LCE1

''Perspectiva geopolítica de una crisis no anunciada"

 

Frente al avance de la pandemia de COVID-19 en todo el mundo, un tercio de la humanidad ya queda confinada en su casa en la actualidad. Los intercambios internacionales, que se caracterizaron por un crecimiento sin limite en las últimas décadas, quedan de repente “congelados” poniendo en cuestión la globalización.

Por ello, desde el IECAH y La Casa Encendida se está llevando a cabo el ciclo virtual ''Una mirada hacia a un mundo en crisis''el cual parte de la idea de que solo una ciudadanía informada y concienciada puede asumir con entereza los costes y sumar las voluntades necesarias para encontrar la salida al túnel en el que nos encontramos actualmente. La primera sesión ''Perspectiva geopolítica de una crisis no anunciada, en la que contamos con Áurea Moltó de Política Exterior y Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del IECAH, está ya disponible.

 Las próximas sesiones se realizarán el jueves 2 de abril y el martes 7. La primera tratará sobre ''Las consecuencias humanitarias de una pandemia'' y la segunda estará centrada en ''¿Alguien dijo desastre? La reducción del riesgo en un entorno imprevisible''. Los próximos días publicaremos más detalles.

 

 

 

La pandemia del COVID-19 en perspectiva humanitaria. La respuesta de la ONU. Los retos para España

 

Francisco Rey Marcos 

 

 

La presentación ayer por parte del Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, de un plan coordinado de respuesta humanitaria mundial por un valor de 2.000 millones de dólares que servirá para luchar contra el coronavirus COVID-19 en algunos de los países más vulnerables del mundo, supone un hito muy importante en la historia de la ONU y en su compromiso humanitario. Desde que comenzara la pandemia en China durante el mes de enero de 2020 y comenzara su extensión a otras regiones, numerosas organizaciones humanitarias y de cooperación para el desarrollo en todo el mundo manifestaron su preocupación por los devastadores efectos que la expansión de la pandemia podía tener en los países empobrecidos y con frágiles sistemas de salud. Lamentablemente, estas previsiones se están confirmando y, aunque por el momento, la pandemia está afectando sobre todo en Europa y Asia, los datos hablan de una rápida expansión en África y América Latina. 

 

Por ello, la decisión presentada ayer por la ONU de un Plan de Respuesta Humanitaria Global COVID 19 es muy importante al abordar con decisión las consecuencias de la pandemia en contextos en los que ya existían planes de respuesta humanitaria que se van a ver complicados por el coronavirus. Tras matar a más de 19.000 personas en todo el mundo y con más de 400.000 casos notificados, el virus está presente en todo el mundo y, en estos momentos, está llegando a países que previamente se enfrentaban a crisis humanitarias debido a conflictos, desastres naturales y el cambio climático. Hace unos días, el propio Secretario General había realizado un solemne llamamiento para la paralización de los conflictos armados mediante un alto el fuego global en el que se "Silencien las armas; detengan la artillería; pongan fin a los ataques aéreos". 

El plan coordinado por las agencias de las Naciones Unidas en colaboración con las ONG y los Estados consiste en: 

 

  • Entrega de equipos de laboratorio necesarios para analizar el virus y suministros médicos para tratar a las personas
  • Enstalación de puestos de lavado de manos en los campamentos y asentamientos
  • Lanzamiento de campañas de información pública sobre cómo protegerse a sí mismo y a los demás del virus
  • Establecimiento de puentes aéreos y centros de distribución en África, Asia y América Latina para trasladar a los trabajadores y suministros humanitarios a los lugares donde más se necesitan 
 

En la presentación del Plan, António Guterres destacó que el coronavirus COVID-19 representa una amenaza para toda la humanidad “y la humanidad entera tiene que plantarle cara. No basta con la respuesta individual de cada país”. También recordó que el virus está llegando a países que sufren crisis humanitarias causadas por conflictos, desastres naturales y el cambio climático. 

