Actualidad

Próximos diplomas, cursos virtuales y semipresenciales en la primera mitad de 2020

 

BERLÍN

 

Para Blog Elcano.

 

Los sucesivos fracasos cosechados para poner fin al conflicto que, con diferentes niveles de intensidad, vive Libia desde 2011 explican la cautela de Berlín a la hora de convocar la conferencia que ayer reunió a los máximos representantes de los dos principales bandos enfrentados: Fayed al Serraj, al frente del Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN) reconocido por la comunidad internacional, y Khalifa Haftar, líder de la milicia más poderosa del país, el Ejército Nacional Libio, y verdadero hombre fuerte del escenario político y militar libio. Sin llegar a sentarse a la misma mesa, ambos han estado acompañados de altos mandatarios de los países más implicados en el conflicto libio, con un triple objetivo: consolidar un cese de hostilidades, evitar la injerencia de actores externos en la resolución del conflicto y reactivar el proceso político para alcanzar la paz. A la vista del comunicado final no hay nada que no haya sido dicho ya en iniciativas y conferencias anteriores; desgraciadamente con nulo o muy escaso resultado.

Los antecedentes más inmediatos no invitaban al optimismo, una vez que Haftar desairó al propio Vladimir Putin y a Recep Tayyip Erdoğan al no estampar su firma en el documento que Moscú y Ankara habían pergeñado la semana anterior, en un ejercicio que mostraba a las claras que ambos gobiernos son hoy los referentes principales en juego. Y si el mariscal rebelde –apoyado política y militarmente por Arabia Saudí, EAU, Egipto, Francia y Rusia– se ha atrevido a tanto es porque no comparte el mantra ya habitual al referirse a Libia, según el cual “no hay solución militar para el conflicto”. Haftar cree que sí hay un camino hacia la victoria (que no equivale a la paz) gracias a su superioridad en el campo de batalla. Una superioridad que le ha permitido no solo controlar la Cirenaica, sino también la región de Fezzan hasta que, en abril del pasado año, consideró que estaba en condiciones de hacer lo propio con la Tripolitania y tomar finalmente la capital, derribando así al debilitado gobierno de Serraj –respaldado tan solo por Italia, Qatar y Turquía.

Haftar no solo cuenta con más y mejores apoyos, sino también con el control de los importantes yacimientos de hidrocarburos del país –los mismos que el pasado día 18 bloqueó, provocando una caída de la producción nacional de los 1,3 millones de barriles diarios a tan solo 0,3; o, lo que es lo mismo, generando unas pérdidas de 55 millones diarios a las arcas del Banco Central de Libia que, actualmente, es la única vía para evitar el colapso total del país. A pesar de todo ello era obvio que, hasta septiembre pasado, la victoria se le seguía resistiendo, hasta que Putin decidió implicarse más fondo, facilitando la llegada de hasta unos 2.500 mercenarios del Grupo Wagner que le han permitido a Haftar llegar al punto actual.

Visto así, parecería que la decisión de Erdoğan de desplegar tropas propias (y, sobre todo, centenares de milicianos sirios proturcos) en apoyo de Serraj es tardía y hasta equivocada. Resulta evidente que los centenares de refuerzos turcos no servirán para dar un vuelco total a la situación, con Serraj cada vez más impotente en manos de unas milicias que solo comparten su animadversión a Haftar. Pero eso sería olvidar que el objetivo de Erdoğan no es tanto posibilitar la imposible victoria de su aliado local como defender sus propios intereses en Libia y mantener las relaciones con Moscú (Erdoğan ni se va a enfrentar militarmente a Putin por defender a Serraj ni se va a implicar tanto como para empantanarse en un escenario de muy difícil salida). Y bajo esta óptica cobra más sentido que haya dado un paso tan criticado –aunque solo sea porque viola el embargo de armas decretado en su día por la ONU–, con tal de aumentar sus opciones para, al menos, lograr un puesto en cualquier foro negociador que se pueda establecer, tanto para intentar recuperar parte de los fondos que ya comprometió en Libia antes de su actual derrumbe (estimados en más de 16.000 millones de dólares), como para reservarse un trozo de la tarta que se vaya a repartir a continuación y para potenciar sus posibilidades de participar en la explotación de los recursos energéticos que pueda haber en el subsuelo marino del Mediterráneo Oriental (gracias al controvertido acuerdo que firmó en noviembre pasado con el GAN).

