak sigue sumido en la violencia, la corrupción y el sectarismo generalizados. Como consecuencia, y en abierto contraste con las tan reiteradas como incumplidas promesas de desarrollo y garantías de seguridad realizadas por los sucesivos gobiernos (todos ellos de mayoría chií), el presente y el futuro inmediato de los casi cuarenta millones de iraquíes sigue siendo muy oscuro. Y eso explica en gran medida que Adel Abdul Mahdi, en menos de un año de mandato, ya haya agotado tan rápidamente la paciencia ciudadana.

Porque no es fácil explicar cómo en el tercer exportador mundial de petróleo, con un 60% de la población con menos de 25 años, los cortes de electricidad siguen siendo demasiado frecuentes, los servicios de salud y de educación sufren una desatención que los ha abocado a la ineficiencia, el desempleo juvenil supera el 40% y el 20% de la población vive por debajo de la línea de pobreza. O sí lo es, pero el empeño cortoplacista de unos gobernantes más centrados en dirimir sus diferencias que en atender a la población (más allá de un enfoque clientelar), así como las nefastas influencias externas (no solo de Teherán), acaban por imponer un modo de actuar que solo toma en consideración las variables macro, sin prestar atención a lo que ocurre a nivel micro.

Y lo que ocurre es que la ciudadanía iraquí, sin liderazgo político reconocible hasta el momento, ha vuelto a las calles. Si a eso se suma que Ali al Sistani –el líder espiritual de los chiíes iraquíes (algo más del 60% de la población)– muestra abiertamente su apoyo a las manifestaciones y demanda que el gobierno deje de emplear la violencia y se apresure en atender a su población, las cosas se complican mucho más para un gobierno central que ha vuelto a recurrir a la violencia como único método para recuperar el control. Ya solo falta que actores tan significativos como Muqtada al Sader decida apuntarse a un proceso que, hasta ahora, solo está afectando sobre todo a la capital y a las zonas sureñas de mayoría chií. En ese caso, con el recuerdo de su decisión de 2016 de echarle un pulso político al gobierno, movilizando a sus bases para organizar sentadas multitudinarias en la llamada Zona Verde de Bagdad (donde se ubican los principales centros de poder), es inmediato imaginar que la situación puede complicarse mucho más. Por ahora, Al Sader ha decidido suspender la participación de su bloque parlamentario, la coalición Sairoon (54 diputados y uno de los pilares fundamentales en la designación de Mahdi) hasta que el primer ministro no presente un plan realista de reformas.

Por supuesto, no hay soluciones mágicas e inmediatas a una situación que se ha ido deteriorando sin pausa con el paso de los años. Pero a estas alturas parece tanto que el futuro de Mahdi está en el aire, como que la represión policial no va a surtir efecto. Sobre todo, cuando a todo lo anterior se añade una violencia que puede alimentar aún más movilizaciones y un nuevo error como la defenestración el pasado día 27 de uno de los héroes más populares de la escena nacional iraquí, Abdul Wahab al Saadi. Por un lado, Mahdi puede estar viendo en él a un poderoso rival en unas posibles elecciones adelantadas. Por otro, algunos ven detrás de su arrinconamiento la larga mano de Teherán, intentando librase de un líder que hace sombra a los jefes de las Unidades de Movilización Popular que lleva apoyando desde hace tiempo. Pero, en cualquier caso, esa decisión puede volverse muy pronto en contra de sus promotores, cuando se constata que entre los manifestantes comienzan a aparecer carteles con la imagen de Al Saadi, valorándolo como el héroe nacional que derrotó a Daesh desde su puesto como segundo jefe del Servicio Contraterrorista (creado en su día por Washington y con una autonomía que escapa al control del ministerio de Defensa).

 

FOTOGRAFÍA: Mapa político de Irak. Crédito: Rowanwindwhistler at English Wikipedia (Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0)

 

 

china

 

Para Blog Elcano.

 

En apenas setenta años la República Popular de China ha transitado sin pausa desde la irrelevancia más absoluta hasta la preeminencia incuestionable de hoy. Una posición derivada de su innegable peso demográfico, su condición de primera economía mundial (en términos de paridad de poder adquisitivo, aunque no todavía en términos nominales), su histórica unidad territorial, su particular sistema político centralizado y, cada vez más, su potencial militar. Por supuesto, todavía Estados Unidos sigue siendo el hegemón mundial y el gestor principal de un sistema de relaciones internacionales instaurado cuando la voz de Pekín era apenas escuchada. Pero pocas dudas puede haber ya de que estamos inmersos en un proceso en el que, al margen de otros actores que se mueven en un escalón inferior, el principal foco de atención (y tensión) de los próximos años se centra en el intento del primero por seguir teniendo la voz cantante y del segundo por pedir (o exigir) que sea la suya la que prevalezca.