 

“Esas personas no tienen un hogar en el que puedan practicar el aislamiento social o aislarse. Les falta agua limpia y jabón para realizar el acto más básico de protección personal contra el virus: lavarse las manos. Si se enferman de gravedad, no tienen forma de acceder a un sistema de salud que pueda ofrecerles una cama de hospital y un ventilador”, declaró. Por esa razón, el Secretario General considera una obligación ayudar a los millones de personas vulnerables o con escasos recursos para protegerse. 

 

"Es una cuestión de solidaridad humana básica. También es crucial para combatir el virus (…) Es el momento de dar un paso al frente por quienes sin vulnerables", destacó. Al mismo tiempo, Guterres resaltó la necesidad de mantener el apoyo a los planes de respuesta humanitaria puestos en marcha previamente ya que 100 millones de personas dependen de ellos. “El desvío de esos fondos podría acarrear consecuencias catastróficas, como una mayor propagación del cólera, el sarampión y la meningitis, mayores niveles de malnutrición infantil y el menoscabo de la capacidad de esos países para combatir el virus”, finalizó el Secretario General. 

 

Por su parte, el Vicesecretario General para Asuntos Humanitarios y responsable de OCHA, Mark Lowcockpidió a los Gobiernos que se comprometan a apoyar el plan de respuesta, que requiere 2.000 millones de dólares para los próximos nueve meses a partir de abril, e insistió sobre la necesidad de continuar apoyando los planes de respuesta humanitaria existentes, como señaló el Secretario General. 

 

Como puesta en marcha del plan, Lowcock desbloqueó 60 millones de dólares adicionales del Fondo Central de Respuesta a Emergencias de las Naciones Unidas (CERF). Este monto se suma a los 15 millones liberados previamente en respuesta a la pandemia de COVID-19. 

 

"Esta nueva asignación, una de las mayores jamás realizadas por este Fondo, servirá para apoyar el traslado de trabajadores y suministros de ayuda, la protección de los más afectados por la pandemia -incluidas las mujeres y las niñas, los refugiados y los desplazados internos- y los servicios de agua y saneamiento". 

 

El caso español 

 

En la Cooperación Española aún no se conoce de modo claro el enfoque que se va a adoptar en la respuesta a esta crisis. La Secretaria de Estado de Cooperación Internacional, Ángeles Moreno Bau declaró ayer que la Cooperación Española “va a reorientar su cooperación para el desarrollo hacia este tema” pero aún no se conocen en profundidad los compromisos e implicaciones que eso puede tener. 

 

En los próximos días esperamos que se vayan concretando estas cuestiones y desde el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria realizaremos un seguimiento de la cuestión. Y colaboramos ya con las ONG implicadas en el asunto. La acción humanitaria de nuestro país debe estar a la altura de la situación y como decíamos en artículos anteriores  “situarse en el lugar que una sociedad solidaria como la nuestra merece. Ni más, ni menos.

 

FOTOGRAFÍA: UNPHOTO/MANUEL ELIAS

 

 

 

Para Blog Elcano.

 

No es precisamente credibilidad lo que más le sobra a la Unión Europea (UE) y la pandemia del COVID-19 puede ser la puntilla para despilfarrar la que aún le queda o, como sería deseable, para remontar a los ojos de una ciudadanía de 460 millones de personas que esperan angustiadas a que demuestre su utilidad frente a un riesgo de este calibre.

En lo que llevamos de siglo la UE ha acumulado más sombras que luces. Entre las segundas tan solo cabe destacar la unidad demostrada ante Londres en la suicida salida británica del club comunitario (a la espera de lo que ocurra en la negociación de la relación futura). Pero entre las primeras es imposible ocultar tanto el efecto pernicioso de la postura adoptada tras el 11-S (“nueva y vieja Europa”, ampliando aún más la brecha entre europeístas y atlantistas), como el derivado de la crisis económica que estalló en 2008 (salvando a unos pocos y dejando atrás a muchos más, con el consiguiente impulso a unas opciones populistas que ponen abiertamente en cuestión el proyecto comunitario) y, más recientemente, con la vergonzosa, insolidaria e ineficaz respuesta dada en 2015-16 a los millones de desesperados que llamaban a las puertas del club más exclusivo del planeta (repetida desgraciadamente ahora mismo a las puertas de Grecia).