Por su parte, Putin ha logrado, como ya hizo anteriormente en Siria, erigirse en la referencia principal en el intento por poner fin al conflicto libio, en un claro contraste con la imposibilidad del enviado especial de la ONU, Ghasam Salamé, de hacerse oír y, por supuesto, con los vaivenes de la Casa Blanca (en abril apoyó abiertamente la ofensiva de Haftar por considerarla alineada con la lucha contraterrorista estadounidense, aunque estaba atacando a grupos, como las milicias de Misrata, que se habían distinguido al lado de Washington en la eliminación de grupos yihadistas asociados a Daesh) y de la misma Unión Europea, anulada en gran medida por las posiciones enfrentadas que Francia e Italia mantienen al respecto.

Precisamente, con la invitación a Berlín, Angela Merkel ha pretendido recuperar el tiempo y la imagen perdidas, sumándose a los esfuerzos de la ONU. Aun así, inevitablemente sus palabras suenan un tanto ilusorias cuando dice que se trata de evitar la internacionalización del conflicto libio (cuando eso ya es un hecho) y el suministro de armas a los combatientes (cuando eso se viene produciendo en claro desaire al Consejo de Seguridad desde 2011). Esto sí es llegar tarde y arrastro.

 

FOTOGRAFÍA: Vladimir Putin, Angela Merkel, Emmanuel Macron (sentado, de espaldas) y Abdelfatah al-Sisi en la Conferencia Internacional sobre el conflicto libio en Berlín (19/1/2020). Foto: Kremlin.ru (CC BY 4.0)

 

 

IRAN-EEUU

 

Para Blog Elcano.

 

El asesinato del poderoso general Qasem Suleimani a manos de Washington supone un salto cualitativo en el enfrentamiento que, ya desde 1979, mantienen Washington y Teherán. Desde entonces, el primero busca doblegar a un régimen que no solo eliminó a uno de sus más fieles aliados en la región (el sah Reza Palevi), sino que planteó un desafío al statu quo vigente con la pretensión de expandir su modelo y ser reconocido como líder regional. El segundo, convertido en un paria internacional, no solo ha logrado resistir el castigo aplicado a través de sanciones cada vez más duras, sino que –buscando la supervivencia del régimen– también ha podido desarrollar un controvertido programa nuclear y consolidar una amplia red de aliados regionales (desde Hezbolá, en Líbano, hasta los huzíes yemeníes, sin olvidar al régimen sirio y a numerosas milicias en Palestina, Siria e Irak) con los que complicar cualquier cálculo a sus enemigos.

Los fracasos acumulados por Washington en la región y la convicción de que militarmente Irán es una pieza demasiado indigesta ha llevado a Donald Trump (con el notorio apoyo de Tel Aviv y Riad) a reformular su estrategia de “máxima presión”, apostando directamente por el ahogo económico. Una estrategia que también incluye violar el acuerdo nuclear logrado en junio de 2015, apoyar a minorías árabes y baluchis dentro de Irán, presionar a otros socios y clientes iraníes para que le cierren sus puertas y, por supuesto, ciberataques y acciones violentas. Una violencia ejercida asimismo por Irán –tanto a través de la fuerza de elite de los pasdarán, Al Qods (comandada por Suleimani), como de las numerosas milicias aliadas desplegadas en la región–, aunque procurando no provocar una respuesta en masa dada su obvia inferioridad convencional frente a la maquinaria militar estadounidense. Un bajo perfil –adoptado para intentar no arruinar las escasas posibilidades de que la Unión Europea siga comerciando con Teherán– que Israel ha sabido aprovechar muy bien, con centenares de ataques aéreos contra intereses iraníes en Líbano, Siria e Irak que han quedado prácticamente sin respuesta.