Esto no nos lleva inevitablemente a un choque directo que, racionalmente, ninguno de ellos puede desear. E incluso cabe imaginar que, conscientes de que en nuestro mundo globalizado ningún Estado-nación tiene capacidad para hacer frente en solitario a los desafíos que nos plantea el presente siglo, se pueda llegar a una suma de fuerzas para gestionar esta desigual globalización (aunque del mediático G-2 de la primera etapa de Obama apenas queda rastro). Tampoco es descartable que, obligados por sus propias limitaciones, ambos acaben por establecer un informal reparto de áreas de influencia en línea con la desglobalización a la que apuntan diversos analistas, tratando de evitar un enfrentamiento directo que sería mutuamente suicida. Pero lo más probable hoy es un incremento de la tensión bilateral derivada de sus contrapuestos intereses en muchos rincones del planeta –con los mares costeros chinos como escenario más inmediato.

En previsión de ese escenario no resulta banal que, como acto sobresaliente de las celebraciones del septuagésimo aniversario de su creación, China haya organizado el mayor desfile militar de su historia, mostrando un sofisticado arsenal de nuevos artilugios que pretenden confirmar que el Ejército Popular de Liberación (rama militar del Partido Comunista, más que fuerzas armadas estatales) están preparado para hacer frente al desafío. Es cierto que, a pesar de haber duplicado su gasto en defensa en la última década, todavía queda lejos del poderío militar de Washington. Pero también lo es que no solo la distancia se va acortando, sino que, sobre todo, China cuenta con considerables medios en otros ámbitos que resultan tanto o más importantes para desarrollar su agenda.

Aprovechando las ventajas de un poder político interno cuasiimperial, la ausencia de oposición organizada y de opinión pública con capacidad para influir en la agenda política –como resultado de una política de control y represión difícilmente digerible desde un prisma democrático–, Xi Jinping puede pensar y actuar a largo plazo. Y eso, sobre los cimientos de su condición de “fabrica del mundo”, prestamista e innovador tecnológico, le permite no solo disputar a Washington socios y aliados en todos los continentes, sino también ganar apoyos para cuestionar las actuales reglas del juego internacional. Así hay que entender, con dinero por delante, su afán por cerrar el paso a Taiwan (con el que ya solo quince Estados mantienen relaciones) o su cortejo a los miembros de la ASEAN para que, mezclando ofertas y amenazas, acaben siendo más sensibles a sus reclamaciones en el mar del Sur de China y en el mar del Este de China.

Pero, igualmente, se ocupa de restar aliados a Washington en África o América –con el atractivo, no exento de temores, que suscita su macroproyecto de la Franja y la Ruta–, con una inteligente combinación de incentivos económicos y mirada laxa sobre la corrupción o los derechos humanos que tan teatralmente utilizan los occidentales. De ese modo, no solo procura cubrir sus necesidades, no solo energéticas y alimentarias, sino también anclar a muchos gobiernos a su propio bando.

Nada de esto quiere decir que China tenga el camino despejado para convertirse en el próximo líder mundial y que EEUU vaya a permanecer inactivo hasta entonces. Por un lado, buena parte de lo que le ha llevado hasta aquí –incluyendo su política de hijo único o su modelo económico dirigido a la exportación– ha pasado ahora a convertirse en un problema de enorme magnitud. A eso se añade que China está mal situada –dado el escaso porcentaje de votos que obtuvo en el reparto inicial– en las organizaciones internacionales que, en buena medida, todavía gestionan o gobiernan los asuntos mundiales. Y ese es uno de los puntos en los que, a buen seguro, Estados Unidos (con la colaboración interesada de socios europeos que tampoco quieren perder cuota de poder a expensas de Pekín) intentará bloquear a su adversario. Sin olvidar, por supuesto, los esfuerzos que ya está realizando Donald Trump para que tanto India, como Japón, Corea del Sur y otros vecinos de China se afanen más aún para mejorar sus capacidades militares en el intento común por cerrar el paso a quien sueña ya con abrirse a los mares y océanos mundiales.

La pelota ya está en juego… y todavía no se sabe qué papel corresponde a la Unión Europea en el partido.