Si a eso se une la irresponsable tendencia de los gobiernos nacionales a presentar a Bruselas como “la bruja del cuento” ante sus respetivas opiniones públicas –culpándola simultáneamente de inoperante y de imponer medidas impopulares, a su conveniencia–, se hace aún más difícil ya no solo contrarrestar el auge del antieuropeísmo y euroescepticismo sino, mucho más, alimentar el necesario apoyo ciudadano para completar el camino pendiente para llegar a convertirse realmente algún día en un actor de envergadura mundial. Y así resulta cada vez más difícil dar contenido a ambiciosas proclamas, como la autonomía estratégica que se menciona en la Estrategia Global de 2016, o lograr la verdadera unión política.

Por eso ahora, cuando la Unión se ha convertido en el foco principal de la pandemia (con China y Corea del Sur en aparente rumbo de salida), resulta aún más relevante estar a la altura de las circunstancias. El coronavirus no conoce fronteras, religiones, etnias ni nacionalidades. Nos afecta a todos por igual y las capacidades nacionales no resultan suficientes para hacerle frente; menos aún si, como ya está ocurriendo en algunos casos, las estrategias de respuesta llegan incluso, como acaba de decidir Grecia, se llega incluso al cierre de fronteras. Dicho en pocas palabras: nos la jugamos. Nos jugamos nuestra salud, nuestro bienestar económico, nuestra estabilidad política y la unidad de la Unión.

Y por eso decepciona sin paliativos lo que hasta ahora han llegado a hacer los Veintisiete. La reunión del Consejo de Ministros de Sanidad, celebrada el pasado 6 de marzo, no sirvió ni siquiera para contrarrestar la primera reacción francesa y alemana, vetando la exportación de mascarillas y material médico a otros países de la Unión, mientras ya en Italia la expansión estaba poniendo a prueba a su sistema sanitario (una medida que finalmente ambos retiraron el día 13). Tampoco fue mucho mejor el balance de la reunión (por videoconferencia) del Consejo Europeo, celebrada el día 10, con anuncios de escasa concreción operativa y llamadas a la coordinación igualmente difusas. En el terreno sanitario no se han llegado a establecer directrices operativas para coordinar la respuesta, fijando medidas comunes sobre pruebas a realizar a los posibles contagiados, modalidades de cuarentena y de distancia social para, como elemento prioritario, “aplastar la curva” (es decir, reducir la expansión para no colapsar los sistemas sanitarios). Tampoco se han adoptado decisiones que garanticen el suministro de material dónde sea necesario y aseguren el funcionamiento de los sistemas sanitarios.

Asimismo, en el terreno económico nadie puede creer que con los 25.000 millones de euros de fondos estructurales no empleados hasta ahora se va a poder salir del paso; mientras el Banco Central Europeo ha enviado un mensaje escasamente tranquilizador. Nada se sabe a estas horas de medidas que aseguren la garantía de suministros de bienes para cubrir las necesidades de los consumidores y la actividad del tejido productivo, cuando se ya se hace bien visible la disrupción de las cadenas de producción (derivada en buena parte del impacto de la crisis en China, la fábrica del mundo). Vivimos ya sumidos en una crisis de oferta (con trabajadores y empresas noqueados profundamente) y de demanda (con los consumidores encerrados en sus domicilios, reduciendo su gasto tanto por voluntad propia como forzados por las circunstancias), sin olvidar la financiera (como bien está mostrando el descalabro de las bolsas, ¿quién se atreve a invertir ahora mismo?). En resumen, en un nuevo giro hacia posiciones ultranacionalistas, la recesión está a la vuelta de la esquina y no vale decir que la pandemia ha sido sobrevenida, cuando ya desde finales de 2019 se hizo presente en China. Si la UE, que cada vez necesitamos más, no da un paso al frente, las consecuencias van a ser aún más dramáticas. ¿Cuánto más podemos seguir esperando?