La aceleración en estas últimas semanas de esa espiral de acción-reacción parece dominada por un bien visible deseo de venganza, que lleva a errores tan trágicos como la muerte de los 176 pasajeros de un avión civil y que olvida reparar en que, por esa vía, ninguno de los principales contendientes podrá alcanzar sus objetivos. No es posible a estas alturas determinar quién lanzó la primera piedra, en una dinámica que lleva a ambos a seguir echando fuego al fuego. Pero, partiendo de la idea de que racionalmente a ninguno de ellos le puede interesar una guerra directa, sí es posible entender que la eliminación de Suleimani y la consiguiente venganza iraní tendrá más costes que beneficios.

A la espera de que el tiempo vaya haciendo visibles todas las implicaciones negativas de la decisión de Trump, eliminando a quien unos consideran un monstruo asesino y otros un héroe nacional y un mártir, dos son las consecuencias más significativas a corto plazo. Por un lado, cabe dar por agotado el acuerdo nuclear de 2015. Irán no solo no encuentra ya ningún estímulo ante la reiterada falta de voluntad de EEUU y otros para cumplir su parte (aliviando las sanciones económicas), sino que buscará como mínimo volver a dotarse de stocks y capacidades para disponer de bazas de negociación en un hipotético nuevo proceso negociador. En esas condiciones algunos de sus vecinos –Arabia Saudí, EAU, Turquía, Egipto…– aumentarán a buen seguro sus esfuerzos para no quedarse atrás en este terreno, aumentando así el riesgo que conlleva la proliferación armamentística en una región tan delicada, al tiempo que se reducen significativamente las capacidades de los inspectores de la AIEA para seguir controlando el programa iraní. Y el panorama aún se puede oscurecer mucho más si finalmente Teherán decide abandonar el TNP.

Por otro lado, la situación de las tropas estadounidenses en Irak –visto por Trump como una mera base de partida para atacar a Irán– se hace insostenible. El pasado 5 de enero el parlamento iraquí aprobó una resolución que exige su salida y, aunque la medida no llegue a hacerse efectiva en su totalidad, es evidente que automáticamente aumenta el riesgo para los 5.000 efectivos estadounidenses allí desplegados (y los de sus aliados, incluyendo a España). Por su parte, a su primer ministro, Adel Abdul Mahdi (abiertamente ninguneado por Trump), se le va a hacer cada vez más difícil resistir la presión de una ciudadanía cada vez más crítica con la injerencia de Washington y, sobre todo, de los líderes (Muqtada al Sader y Hadi al Amiri) de los dos principales bloques parlamentarios, muy sensibles a los dictados de Teherán. En otras palabras, más libertad de acción para Daesh y otros grupos yihadistas, más problemas para el gobierno central iraquí, más inseguridad para las tropas de la coalición liderada por Washington y, sobre todo, más margen de maniobra para Irán en su intento de seguir influyendo en todo lo que pasa en el territorio de su vecino.

Visto así, solo cabe concluir que Trump se ha equivocado al tomar este rumbo, en contra de los propios intereses estadounidenses y de sus aliados occidentales y regionales, por puro afán electoralista. Una opción que no le garantiza la victoria el próximo noviembre y que, mirando hacia Teherán, aumenta las posibilidades de victoria de los representantes más duros del régimen en las elecciones parlamentarias del próximo 21 de febrero. Un régimen que no pierde operatividad por la desaparición de Suleimani y que, por el contrario, cuenta con una enorme experiencia en sobrevivir en condiciones muy agobiantes y no parece dispuesto a volver a ninguna mesa de negociaciones de inmediato. Y todo eso sabiendo, unos y otros, que en algún momento tendrán que volver a la mesa de negociaciones.

 

FOTOGRAFÍA: Alí Jamenei y Hassan Rohaní, líder supremo y presidente de Irán respectivamente (centro y a la izquierda), durante el funeral de Qasem Soleimani en Teherán. Foto: Fars News Agency (Wikimedia Commons / CC BY 4.0)

 

EEUU_IRAN

 

Para elperiódico.com

 

Sumidos desde hace tiempo en una espiral ascendente de acción-reacción, tanto Estados Unidos como Irán parecen condenados a chocar directamente en algún momento. Una espiral cuyo arranque puede fijarse en 1979 (cuando Jomeini derribó al sah Reza Palevi, sólido aliado estadounidense) y que se ha recrudecido desde mayo de 2018 (cuando Donald Trump decidió incumplir y salirse del acuerdo nuclear de junio de 2015). Desde entonces, incluyendo el asesinato del general Qasem Soleimani, la concatenación de errores no ha hecho más que aumentar en ambos bandos.