 

FOTOGRAFÍA: Imagen de Mao Tse-tung en la plaza de Tiananmen en Pekín (China). Foto: Jean Wang (CC BY-NC-ND 2.0)

 

EGY

Para elperiódico.com

El miedo lo pone el régimen golpista liderado por Abdelfatah al Sisi, sobreactuando al activar su maquinaria represiva para frenar la contestación social iniciada hace poco más de 10 días. Y para ello no tiene duda en detener a unas 2.000 personas (sumadas a las 60.000 que, en seis años, ya han pasado por la cárcel por sus posiciones críticas), cerrar internet, redes sociales y plataformas mediáticas, amenazar a periodistas para que no difundan lo que ocurre en las calles y organizar manifestaciones favorables al régimen a mayor gloria del dictador. El asco, el malestar, el hartazgo lo ponen los (aún escasos) egipcios que se han atrevido a manifestarse contra un gobernante que, desde su acceso al poder en el 2013, ha prohibido toda reunión pública de más de 10 personas, ha recortado aún más sus derechos y ni siquiera se ha ocupado de satisfacer sus necesidades básicas, hasta el punto de que un tercio de los 100 millones egipcios viven por debajo de la línea de pobreza.

Lo que ocurre en Egipto no es aún comparable con los millones de personas que se movilizaron en el 2011 para derribar a Hosni Mubarak. Pero, por un lado, la vuelta a las calles es una demostración de que la aparente mejora macroeconómica –sostenida por un préstamo de 12.000 millones de dólares del FMI y las ayudas de aliados tan poco recomendables como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí– no se ha traducido en  mayor bienestar para el conjunto de la población. Por otro, supone también un cambio en la opinión pública sobre Al Sisi, a quien  ya se criticó por entregar las islas de Tirán y Sanafri a Riad y por ser demasiado complaciente con Tel Aviv y al que ahora se ve cada vez más no solo como megalómano sino también, junto a su hijo Mahmoud, como implicado en negocios de contrabando entre el Sinaí y Gaza.

 

Responsables de turbios negocios

Esas críticas afectan también de manera muy directa a las fuerzas armadas, tradicionalmente percibidas como la institución más valorada. Así, en la treintena de videos que un singular personaje como Mohamed Ali –empresario colaboracionista durante muchos años, autoexiliado en España y con pretensiones de actor que, en el fondo, no parece ir mucho más allá de reclamar lo que dice que se le debe por proyectos no cobrados– viene difundiendo desde el 2 de septiembre aparecen señalados altos mandos militares como responsables directos de turbios negocios y de aumentar sus privilegios a costa del bienestar de los egipcios.

Cabría ver a Ali, más allá de su propia peripecia personal –que le está llevando, emborrachado del momentáneo éxito mediático de estos días, a hacerse pasar por un líder de masas con afán justiciero–, como un catalizador de un estado de opinión que ahora se dirige contra quienes hasta poco fueron tildados de salvadores de la patria.

La corrupción no es nueva en Egipto ni tampoco las penurias de la mayoría de la población. Pero el hecho de que ahora arranque nuevamente la protesta pública asusta a un régimen que basa su poder en el clientelismo y la represión a partes iguales. Y aunque cuente con el apoyo económico (1.300 millones de dólares al año) y político («es mi dictador favorito») de Washington y muchas otras capitales occidentales –visto como un actor instrumental en la pretensión de eliminar al islamismo de la escena política–, ni el castigo ni las migajas recibidas –mientras han aumentado exponencialmente los precios de la electricidad y la energía y se han reducido los subsidios– parece que sirvan para calmar los ánimos.

 

La responsabilidad de la UE

Peor aún. Es la violenta respuesta del régimen la que con mayor probabilidad puede disparar una oleada de movilizaciones que ponga en verdadero peligro a Al Sisi y sus acólitos. Y más si, como parece, se agrandan las disensiones entre unos servicios de inteligencia- la Agencia de Seguridad Nacional, el Servicio General de Inteligencia y la Inteligencia Militar- que, de forma cada vez más visible, parecen estar inmersos en su propia pelea corporativa para acaparar más poder a costa de quienes ven como adversarios.

Son los egipcios quienes tienen que decidir su propio futuro, pero también es considerable la responsabilidad que acumulan los gobiernos occidentales, y especialmente los de la Unión Europea. ¿Vamos a seguir apostando por gobernantes impresentables, pensando que nos basta con que acepten su papel subordinado en el juego geopolítico y geoeconómico, mientras garanticen por un tiempo la estabilidad, aunque sea a costa de su propia población? ¿Nos puede extrañar que así aumente el sentimiento antioccidental?

 

 

Fotografía: TRINO