Puerto de la isla de Ormuz, Irán. Foto: Ninara (CC BY 2.0). Blog Elcano

Para el Blog Elcano 

No va a haber guerra, si por eso se entiende un choque frontal directo entre las maquinarias militares de Washington y Teherán.

Corea del Norte realiza un nuevo ensayo de misiles balísticos, según Seúl

Para eldiario.es

 

Estados Unidos se opone a que Ankara adquiera una batería de misiles antiaéreos rusos S-400. Ankara aduce que fue el rechazo de Washington a venderle sistemas Patriot lo que le llevó a iniciar la negociación con Moscú


EEUU ha amenazado con expulsar a Turquía del programa del avión de combate polivalente de quinta generación F-35 Lightning II


Hasta ahora la sangre nunca ha llegado al río, pero las relaciones entre Turquía y Estados Unidos, aliados en la OTAN, acumulan ya una dosis de tensión tan alta que muy pronto pueden acabar por echar por tierra no solo los vínculos que ambos países han ido desarrollando desde los primeros tiempos de la Guerra Fría, sino también la posición de Turquía dentro de la Alianza Atlántica. El más reciente desencuentro se resume en la oposición total de Washington a que Ankara adquiera dos baterías de misiles antiaéreos rusos S-400. Hasta aquí ambos han llegado siguiendo una larga secuencia de recriminaciones mutuas que incluyen, por una parte, los resquemores acumulados por Washington ante la reticencia turca a prestar su territorio en las campañas militares estadounidenses en Afganistán e Irak y, por otra, los sumados por Ankara ante la falta de respuesta estadounidense a sus reclamaciones de extradición del clérigo Fethullah Gülen y de dejar de apoyar a las milicias kurdas sirias (Unidades de Protección Popular). Por eso, lo que ahora pretende un Erdogan cada vez más incómodo en la OTAN y más cercano a Rusia, puede desembocar en un escenario con alto contenido desestabilizador.

La obvia inseguridad turca ante los efectos contaminantes de la creciente violencia regional, y más específicamente de la derivada del conflicto sirio, llevó a Turquía a plantearse la necesidad de contar con un sistema de defensa antiaéreo avanzado, consciente de que el despliegue temporal de baterías españolas (con Patriot) e italianas (con SAMP/T) en su suelo, desde 2015, no resolvía en ningún caso el problema. En esa búsqueda de medios propios, Ankara aduce que fue el rechazo de Washington a venderle sistemas Patriot (y también de París y Roma, reacias las tres capitales a rebajar el precio y transferir tecnología a Ankara) lo que le llevó a iniciar la negociación con Moscú. Y ahora, cuando ya en septiembre de 2017 se firmó el acuerdo y se realizó un pago por adelantado (de un contrato de ronda los 2.500 millones de dólares) y hay personal militar turco instruyéndose en el manejo de los misiles S-400 en suelo ruso, es cuando Washington ha terminado por elevar el tono con la intención de evitar lo que percibe como una amenaza directa a su propia seguridad. Para entender mejor el problema hay que recordar que Turquía está también integrada en el programa del avión de combate polivalente de quinta generación F-35 Lightning II, liderado por Lockheed Martin, y en el que también figuran Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia y Países Bajos, además de Australia, Canadá, Dinamarca y Noruega, en un segundo nivel (en el que también está Turquía). El F-35, ya operativo a pequeña escala, está llamado a ser el principal sistema aéreo de la OTAN en las próximas décadas (EE UU prevé dotarse de unas 2.500 unidades). Y el hecho de que Turquía (que ya ha invertido más de 1.000 millones de dólares, que fabrica más de 900 partes del avión y que prevé comprar un centenar de aparatos) disponga al mismo tiempo de este sistema aéreo y de unos misiles antiaéreos rusos diseñados precisamente para (entre otras cosas) hacerle frente, otorga no tanto a Ankara, sino sobre todo a Moscú, una oportunidad única para explorar todas las características y vulnerabilidades del avión, con vistas a extraer lecciones muy valiosas en futuros escenarios conflictivos.

Ante la amenaza que eso supone tanto para la aviación estadounidense como aliada, el secretario de Defensa en funciones, Patrick Shanahan, envió el pasado 6 de junio una misiva a su homólogo turco, Hulusi Akar, en la que Washington determina que, si Turquía no cambia de opinión, el próximo 31 de julio los 42 pilotos turcos que actualmente se están instruyendo en bases de Arizona y Florida tendrán prohibido el acceso.

Además, se especifica que Ankara queda fuera del programa y que si recibe los misiles antes de la fecha citada para la salida de los pilotos, todo el proceso se acelerará en consecuencia. Por último, Washington insiste en que no habrá entrega de los F-35 (ni siquiera de los cuatro ya comprometidos a muy corto plazo), que inmediatamente se buscarán otros suministradores para suplir la falta de empresas turcas (sobre todo en piezas del fuselaje y del tren de aterrizaje) y que, en todo caso, si Ankara da marcha atrás se puede volver a reactivar la oferta de los Patriot (valorados en unos 3.500 millones de dólares).

Parece difícil que Erdogan ceje en su empeño cuando él mismo se ha encargado de ir endureciendo el tono, argumentando que se trata de un contrato firme y que, en última instancia, considera que no hay peligro alguno por disponer simultáneamente de S-400 rusos y de F-35. Por su parte, Putin no pierde la oportunidad de aumentar las fracturas internas de la Alianza, ofreciendo a Turquía no solo la cofabricación del S-400 sino también la del futuro S-500 Prometei (todavía en desarrollo) y negociar la venta de aviones Su-57 o Su-35 (como posibles sustitutos de los F-35). Queda por ver si Trump, que en este caso tiene el apoyo de ambos partidos en el Congreso y en el Senado, está dispuesto a llegar al final, rompiendo con un aliado que, por muy incómodo que sea, tanto EEUU como la OTAN siguen necesitando –Turquía es la segunda potencia militar de la OTAN solo por detrás de Washington–.