 

FOTOGRAFÍA: Urusula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, durante la rueda de prensa tras la videoconferencia de los líderes de la Unión Europea (10/3/2020). Foto: ©European Union, 2020

 

 

MBS

 

Para ElDiario.es

A Mohamed bin Salman (MbS) le han vuelto a entrar las prisas. Con la clara intención de garantizar su sucesión al trono que su debilitado padre, Salman bin Abdulaziz, ostenta desde 2015, el flamante príncipe heredero ha dedicado el pasado fin de semana a dar dos golpes más sobre la mesa que se explican en esa clave.

Por un lado, ha vuelto a lanzar (aunque sea su padre quien ha firmado las órdenes) una purga contra posibles rivales para acceder al trono. De un solo golpe, y como continuación a la que realizó en noviembre de 2017 –cuando encerró en el lujoso hotel Ritz-Carlton a decenas de príncipes, altos cargos y empresarios–, ha detenido a figuras tan destacadas como los príncipes Ahmed bin Abdulaziz, hermano del actual monarca y principal crítico interno a MbS; Nayed bin Ahmed bin Abdulaziz, hijo del anterior y hasta ahora jefe de las fuerzas terrestres; Mohamed bin Nayef, desplazado por el propio MbS como heredero en junio de 2017; y Nawaf bin Nayef, hermano menor del anterior. Todos ellos han sido acusados de estar perpetrando un golpe de Estado en contacto con actores extranjeros sin identificar.

El movimiento de MbS delata su creciente nerviosismo en un entorno definido por las malas noticias que se acumulan a su alrededor y que cuestionan directamente su figura. Su imagen, de hecho, ya está a estas alturas muy tocada, tanto por su impronta personal de autoritarismo, que niega de raíz sus supuestas ansias liberales, como por su nefasta gestión de la campaña militar en Yemen y por su implicación personal en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi.

En términos económicos el pasado año se cerró con un raquítico crecimiento del 0,3% (una décima menos de lo previsto y muy lejos del 2,4% del año anterior) y en estos últimos días las acciones de Aramco han caído un 9,1%, poniendo en peligro su salida a bolsa y, más aún, el futuro de la ambiciosa Visión 2030 que pretende desligar el futuro económico del reino de su alta dependencia de los hidrocarburos.

A eso se suma el temor político de que Donald Trump no sea reelegido en noviembre o, lo que es lo mismo, que pueda ocupar la Casa Blanca un candidato demócrata, sea Joe Biden o Bernie Sanders, abiertamente críticos con el régimen absolutista.

En consecuencia, MbS acelera el proceso para llegar al trono antes de que su padre fallezca. Calcula que su pronta abdicación le permitiría no solo actuar como anfitrión de la cumbre del G-20 prevista para el próximo noviembre en Riad, sino, sobre todo, librarse del peliagudo trance de someterse al Hay’at al-Bay‘ah, el Consejo de la Lealtad, conformado por 34 selectos miembros de la Casa Real al que le corresponde ratificar el nombramiento del nuevo monarca y entre los que aún se mueven rivales y opositores.

Simultáneamente, y también en clave fundamentalmente de economía interna, MbS ha decidido forzar los mercados petrolíferos con la esperanza de sacar tajada en varias direcciones. Es cierto que, en las condiciones actuales, con una producción diaria de 9,7 millones de barriles y un precio del barril que la semana pasada rondaba los 52-55 dólares, el presupuesto saudí podía salir adelante (siempre que no baje, en principio, de los 40 dólares).

Sin embargo, las perspectivas eran sombrías y aún más tras el rechazo ruso a la reducción de producción propuesta por Riad: recorte de un millón de barriles por parte de la OPEP y de otro medio millón por parte de Rusia y países asociados al acuerdo logrado en el marco de la OPEP+ en diciembre de 2018.