Washington se equivoca al creer que con su estrategia de «máxima presión» –que dice emplear para forzar un nuevo (y mejor) acuerdo nuclear cuando, en realidad, solo busca la caída del régimen– logrará que Teherán ponga la rodilla en tierra. Es cierto que las sanciones económicas llevaron a Irán a la mesa de negociaciones en el 2015 y que hacen más difícil al régimen mantener la paz social. Pero, aun así, el tándem Jamenei-Rohani no solo sigue respirando -gracias a su gran experiencia, con los pasdarán como punta de lanza, en explorar canales informales para saltarse las sanciones y a su notable capacidad represiva contra una población que es la principal perjudicada del castigo internacional-, sino que ha logrado dotarse de numerosas bazas de retorsión (desde Hezbolá, en Líbano, a los huzís yemenís y numerosas milicias a su servicio en Siria e Irak) que le están sirviendo para frenar el apetito combinado de Washington, Tel Aviv y Riad de provocar su colapso.

 

Costes superiores para todos

Eso significa que la eliminación de Soleimani –héroe nacional para unos y monstruo repulsivo para otros– no solo no traerá ninguna ventaja para Washington y sus aliados, sino que los costes van a ser infinitamente superiores para todos. Por un lado, los pasdarán (y su fuerza de elite, Al Qods) mantienen incólume su capacidad operativa en todo Oriente Medio. Por otro, lo más previsible es que Irán siga reduciendo su nivel de compromiso con el acuerdo del 2015 (quien lo ha violado es precisamente Trump), acercándose aún más al umbral nuclear, sin descartar que a lo largo del año pueda salirse definitivamente del tratado de no proliferación. Y eso supondría dejar que tener información fiable sobre lo que Teherán pueda hacer en este campo y estimular aún más a otros países (como Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Turquía o Egipto) para dotarse asimismo de capacidades nucleares. Igualmente, y para contento de Dáesh y otros grupos yihadistas, la situación de las tropas estadounidenses en Irak se hace claramente insostenible, tras el acuerdo aprobado el pasado día 5 en el Parlamento iraquí, exigiendo su salida inmediata.

Aunque esto no llegue a materializarse en su totalidad, resulta obvio que el riesgo para los alrededor de 5.000 efectivos estadounidenses en el país aumenta exponencialmente, sometidos a la presión de unas milicias proiranís (como Kataib Hezbollah) que también reclaman venganza. Mientras tanto, la debilidad del Gobierno iraquí se acentúa aún más, al mismo ritmo en que aumenta la influencia iraní sobre su vecino. Por su parte, y como bien demuestran las manifestaciones en Líbano, Irak y el propio Irán en su contra, el régimen también se equivoca al pensar que de este modo podrá expandir su modelo revolucionario al resto de Oriente Medio y garantizar su supervivencia.

 

Esporádicas acciones violentas

Su inferioridad militar y sus menguantes medios económicos para alimentar su resistencia y la de sus aliados regionales hacen insostenible su posición actual, sin que eso signifique que no pueda seguir llevando a cabo esporádicas acciones violentas. Una posición en la que apenas cuenta con aliados y socios dispuestos a compensar el castigo al que está siendo sometido (solo China e India siguen comprando sus hidrocarburos, mientras la Unión Europea parece alejarse cada vez más del compromiso del 2015, bajo creciente presión estadounidense). En definitiva, Teherán no puede aguantar un pulso militar contra Washington, ni puede encontrar auxilio suficiente en otras capitales ante las nuevas sanciones que decida Trump.

Ninguno de los dos puede desear racionalmente la guerra directa, aunque ambos están jugando con fuego desde hace tiempo. Empecinados en ese trágico juego –uno jugando a la guerra con fines electoralistas y el otro mostrando su voluntad de resistencia a toda costa– la opción de volver a la mesa de negociaciones no se vislumbra en el corto plazo. Y todo apunta a que, para llegar a ese inevitable punto, aún habrá que asistir a nuevos episodios de violencia sin sentido.

FOTOGRAFÍA: MARÍA TITOS