También queda por ver si Erdogan acaba cayendo en brazos de Putin –con quien ha aceptado entenderse en Siria, pero del que le separan los intereses estratégicos de ambos países–, enfrentándose a las previsibles represalias de sus hasta ahora aliados cuando la economía turca está en una situación tan delicada.

 

FOTOGRAFÍA: Aumenta la tensión entre Turquía y EEUU. Extraida de eldiario.es

El futuro de África, una zona de libre comercio

Para elperiódico.com

Mal acostumbrados a que las escasas veces que África ocupa el espacio mediático occidental lo haga para reforzar los tradicionales estereotipos negativos sobre su generalizado subdesarrollo y violencia, puede hasta chocar que en esta ocasión sea por algo que solo cabe considerar en principio como positivo: la entrada en vigor del tratado para la creación de un Área Continental Africana de Libre Comercio (ACALC).

A contracorriente de los aires proteccionistas que nos llegan de Washington, y como resultado de un proceso que la Unión Africana inició en 2012, el pasado 30 de mayo se puso en marcha el intento más ambicioso para crear la mayor zona de libre comercio del planeta, que incluye a 52 países (solo Benín, Eritrea y Nigeria quedan de momento al margen) con un PIB conjunto de unos 3 billones de dólares y unos 1.200 millones de personas. Conscientes de su debilidad individual en el entorno globalizado que nos toca vivir y de su histórica subordinación a intereses foráneos (hoy con el añadido de China), parece que finalmente los mandatarios africanos van camino de superar buena parte de las fracturas que caracterizan a un continente en el que la huella occidental todavía es muy poderosa, para poder atender así mejor a los desafíos que les aguardan.

Los desafíos del continente

El listado de dichos desafíos es realmente abrumador, empezando por el que supone satisfacer las necesidades básicas y garantizar la seguridad de una población que llegará a los 2.500 millones de habitantes a mitad de siglo. A eso se suma el hecho de que África, aún siendo el continente que menos contribuye al cambio climático, es el más expuesto a sus consecuencias. Y lo mismo cabe decir cuando se piensa en cómo poner fin a su alto nivel de violencia (con 16 de las guerras que la Escola de Cultura de Pau recoge en su informe 'Alerta 2019', y 33 de los 83 escenarios de tensión a nivel mundial), su falta de infraestructuras físicas, de transporte y de telecomunicaciones (que dificultan tanto su comercio como su apuesta por la innovación) y su debilidad institucional (con preocupantes tendencias autoritarias).

Con esa idea en mente, la ACALC plantea un desarme arancelario general del 90% para casi todos los bienes y servicios que se intercambien dentro del continente; lo que debería suponer, según las previsiones de sus promotores, un incremento del comercio intraafricano de hasta el 52% en 2022 (frente al 12% actual). Del mismo modo, sus impulsores auguran un notable incremento de la industrialización del continente y de la diversificación de la estructura productiva, así como de la inversión extranjera. Y la ambición del proyecto no solo se circunscribe al ámbito económico- que contempla una futura unión aduanera, un mercado común, una zona de libre movimiento de capitales y una unión monetaria-, sino que también aspira a lograr el libre movimiento de personas (con un pasaporte común a todos los africanos), aunque la plasmación de este objetivo quede para más adelante (en esta primera etapa solo se contempla para los viajeros de negocios).

Confianza en el futuro

Es un hecho que África importa cada vez más, como lo demuestra que en el periodo 2010-2016 se hayan abierto más de 320 embajadas en el continente. Pero eso no significa necesariamente una buena noticia, dado que ese mismo interés geopolítico y geoeconómico, como la historia ya ha demostrado tantas veces, puede traducirse en una nueva tragedia. África, tanto en términos de capacidades humanas como de recursos físicos de todo tipo, no es un continente pobre, sino empobrecido por la codicia de actores externos e internos más centrados en la consecución de sus propios beneficios que en la suerte de quienes lo habitan. Es cierto que África solo supone el 3% del comercio mundial, pero también lo es que tiene prácticamente todo lo necesario para encarar su futuro con confianza. Solo falta la voluntad política, tanto de las potencias que hasta ahora han dominado su andadura como de muchos de sus propios gobernantes, que le ha impedido explotar sus potencialidades al servicio de su propia gente.

Un planteamiento de esta dimensión necesita, obviamente, años para alcanzar sus objetivos. Y aunque haya muchos interesados en que llegue a buen puerto, también lo son los que tratarán de desbaratarlo o aprovecharlo en su propio beneficio. De momento aún hay que esperar a que Nigeria termine por incorporarse y a que, en la cumbre de jefes de Estado prevista para el próximo 7 de julio, en Niamey (Níger), se confirme la activación de etapa operativa del tratado. Y luego ya veremos.

 

Fotografía extraída de El Periodico.

Para el Institut de Formació Contínua - IL3. Universitat de Barcelonarnelogo

 

Nueva llamada a las urnas en Israel: Netanyahu a la desesperada. El primer ministro de Israel, Benjamin Nentanyahu, durante una entrevista con la CNN en 2011. Foto: IsraelinUSA (CC BY 2.0). Blog Elcano

Para el Blog Elcano 

Ya es un clásico en Israel que ningún gobernante complete una legislatura y que los gobiernos sean siempre de coalición entre varios partidos