El objetivo de Riad era provocar un cambio de tendencia en unos precios que ya apuntaban a la baja, pero el camino elegido, en un gesto que parece más un diktat saudí como respuesta a la humillación rusa a sus pretensiones, deja ahora abierto el camino a una guerra de precios en la que cabe esperar una pronta reacción rusa. En lugar de reducir la producción, tal y como proponía al principio, Arabia Saudí ha optado por la senda contraria y ha comenzado a ofrecer descuentos a sus clientes asiáticos y planea intensificar su bombeo.

En todo caso, la respuesta saudí ha golpeado brutalmente a unos mercados ya sumidos en el pánico provocado por el impacto económico del coronavirus, generando una espiral descendente para la que no se adivina el final. La cotización del petróleo cayó el lunes casi un 25% en la que fue la peor jornada para el crudo desde la primera guerra del Golfo (1991)

Mientras tanto, Riad ofrece sustanciosos descuentos a sus clientes (lo que ha llevado los precios del barril a apenas 27 dólares), en un intento por acaparar una mayor cuota de mercado a costa de sus competidores. Al mismo tiempo que esa decisión aspira a doblegar la resistencia rusa (teniendo en cuenta que Moscú había calculado en su presupuesto para este año un precio medio del barril de petróleo de 57,7 dólares), también pretende arruinar en lo posible a los productores estadounidenses de fracking (dado que con precios tan bajos sus explotaciones resultan insostenibles) y hasta enfriar las expectativas de negocio de los productores de vehículos eléctricos y de fuentes de energía alternativa.

La apuesta es muy arriesgada porque hace ya mucho que ni Riad ni la OPEP (aun suponiendo que todos sus miembros se alineen con los saudíes) tienen el peso suficiente para imponer sus deseos en el mercado mundial. Pero MbS parece decidido a mantener el pulso mientras se prepara para gestionar la multitudinaria peregrinación del Hajj en un entorno afectado muy directamente por el coronavirus.

 

FOTOGRAFÍA: El príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, se reúne el pasado noviembre con el príncipe heredero de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed. Saudi Press Agency / dpa

 

Para Blog Elcano.

 

Aunque Zalmay Khalilzad –enviado especial de Washington para Afganistán desde 2018– llegue en el último minuto a evitar el esperpento, el daño ya está hecho. Hoy mismo, a horas prácticamente coincidentes y a escasos metros uno del otro, Ashraf Ghani y Abdullah han invitado a propios y extraños a las ceremonias en las que ambos se presentarán como el único presidente legítimo de Afganistán. Un cargo que, simultáneamente, también reclama para sí el líder de los talibanes, el mulá Hebatulá Ajundzada, que considera a los dos mencionados anteriormente como simples marionetas de Estados Unidos.

El tándem Ghani-Abdullah fue el resultado de un acuerdo cocinado directamente por Washington en 2014, al margen del resultado electoral, que permitió evitar el choque directo entre ambos políticos pero que nunca logró que ambos sumaran fuerzas en pro del país. Y esa situación se ha repetido tras las elecciones del pasado 28 de septiembre. Cabe recordar que, en un país de unos 35 millones de habitantes, tan solo 9,6 se registraron para poder ejercer su derecho de voto –en una muestra flagrante de desinterés por unas elecciones y unos gobernantes vistos como ajenos a la realidad del país e impotentes para encarar una mínima senda de desarrollo y estabilidad que saque a Afganistán del pozo en el que lleva hundido al menos desde 1979. Finalmente, argumentando distintas irregularidades, solo se tomaron en cuenta 1,8 millones de los 2,7 emitidos; lo que habla sobradamente de la escasa representatividad de quienes ahora reclaman el poder en Kabul. Aun así, hubo que esperar al 18 de febrero para que la Comisión Electoral Independiente terminara por proclamar la victoria de Ghani (con un 50,64% de los votos), inmediatamente contestada por Abdullah (quien habría recibido el 39,52%).

Y todo eso ocurre a dos días del inicio de las conversaciones intra afganas, también recogidas en el acuerdo del pasado 29 de febrero en Doha, firmado entre Estados Unidos y esos mismos talibanes que en su origen (primeros años noventa) fueron bienvenidos para intentar pacificar el país años después de la retirada soviética, luego (11-S) demonizados por su alianza con al-Qaeda y ahora nuevamente admitidos como interlocutores válidos. Suficientemente clarificador resulta el hecho de que, tras la firma, el propio presidente Donald Trump haya mantenido una conversación telefónica con el mulá Abdul Ghani Baradar, el mismo que Washington detuvo en 2010 y que ahora acaba de firmar el acuerdo con Khalilzad.

Un acuerdo, que arranca con un cese de hostilidades incumplido desde el primer minuto, con el que Trump trata de ocultar una derrota sin paliativos en una guerra cuyo inicio se remonta a octubre de 2001, en la que se ha despilfarrado más de un billón de dólares, han muerto más de 100.000 civiles solo en la última década y más de 3.500 militares de ejércitos extranjeros (de ellos unos 2.500 estadounidenses). Una guerra que en buena medida da la razón al comandante talibán que sostenía ante sus interlocutores occidentales que “ustedes tienen el reloj, pero nosotros tenemos el tiempo”. Por eso ahora, mientras los talibanes se aprestan a quedarse con buena parte de la tarta del poder (si no con toda ella), Washington se compromete a retirar sus tropas en 14 meses (5.000 en los próximos 135 días y los 8.000 restantes antes de que se cumpla ese plazo), sin que quede claro si los talibanes le permitirán mantener algún contingente en misiones contraterroristas (al-Qaeda y Dáesh son realidades bien notorias, como lo demuestra el atentado que ha causado una treintena de muertos en un acto al que asistía Abdullah, apenas una semana después de la firma del acuerdo).

Siendo realistas resulta una pura ensoñación suponer que, por su parte, los talibanes van a esforzarse por evitar, en el territorio bajo su dominio, que los yihadistas puedan moverse a sus anchas. Y esto no solo porque hasta ahora sus vínculos se han reforzado de tal manera que, aun deseándolo, resulte muy difícil romperlos e imponerse por la fuerza a sus antiguos aliados; sino también porque existen muchas dudas sobre la capacidad que tiene hoy Ajundzada para imponer su voz entre sus diferentes y no siempre bien avenidos comandantes locales. Lo mismo cabe decir de la previsión de proceder a la liberación de unos 1.000 prisioneros que tienen en sus manos, a cambio de que el gobierno afgano haga lo propio con unos 5.000 miembros del movimiento yihadista (el presidente Ghani, razonablemente despechado por no haber podido ni siquiera participar en un proceso de negociación en el que se han tomado decisiones que le incumben muy directamente, ya se ha apresurado a mostrar su rechazo a abrirles las puertas).

En definitiva, el acuerdo le sirve a Trump en clave electoral, saliendo de lo que él mismo denomina “guerras sin sentido”, aunque eso signifique dejar el país a su suerte. También les sirve a los talibanes, al verse legitimados por Washington y, sobre todo, al ver más cerca el momento en el que puedan volver a reinar en Afganistán. Por el contrario, es obvio que no les sirve a los afganos, cuyo bienestar, seguridad y derechos va a empeorar a buen seguro, aunque solo sea en la medida en que la fragmentación que define al ya mencionado dúo Ghani-Abdullah debilitará aún más la posición que quien finalmente logre ser reconocido como presidente en las conversaciones/negociaciones que previsiblemente empiezan ahora.

 

FOTOGRAFÍA: Firma del acuerdo de Doha (29 de febrero) con la participación de Mike Pompeo (secretario de Estado de EEUU), Zalmay Khalilzad (enviado especial de EEUU para Afganistán) y el mulá Abdul Ghani Baradar. Foto: Ron Przysucha / U.S. Department of State (Dominio público)